La sabiduría del presente muchas veces proviene de los errores cometidos. Si consideramos que las experiencias del pasado nos han llevado hasta lo que somos hoy, ¿borrarías las cicatrices o las exaltarías? El arte japonés del kintsugi nos enseña que, en algunos momentos, las piezas que creemos rotas tienen mayor valor.

Poéticamente traducido como “carpintería dorada”, el kintsugi o kintsukuroi es el arte de arreglar o volver a unir piezas rotas. En un acto de enaltecer y celebrar las fracturas de cada artefacto, mediante una tinta dorada que remarca las roturas de un momento pasado. A menudo, las piezas terminan por ser más hermosas de lo que eran originalmente, e inician una segunda vida basada en la experiencia previa. Rebasando los límites de la cerámica, el artista Victor Solomon reparó bajo esta inspiración una cancha de baloncesto.

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Cubriendo las grietas con pintura dorada, la cancha de baloncesto es ahora un espacio que celebra la historia y muestra sus imperfecciones. Al agregar oro, este lugar se revitaliza y se convierte en un espacio en el que hoy las personas pueden sanar.

Llevando la técnica japonesa a un esplendor más universal, Solomon transforma los espacios públicos en centros de evolución. Tal vez ahí, en lo más profundo del kintsugi, encontremos la reparación que necesitamos. Borrar el pasado no es necesariamente evolucionar, pero enaltecer nuestras fallas en busca de un mejor estado es aprovechar lo vivido y transformarlo en aprendizaje.

Hoy es una cancha de baloncesto, pero después pueden ser otros espacios; el objetivo es sanar internamente para que ello se refleje en el exterior. Sin importar los espacios que uno busque transformar, éstos se convertirán en evolución interna. ¿Ya pensaste qué grietas quieres resaltar? 

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