El género musical K-pop fue la envoltura perfecta. Una burbuja de fama y glamur que poco a poco reventó hasta develar los delicados problemas a los que se enfrentan los jóvenes asiáticos. El pasado mes de octubre, los medios de Corea del Sur anunciaron la muerte de Sulli y hace apenas algunas semanas la muerte de Goo Hara; ambas cantantes de K-pop y víctimas de los prejuicios sociales y el ciberacoso

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Goo Hara

Sulli tenía 25 años cuando fue encontrada sin vida, unas semanas después de exhibir la grave situación de acoso cibernético y depresión que vivió tras hacer pública su posición como feminista. Goo Hara, de 28 años, se enfrentó al mismo final después de luchar con las críticas de los medios y del público. Anteriormente, Hara había denunciado a su exnovio después de que éste la amenazara con divulgar imágenes íntimas.

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K-pop, la voz de la salud mental y la misoginia en Corea  del Sur

Sulli y Goo Hara buscaban abrir brecha al divulgar las enfermedades mentales de la juventud y la clara misoginia que experimentan las mujeres en la industria musical pop. Estas mujeres expusieron sus problemas a una sociedad donde la sensibilidad, aun siendo humana, es considerada una debilidad mental.

Ambas artistas reventaron la burbuja del silencio y alzaron la voz frente a los millones que han olvidado su sensibilidad y se guían por los contratos convencionales y las exigencias del sistema, muy marcados, sobre todo, en los escenarios de la fama. Ahora, a todos los que nos quedamos en el mundo nos han explotado dos dudas en la cara: ¿hasta dónde llegan nuestros mensajes de odio vía Internet?, y ¿cuánta humanidad hemos perdido frente a los otros?

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Sulli

Las enfermedades mentales reclaman soluciones por parte de la sociedad y también de los líderes políticos. Y tal vez no exista mejor momento que este para repensar la gravedad de abandonar a la suerte nuestra salud mental y asimismo, personalmente, para cuestionar nuestros prejuicios antes de arrojarlos al mundo.

A raíz de la muerte de Sulli, se ha hecho una petición al presidente de Corea del Sur para que se castiguen con mano dura el ciberacoso y los abusos en línea. Las muertes de Sulli y Hara son un desolador ejemplo que ha pasado a ser sólo una cifra, tan sólo un número en el mar de muertes que han cobrado la depresión y la presión social. Corea del Sur –y deberíamos cuestionarnos si en realidad se trata de todo el mundo actual– se encuentra abstraído en una indiferencia colectiva que obliga a aquellos que piden ayuda a guardar silencio. Pero esto no tiene porque ser así. 

Mujeres como Goo y Sulli exploraron (quizá) todos los caminos posibles hacia la libertad. Y sin duda, sus muertes no fueron en vano. Pese a que estamos acostumbrados a aprender de los errores en vez de sortearlos, la brutalidad de algunos de nuestros actos colectivos tiene repercusiones en la psique global y en el destino de las sociedades. Las personas como Sulli y Goo Hara pueden ayudar a reconstruir la sociedad actual para que diseñemos los paradigmas futuros con mayor sensibilidad. Estamos en deuda con ellas.

 

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