Todos los padres desean que sus hijos obtengan los conocimientos y habilidades necesarios para tener un mejor futuro que ellos. Sin embargo, la presión académica y la carga de actividades extraescolares que se impone a los niños de hoy en día les deja poco tiempo para hacer aquello que los niños y las niñas hacen mejor: jugar.

Un estudio de la Asociación Pediátrica Americana (AAP, por sus siglas en inglés) encontró que sólo el 51% de los infantes en edad preescolar salen a jugar. A su vez, advierten que el juego no es una actividad trivial, sino que en las actividades recreativas y lúdicas los niños obtienen valiosas herramientas para construirse como sujetos plenos.

 

La AAP diferencia cuatro tipos de juego:

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Juego con objetos

El uso lúdico de objetos, especialmente en las primeras etapas de la infancia (una caja es una nave espacial, un zapato es un teléfono, etcétera).

 

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Juego físico

Fomenta la locomoción, la comunicación y la negociación, así como el balance y la inteligencia emocional. También les ayuda a asumir riesgos en un entorno controlado, como al jugar a las atrapadas.

 

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Jugar fuera de casa

Beneficia la unión de habilidades físicas e intelectuales. Jugar en un parque, por ejemplo, requiere distintos tipos de atención y coordinación simultánea. Sistemas educativos como el de Finlandia han encontrado que otorgar más tiempo para jugar al aire libre repercute positivamente en las evaluaciones académicas.

 

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Juegos simbólicos o sociales

Se trata de juegos de roles en los que los niños adoptan papeles, ya sea en la escuela o en casa. Disfrazarse, diseñar personajes o hacer distintas voces puede fomentar la empatía y la colaboración.

 

Por qué los pediatras quieren que los niños jueguen más

Vivimos en una época sumamente competitiva. A su vez, los padres y madres que crían se sienten con la obligación de darles a sus hijos herramientas para tener mejores oportunidades en un mercado laboral incierto en el futuro. Es por eso que vemos tantas actividades extracurriculares referidas a niños. Y no es que los talleres de programación, robótica y lenguas no sean interesantes o benéficos para los niños, sino que muchas veces las escuelas ponen más énfasis en los aprendizajes “significativos” que en las “insignificantes” tareas propias de jugar.

Sin embargo, la AAP demostró en su estudio que el juego libre mejora la atención, la flexibilidad cognitiva y el control ejecutivo de las funciones motoras. Los juegos de roles contribuyen a la autorregulación emocional, así como a involucrarse en situaciones hipotéticas a través de la imaginación.

Por si fuera poco, los niños que enfrentan altos niveles de estrés se benefician mucho más del juego, pues “la alegría mutua, la comunicación compartida y la sincronización (interacciones armónicas de ida y vuelta) que experimentan los padres y los hijos durante el juego puede regular la respuesta de estrés del cuerpo”, según afirma el estudio

Michael Yogman, director del comité de la AAP sobre los aspectos psicosociales, afirma que “en una época en que los programas educativos para la primera infancia reciben la presión de añadir más componentes didácticos y menos aprendizaje lúdico, los pediatras pueden jugar un rol importante al enfatizar el papel de un currículum balanceado que incluya la importancia del aprendizaje lúdico para la promoción del desarrollo saludable del niño”.

Jugar no es una actividad frívola, ni una pérdida de tiempo. Si como padres y educadores pretendemos programar a los niños para competir contra robots, lo más probable es que terminemos homologándolos como si fueran robots, en lugar de enfatizar sus características más humanas: la diversión, la imaginación y el asombro.

 

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