Sicarios, terroristas, genocidas, asesinos seriales y psicópatas activos. Uno pensaría que este breve listado de “roles” englobaría a lo más nocivo de la fauna humana, pero ¿dónde quedan esos ejecutivos que a costa de millones de vidas humanas, del futuro del planeta y de la salud colectiva, persiguen obscenamente mayores ganancias?

El pasado 14 de diciembre se confirmó, vía un reporte publicado por Reuters (que puedes consultar aquí), que la monumental Johnson & Johnson supo durante décadas que su masivamente popular talco para bebé contenía asbesto, una sustancia potencialmente cancerígena, y que en lugar de enmendar su fórmula –suponemos que en detrimento de sus ganancias–, hizo todo lo posible por ocultarlo.

El reporte de Reuters se basa en cientos de documentos internos de esta compañía, además de otros obtenidos a lo largo de juicios contra esta corporación y otros recopilados por periodistas y organizaciones. Todos estos documentos también fueron hechos públicos y puedes consultarlos aquí.

 

La pulverización de la ética y la moral

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¿Qué nos ha ocurrido como sociedad, incluso como especie, para llegar a escenarios como el que dibuja el caso Johnson & Johnson? ¿En qué momento permitimos el cultivo de grupos que privilegian el margen de rentabilidad de sus respectivas compañías por encima de la vida humana? ¿Cómo vamos a frenar a estos grupos e intereses para erradicarlos a la mayor brevedad posible? ¿Cómo pueden vivir, dormir y reproducirse personas que practican o solapan este tipo de políticas corporativas ? 

 

Un cambio de paradigma

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Más allá de clamar por un castigo proporcional al daño cometido –si es que existe una pena de esas dimensiones– y de condenar categóricamente el antiespíritu que reina detrás de acciones como las de Johnson & Johnson, valdría la pena hacer de este funesto precedente un parteaguas en el papel que juegan las marcas y las compañías en el destino de nuestra especie y en la forma de relacionarnos con el planeta.

Si los consumidores, es decir todos nosotros, castigamos a las marcas y compañías que atentan contra nuestra salud y la de nuestro entorno, que explotan a sus empleados y recurren a procesos productivos absolutamente irresponsables, que ponen su patológica búsqueda de ganancias por encima de cualquier otro factor y repercusión, entonces estarán irremediablemente condenadas a la extinción. Además, si en cambio premiamos a aquellas marcas y productos que abiertamente están esforzándose por cambiar el paradigma de ganancia a toda costa –aun cuando tengan una historia poco loable pero, hasta cierto punto, “entendible” por la falta de conciencia de momentos anteriores en la historia–, y sobre todo a aquellas iniciativas que desde su misma esencia están orientadas a ser sustentables, entonces este proceso podría acelerarse.   

No se trata necesariamente de inaugurar una cacería de brujas, aunque sí de exigir legislaciones que impidan que estas prácticas sigan ocurriendo y castiguen, con toda severidad, a los infractores. En realidad se trata de hacerles entender a las grandes transnacionales, y a las marcas en general, que si quieren aspirar al privilegio de nuestro consumo, entonces tienen que asegurarnos que el bienestar de todos los involucrados –empleados, consumidores, medioambiente– es prioritario en su operación. 

Esperamos pues que Johnson & Johnson, y muchos otros, paguen por el daño, por cierto irreversible, que le han ocasionado a la sociedad en su persecución de más jugosas ganancias; pero sobre todo, deseamos que casos como este alimenten sustancialmente los nuevos y urgentes paradigmas de consumo responsable, ética corporativa y humanización del mercado.   

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