El universo es una gran orquesta (y según pensaba Johannes Kepler, cada planeta tiene una voz)

Quizá esta hipótesis es imposible de sostener ahora, pero su belleza metafórica es invaluable.

La música siempre ha tenido un affaire con la matemática, la geometría y la aritmética. Aunque también podría decirse lo contrario. Por eso, el gran científico Johannes Kepler hablaba de la música con tanta pasión como hablaba de la astronomía, y escribía con tanta soltura sobre armonía como cuando realizaba fórmulas matemáticas.

Pero él no fue el único. Ya desde la antigüedad, el fecundo pensamiento griego consideraba que la música representaba la unión entre el mundo inmaterial y el mundo material. La música era aprehendida cognitivamente y despertaba todo tipo de emociones, pese a ser el resultado de la matemática pura, esto es, de la proporción conservada entre números naturales. Así, la perfección en música fue considerada la perfección de los números y viceversa, lo que fue ampliamente difundido por la escuela pitagórica, que planteó por primera vez la existencia de una hipotética “música de las esferas” producida en el cosmos.

No sorprende por ello que, en la búsqueda de la armonía del cosmos, astrónomos como Kepler teorizaran sobre cómo sonaría el Sistema Solar. Por supuesto, tanto en la antigüedad clásica como durante la revolución científica se seguía pensando que el universo tenía que ser necesariamente armonioso. No se sabía, y ni siquiera se sospechaba, que ni la mejor orquesta sonaría bien en el espacio. Y es que su sonido no podría trasladarse por el vacío del cosmos. Tampoco se habían sentado las bases físicas para pensar al universo más como un caos que como un espacio de gloriosa armonía.

 

La voz de los planetas

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Aun así, es exquisito saber que en algún momento el pensamiento humano prescindía de todas las dicotomías que hoy lo caracterizan, y que la música podía ser el complemento de la astronomía. Fue así que Kepler escribió su tratado Harmonices mundi, en el cual describía las leyes astronómicas que lo hicieron famoso, como el porqué de las órbitas elípticas. Pero en dicho tratado también asignó notas musicales a cada planeta en función a su velocidad angular. Así, para Kepler, cada planeta tenía un tipo de voz en la gran orquesta que, se imaginaba, sonaba en el universo.

Según Kepler, los planetas con una órbita más excéntrica abarcan un mayor rango sonoro, mientras que aquellos cuya órbita traza un semicírculo, como Venus, sólo llegan a una misma nota. En el esquema del astrónomo, Mercurio era soprano, por ser el planeta más cercano al sol, mientras que Marte era un tenor y los bajos eran cantados por Júpiter y Saturno. Por supuesto, la Tierra era parte de esta cósmica orquesta: su voz, según Kepler, correspondía al contralto, que llegaba a las notas Mi y Fa.

 

La belleza en la disonancia

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Sin embargo, Kepler se dio cuenta de que, según las leyes que rigen a la armonía musical, los planetas producirían un sonido disonante. Pero el astrónomo pensaba que, quizá según determinadas alineaciones o fenómenos orbitales, los planetas producirían sonidos armónicos en algún momento. Y como según él –y en eso tenía razón– el universo es infinito, también pensó que el secreto de la armonía debía de estar en algún lado. No podía ser de otra forma, pues la belleza del cosmos sólo podía entenderse como una excelsa armonía: como una sinfonía que, aunque jugara con la disonancia, siempre se resolviera en consonancias.

No obstante, la belleza no necesariamente depende de la perfección o la armonía. La música contemporánea –e incluso mucha de la música de un Beethoven o un Bach– tiene sus juegos con la disonancia. El compositor Arnold Schönberg llevó esto a convertirse en una total rebelión estética cuando reconoció a su trabajo como una “emancipación de la disonancia”. Su visión de la música rompió así con las viejas ideas de que toda pieza musical debía gravitar en torno a la tonalidad. Es decir, ya no se buscaría la perfección en la armonía. 

Quizá esto no habría agradado mucho a Kepler. O quizá habría encontrado que tanto la música como el cosmos se pueden apreciar en toda su belleza, más allá de las certezas de la matemática.

 

* Imágenes: 1) Emblyne; 2) Open Culture; 3) Shutterstock



Las composiciones de Brian Eno podrían ayudar a entender la estructura del cosmos

El compositor británico de música experimental podría ayudar a concebir otra teoría sobre la composición del universo.

Hablar del trabajo de Brian Eno es hablar de microcosmos originados en ondas musicales. Pero escucharlo es una experiencia hipersensorial. De hecho, el compositor británico de música experimental podría ser una pieza clave para entender la estructura del universo según la física cuántica.
 
De acuerdo con Stephon Alexander, físico teórico y músico de jazz, la vibración de las ondas que produce Eno (maestro y pionero en la creación de sintetizadores) podrían ser una huella del funcionamiento y origen del universo.
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Foto: NASA
 
¿Cómo se da el vínculo? Stephon escribió para Nautilus que la vibración inicial de los campos de energía sonó en el cosmos a través del fondo del espacio-tiempo, como el cuerpo vibratorio de un instrumento, generando la primera estructura en el universo, luego las primeras estrellas y finalmente, los humanos. Sí: de la misma manera en que funciona la música.
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Foto: Xavi Bou
 
Esta posibilidad la encontró Stephon mientras convivía directamente con Brian Eno en su estudio de grabación en Londres. Ahí tuvo la oportunidad de descubrir lo que hacía el compositor, que no era únicamente investigar la estructura del universo inspirado por la música, sino a través de la música. Eno le dijo:
Verás, Stephon, estoy tratando de diseñar un sistema simple que genere una composición completa cuando se active.
A partir de la generación de música ambiental, caracterizada por un tono y atmósfera que no exigen una atención activa, Brian Eno ha comenzado a dominar el mundo invisible de las ondas y vibraciones.
 
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Crear una pieza que se escuche fácil no necesariamente es algo sencillo y, al contrario, requiere de un meticuloso análisis de sonido. “La música ambiental debe ser capaz de adaptarse a muchos niveles de atención auditiva sin aplicar una en particular; debe ser tan ignorable como interesante”, explica Eno.

 

 

¿Y el universo qué tiene que ver con todo esto?

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Según Stephon, la estructura del cosmos es como la música ambient. Para los físicos cuánticos, las partículas se describen mediante la física de la vibración.
 
Y para los cosmólogos cuánticos, las vibraciones de entidades fundamentales como las cuerdas podrían ser la clave de la física de todo el universo.
 
Las escalas cuánticas que tocan esas cuerdas son intangibles, tanto mental como físicamente, pero el sonido de Eno y su metodología podrían ser una manifestación tangible de vibración:
Si arrojas una piedra en un estanque, una onda circular de frecuencia definida se irradia desde el punto de contacto. Si arrojas otra piedra cerca, una segunda onda circular se irradia hacia afuera, y las ondas de las dos piedras comienzan a interferir entre sí, creando un patrón de onda más complicado, detalla Stephon.
 Y así, Stephon encontró en la música de Brian Eno el complemento para traducir el comportamiento de ondas del universo:
Existía el lenguaje conocido de cómo las ondas crean sonido y música, con lo que Eno era claramente habilidoso, y luego estaba el confuso mensaje vibratorio del comportamiento cuántico en el universo primitivo y cómo ha creado estructuras a gran escala. Las ondas y la vibración conforman el hilo común, pero el desafío era vincularlos para obtener una imagen más clara de cómo se forma la estructura y, en última instancia, los seres humanos.


La importancia de vivir la vida con ritmo (y antídotos musicales para vibrar la existencia)

El ritmo es parte intrínseca de toda forma de vida; tiene implicaciones filosóficas e, incluso, capacidades curativas.

La naturaleza y el cosmos son un fluir perpetuo. Todo tiene un ritmo y constituye una especie de principio de la vida misma. La cadencia del ritmo es la fuerza dinámica y organizativa de la música, el elemento central de la poesía y la danza y la esencia de la naturaleza. El orden inevitable del universo es un ritmo por sí mismo.

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Pero el ritmo, desde la raíz de la palabra griega “rhythmós”, tiene dos definiciones filosóficas antagónicas. Podemos entenderlo siempre como un fluir, pero puede estar constituido ya sea por una métrica perfecta (una armonía numérica), o ser completamente impredecible y cambiante. Ambas nociones fueron utilizadas en la filosofía griega para concebir la vida y el cosmos de formas distintas, algo que hoy podemos retomar si nos apegamos a la idea de Maya Angelou de que todo el universo tiene ritmo y, también, al hecho de que la música ha probado ser un elemento constitutivo de la condición humana, inexplicable en el sentido adaptativo, pero elemental para aderezar la existencia y dotarla de sentido.

 

Si es así, ¿qué ritmo tiene el universo?

Según la artista y filósofa Bojana Cvejic, en su conferencia titulada Ritmo, poesía e intensidad, fueron dos escuelas griegas las que retomaron el ritmo. Una era la presocrática, más apegada a la idea del fluir como un proceso de cambio infinito: como el río del que habla Heráclito, o como los átomos de Demócrito que fluyen en movimiento arbitrario. La otra era la escuela de Pitágoras (y posteriormente la platónica), que al parecer no concebía al ritmo sin el número, es decir, sin la matemática. Esta era una visión más rígida pero que podía explicar, mediante la idea de armonía, a la materia, concebida a través de la matemática como un concierto de perfección.

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Es ese ritmo matemático el que está más presente en lo que hoy concebimos como ritmo. Pero cabría pensar que ambas nociones (la presocrática y la pitagórica) son útiles para pensar la existencia y transitar sus caminos.

La comunión de estos “dos ritmos” requiere de poder concebir la comunión entre lo perfecto y lo imperfecto, entre lo predecible y lo impredecible, y quizás hasta en lo preestablecido y la libertad. Es decir, una suerte de dialéctica, de proceso contradictorio en el que se desarrolla la vida. De la misma manera, en la música podemos también combinar ritmos, lo que nos da un abanico casi infinito de posibilidades sonoras.

Podemos encontrar una poderosa combinación de ritmos métricos y libres en la canción “The Sprawl”, de SonicYouth:

 

Quizá el ritmo del universo es precisamente algo como esa canción (más allá de su significado, que es una afrenta contra las distopías del capitalismo). Un concierto de ritmo constante, o deberíamos decir ritmos, en los cuales se desdobla la existencia. Parafraseando al cineasta Jim Jarmusch, puede ser éste un ritmo libre, “sin hoja de ruta”, que es guiado por la intuición; o puede ser, en cambio, un ritmo métrico, guiado por la razón.

Ambos ritmos conviven porque la realidad se configura numéricamente, pero también hay en muchos elementos de la vida un ritmo fluido y libre, que incluso antecede a toda elaboración racional. Por eso el hombre nació bailando, pero sin saber por qué. Y aunque la música y la danza evolucionaron, y la noción de ritmo se fue adecuando más a la de la métrica perfecta, una cierta locura acompaña aún a las formas de música con métricas más estrictas.

 

¿Por qué los ritmos pueden curar?

En la música, y concretamente en sus ritmos, podemos encontrar estimulantes tanto para el cuerpo como para el espíritu y la mente. Por eso, según Oliver Sacks, debemos dejarnos “poseer por la música”, pues para este neurólogo:

nuestros sistemas nerviosos están exquisitamente afinados por la música.

Y, además, el ritmo es esencial en la formación de nuestro cerebro y nuestras habilidades motrices. Por eso, en su libro Musicofilia, Sacks insiste en el poder de la musicoterapia, siguiendo la tradición pitagórica que veía en la música una “medicina para el alma”. Sacks fue testigo de las diversas y vitales reacciones a la música de pacientes con Parkinson, que de hecho es un trastorno del movimiento (del ritmo), y cuando es más grave afecta al flujo de pensamiento. Una paciente decía que simplemente pensar en la Fantasía de Chopin hacía desaparecer su parkinsonismo:

 

El caso es curioso, pues se trata de un tipo de musicoterapia donde el ritmo tiene un papel esencial, precisamente para que el cuerpo se desbloqueé y vuelva a fluir. La musicoterapia es tan poderosa que incluso puede curar cuadros severos de neurosis, como la producida en los soldados por el atroz ritmo de las guerras.

Si el universo tiene ritmo, o ritmos, no sorprende que la música funcione de tal manera. Porque como dijo Novalis, citado por Sacks:

Toda enfermedad es un problema musical; toda cura es una solución musical.

Es posible entonces hacer nuestros propios antídotos rítmicos para vibrar la existencia y fluir con ella. Es un tipo de medicina que se puede autorrecetar: sólo depende de que elijas un buen disco y te pongas los auriculares, para pasar un delicioso tiempo a solas con los ritmos de la música y todos sus demás elementos.

 

* También en Ecoosfera: Recomendación musical: un delicioso álbum para navegar las aguas del estrés

 

* Imagen principal: Jean-Pierre Hébert

Sandra Vanina Greenham Celis
Autor: Sandra Vanina Greenham Celis
Colaboradora del proyecto político Colectivo Ratio. Le gusta potenciar la depresión en su psique consumiendo productos culturales de las postrimerías del siglo XX. Cree teleologicamente en el arribo de la humanidad al comunismo.