Los filmes de Jim Jarmusch son un todo orgánico. En ellos se puede sentir un ritmo especial: una especie de continuidad, pero no narrativa, sino más elemental. Se aprecian detalles que nunca faltan en lo que Jarmusch crea porque, básicamente, son detalles que constituyen su propia psique y a partir de los cuales concibe el mundo –real y cinemático–.

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Sin embargo, existe una extraordinaria variedad en el trabajo de Jarmusch: bien puede usar samuráis o vampiros, narrar viajes épicos o simples encuentros en un café. Pero aun así, siempre se mantienen los elementos esenciales de su peculiar y refinada manera de concebir la existencia.

Esto proviene de una concepción radical respecto a lo que es el acto de la repetición, que para Jarmusch es, en realidad, variación, como dijo para la revista Another Man:

Siempre uso un montón de variación en mi trabajo […] Algunos le llaman repetición, pero a mí me gusta pensar en la repetición de una misma acción o diálogo en una película como una variación. La acumulación de variaciones es importante para mí, también.

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Permanent Vacation

Si las repeticiones –y sus variaciones– son acumulables, entonces la repetición se vuelve sinónimo de continuidad. No es, pues, una especie de loop infinito o una rigidez existencial, sino todo lo contrario.

Otro elemento presente en Jarmusch y que complementa a la repetición, es el azar. Lo fortuito y espontáneo existe de por sí en la cotidianidad –por más repetitiva que ésta sea–, lo que le da la variación de la que habla Jarmusch. Esto se refleja en sus películas, así como en sus métodos de inspiración y de creación:

Me encanta lo azaroso. La idea de encontrar cosas en el camino, así como vínculos entre esas cosas que ni siquiera pretendías ligar entre sí.

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Paterson

Lo repetitivo se reinventa, de esta forma, con la variación y el azar: no como rigidez ni tampoco como caos, sino como continuidad. Así, Jarmusch nos da la oportunidad –a través de sus palabras y su cine– de no despreciar el acto de la repetición, sino de verlo como un ritual cotidiano, repleto de grandiosidad pese a su aparente simpleza.

Rescatar este enfoque es clave, pues solemos asociar la repetición con la monotonía, con lo aburrido e incluso con lo poco creativo. Esto proviene de las dinámicas de la vida moderna y, más concretamente, en las formas de trabajo que surgieron con la industria automotriz y el fordismo en Estados Unidos.

El fordismo es una dinámica que supone la división de las tareas al interior de los talleres, en la cual cada trabajador se dedica a una sola cosa durante toda su jornada –por ejemplo, a oprimir un botón o poner un tornillo en una pieza–. El problema es que esta dinámica –criticada por Charles Chaplin en su película Tiempos Modernoscarcome el espíritu de quien realiza el trabajo en cuestión; porque detrás de ese maquinal trabajo, la única recompensa es una paga en dinero, y no la realización personal.

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Mystery Train

La forma de trabajo que inauguró el fordismo sigue vigente, no sólo en talleres o fábricas, sino en otros trabajos donde la repetición abate el espíritu.

Por eso es importante rescatar al acto de la repetición desde el lúcido enfoque de Jim Jarmusch. Porque hacer lo mismo una y otra vez puede alimentar el espíritu, pero sólo si la repetición se realiza en forma de un ritual, como alimento para nuestro espíritu, y no sólo como un acto para ganar dinero.

Adicionalmente, la repetición como ritual puede reinventar nuestra identidad: permite que nos arraiguemos en el presente, manteniéndonos en el aquí y el ahora sin dispersiones. Y para el artista, puede alimentar una obra cargada de significados, simbolismos y originalidad, como la del propio Jarmusch.