A primera vista, es probable que no les dediques más de un segundo. La belleza sutil de las islas flotantes de Noruega se revela sólo con el paso del tiempo. Si no las observas con paciencia, únicamente destaca lo evidente: una superficie cubierta de verde, decorada con un par de árboles sin un orden particular. El secreto está en subirte a una de las islas flotantes o verlas desde el cielo. De pronto, ahí, se descubre su extrañeza.

El fenómeno de las islas flotantes es bastante común en el mundo, pero tal vez no las vemos con frecuencia porque hemos olvidado cómo observar con atención (y dejarnos sorprender por) el entorno que nos rodea. Estas formaciones compuestas de plantas acuáticas, lodo y otros detritos navegan como barcos, siguiendo las corrientes y el viento. En este caso, no hay mejor forma de hacer visible lo invisible que con un time-lapse.

Las islas flotantes de Noruega tienden a formarse cuando plantas como totoras o juncos se extienden hacia aguas más profundas y las tormentas las sueltan de la orilla. Son algo efímeras, porque a veces sólo duran una temporada, aunque algunas llegan a sobrevivir 1 década o más. En estructura, algunas personas las describen como un iceberg, en el sentido de que gran parte de su masa no está a la vista sino debajo del agua.

 

Curiosidades históricas

Generalmente, las islas flotantes existen en agua dulce, aunque hay algunos casos registrados de la existencia de estas masas inusuales en el mar. En 1924, el capitán Jonas Pendelbury encontró por lo menos diez islas flotantes frente a la costa de Borneo, como revela una imagen de un artículo del New York Times. Según el capitán, en una de las islas flotantes había palmeras que eran más altas que el mástil de su barco, volaban distintos tipos de aves, se escuchaban monos, se veían algunos reptiles y había una vegetación densa.

 

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