Hace 35 años, Isaac Asimov hizo estas predicciones sobre cómo sería el año 2019

Pensar a futuro fue la especialidad de este prolífico escritor, y aunque no acertó en todo lo que predijo, hizo importantes reflexiones.

El conocimiento científico ha sido capaz de crear videntes. Es el caso de muchos científicos a lo largo de la historia, como Buckminster Fuller, quien predijo muchos rasgos de la educación del futuro que hoy se están materializando. Pero cuando la ciencia se ha fusionado con la ficción es cuando más se ha aclarado el panorama de aquello que nos aguarda en el futuro. Un ejemplo contundente de lo anterior está en Isaac Asimov.

A través de su prolífica literatura, Asimov planteó distópicas hipótesis sobre lo que se avecinaba para la humanidad.

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Una de ellas se remonta a 1955, cuando publicó “Franchise”. En este relato, Asimov muestra a la democracia como un mero apéndice de la inteligencia artificial. De esta forma predijo algo que ya ha comenzado a suceder: la intervención de la tecnología en la vida pública.

Por ello, no es de extrañar que los libros de Isaac Asimov sean una referencia para pensar nuestro mundo: a esa idea se suscriben creadores contemporáneos tan importantes como Elon Musk. Pero fuera del mundo de la ciencia ficción, Asimov también hizo aportes fundamentales. Es el caso de las predicciones que hizo en 1983, respondiendo a la pregunta que le hiciera el periódico Toronto Star sobre cómo sería el mundo en 2019.

 

Predicciones de Isaac Asimov para 2019

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Guerra nuclear

Asimov temía las repercusiones que la guerra fría pudiese tener:

Si los Estados Unidos y la Unión Soviética reanudaran el conflicto, no tendría ningún sentido discutir cómo será la vida.

Pero fue optimista y quiso pensar que eso no sucedería: algo en lo que acertó.

 

Computarización y educación

En el plano de la computarización de la sociedad, Asimov fue sumamente acertado. Predijo que ésta no pararía, que cada vez nos haríamos más dependientes de ella y que además se haría “móvil” (¿Alguien dijo “celulares”?):

Un producto secundario esencial, el objeto computarizado móvil o robot, ya está inundando la industria y, en el transcurso de la próxima generación, penetrará en el hogar.

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Y al igual que a Buckminster Fuller, eso llevó a Asimov a pensar que las computadoras cambiarían radicalmente el modelo educativo, aunque contrario a Fuller, fue un poco más allá y predijo que la educación pasaría a realizarse únicamente en casa, lo que hasta ahora no tiene visos de ocurrir.

Algo en lo que decididamente no acertó fue en pensar que los trabajos rutinarios, como los de montaje, desaparecerían:

Los trabajos que desaparecerán tenderán a ser sólo aquellos […] lo suficientemente simples, lo suficientemente repetitivos y lo suficientemente estúpidos como para destruir las mentes finamente equilibradas de aquellos seres lo suficientemente desafortunados como para haber sido forzados a pasar años haciéndolos para ganarse la vida, pero lo suficientemente complicados como para situarse por encima de la capacidad de cualquier máquina que no sea una computadora o estuviese computarizada.

Asimov se imaginó una sociedad más emancipada, donde la educación sobre la tecnología fuese proporcionada por los gobiernos como una forma de sortear las desigualdades. Pero nada de esto ha ocurrido.

 

Colonización espacial

Entraremos en el espacio para quedarnos.

Eso pensaba Asimov, quien se refería a que poblaríamos el espacio como sociedad, algo en lo que exageró. Pero no estaba tan errado, ya que la International Space Station ha estado ocupada de manera permanente durante 18 años.

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En lo que no tenía razón era en la utilización de recursos espaciales. Asimov pensaba que en la luna habría minas y fábricas, y una central de energía solar. Todo esto suena plausible, pero es un hecho que este año no ocurrirá.

Para cerrar su ensayo futurológico, Asimov dijo:

De hecho, aunque el mundo de 2019 será, por mucho, muy diferente al actual de 1984, eso sólo será un barómetro de los cambios mucho mayores previstos para los próximos años.

En eso Asimov acertó, como cualquier buen visionario científico. Porque sin duda vendrán grandes cambios, cada vez más vertiginosos, para los cuáles nos debemos preparar, individual y colectivamente.

 

* Collage: Sammy Slabbinck



Podríamos tener un sexto sentido magnético (nuestro cuerpo como una especie de brújula)

Ya existe la primera prueba neurocientífica de que podemos sentir los campos magnéticos.

Mucho antes de que se inventaran las brújulas, es probable que los primeros humanos se orientaran a partir de una especie de sexto sentido magnético. Por lo menos a eso apuntan algunas investigaciones; la más reciente de ellas con evidencia neurocientífica. Más aún: es probable que aún tengamos vestigios de un sentido que antes quizá estuvo más desarrollado, como también lo estuvieron otros primigenios sentidos ligados a la intuición que aún poseemos. 

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Podría sonar a ciencia ficción, pero este poder podría no ser sino parte de nuestra evolución como seres vivos. Ello no nos haría únicos: más de 50 animales, desde abejas hasta perros, tienen este “súper poder” llamado magnetorrecepción. De hecho, las aves no sólo tienen esta capacidad alojada en el cuerpo, sino en sus ojos, ya que, al parecer, una proteína en su retina les permite detectar campos magnéticos con la mirada.

¿Por qué y cómo nosotros tendríamos este poder?

El primer experimento que se realizó para saber si los seres humanos también somos una brújula andante lo hizo el geofísico Joe Kirschvink. Éste hizo pasar campos magnéticos rotativos a través de algunos voluntarios mientras medía su actividad cerebral. Para sorpresa de Kirschvink, cuando el campo magnético giraba en sentido contrario a las agujas del reloj, ciertas neuronas actuaban de manera irregular, generando un aumento en la actividad eléctrica del cerebro.

No obstante, aún no se sabía si esta actividad era nada más que una reacción. Para que nuestro cuerpo fuese una brújula, tendría que procesarse cierta información que sirviera para la navegación, aunque fuese de manera intuitiva. Además necesitaríamos de células que funcionaran como magnetorreceptores, como en el caso de la proteína Cry4 que se aloja en la retina de las aves.

La cuestión es, ¿tenemos magnetorreceptores?

Las hipótesis de Kirschvink han sido lo suficientemente sólidas como para atribuírseles un campo de estudio propio. Y es que, de encontrarse que tenemos un sentido magnético, podríamos saber más sobre cómo la superficie de la Tierra influenció nuestra evolución. Asimismo, podríamos hacer más y mejores hipótesis sobre las condiciones geológicas de hace millones de años.

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Muestra 3D de la cámara de pruebas de magnetorrecepción el Caltech

Por eso, Kirschvink formó un grupo de investigación conformado por él mismo, así como un neurocientífico y un neuroingeniero. Este equipo colocó a más de 30 voluntario al interior de una cámara especial en la cual pueden manipular los campos magnéticos a voluntad. Ahí llevaron a cabo diversas pruebas para registrar la actividad del cerebro a través de electroenefalografía. Los investigadores encontraron que los campos magnéticos en cierto ángulo promovían una respuesta fuerte en el mismo ángulo del cerebro, lo que sugiere un mecanismo biológico estimulable, según escribió el propio Kirschvink para The Conversation.

Esto es ni más ni menos que la primera evidencia neurocientífica de que tenemos un sentido magnético. Si éste no se encuentra alojado en una zona en específico, sino que varía según las condiciones, quiere decir que tiene una función, y que de alguna forma debe traducirse en información orgánica útil para la navegación. 

Quizá este sexto sentido magnético fue más fuerte en el pasado, pero quizá lo podamos estimular e incluso evolucionar. Las preguntas –y las posibilidades– siguen abiertas.

 

*Imágenes: 1 y 2) Public Domain Review