Es motivo de muchas películas de Hollywood la historia del genio torturado que, dejando atrás numerosos obstáculos, logra trascender sus humildes orígenes para alzarse con una gloria sobrehumana, como Dalí o Picasso (a menos que sean mujeres, como Virginia Woolf o Sylvia Plath, quienes simplemente fueron “histéricas”). Sin embargo, una revisión de la literatura científica al respecto podría darle cierta base a este mito romántico.

En una investigación publicada en la revista Intelligence, los autores afirman que un coeficiente intelectual elevado puede ser indicador de mayores factores de riesgo para sufrir enfermedades fisiológicas tanto como psicológicas.

El campo que permite realizar esta afirmación es el de la psiconeuroinmunología (PNI), donde se analiza la conexión entre el funcionamiento neuronal y el sistema autoinmune. Los científicos también se valieron de técnicas estadísticas, como comparar la información de casi 4,000 miembros de la American Mensa Society (quienes están en el 2% más alto en las pruebas de inteligencia) con las estadísticas estadounidenses sobre enfermedades.

Se encontró que las personas con alto IQ tienen 20% más de probabilidades de tener un diagnóstico de espectro autista, 80% más probabilidad de déficit de atención con hiperactividad, 83% más probabilidad de ansiedad y 182% de desarrollar al menos una alteración del ánimo.

Pero el cuerpo también expresa el peso de tanta inteligencia, pues las personas con altas habilidades cognitivas sufren 213% más alergias, 108% más asma y tienen 84% más probabilidades de desarrollar un padecimiento autoinmune.

 

La teoría del hipercerebro/hipercuerpo

La explicación de los autores es que las personas demasiado inteligentes expresan respuestas amplificadas a su entorno, a las cuales llamaron “sobreexcitación”. Si la mente de una persona se sobreexcita constantemente frente a estímulos que al resto de los mortales le parecen intrascendentes, es posible que su cuerpo eche a andar una respuesta autoinmune inapropiada debido al estrés crónico.

Debemos hacer notar que el término “inteligencia” puede dar lugar a interpretaciones erróneas de lo que los investigadores buscaron. No se trata de que lo que una persona haga con su inteligencia es lo que la enferma, sino que el funcionamiento cognitivo mismo desencadena reacciones físicas que contribuyen, según el estudio, a “patrones crónicos de huida o pelea (fight or flight response), parálisis”, además de impedir el funcionamiento adecuado de la función desinflamatoria.

En una sociedad que premia la excelencia en todos sus ámbitos de aplicación, la inteligencia parece una ventaja deseable con la cual contar. Sin embargo, para los autores: “este don puede ser, o bien un catalizador del empoderamiento y la autorrealización, o puede predecir desregulaciones y debilitamiento”.

Por otra parte, romantizar de esa forma la enfermedad mental parece apoyar la tendencia a diagnosticar como trastorno de personalidad la individualidad cognitiva de cada individuo. También puede excusar comportamientos violentos o francamente criminales (como en Charles Bukowski o Woody Allen), excusando a los abusivos en su alta lumbrera intelectual. Además, la inteligencia no siempre está en el cerebro (según la ciencia).

Lo cierto es que la inteligencia humana es parte biología y parte entorno; y probablemente, también las enfermedades que sufrimos.