En un intento por explicar la violencia del ser humano, las sociedades han creído en la posible existencia del instinto asesino. Navegando por el estudio del comportamiento humano, diversas teorías intentan revelar la causa que conduce a los seres humanos al odio, la destrucción y la muerte.

Diversas historias psicológicas y neurocientíficas (y decimos historias porque se han basado en la experiencia común, sin ir más allá del arco narrativo) han propuesto que la agresión proviene de un instinto humano.

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Esta teoría del instinto afirma que la agresión es una herencia ancestral, una especie de tendencia inherente que se comparte con muchas otras especies. Por fortuna, esta teoría afirma que la violencia humana no es totalmente destructiva; puede tener un lado positivo e incluso constructivo, pues el ingenio humano comienza en la violencia.

Dicha afirmación proviene de Raymond Dart, descubridor de un cráneo fosilizado de 2 millones de años que yacía en la tierra junto con sus armas de lucha. ¿Qué podría ser más aterrador que los restos de un hombre, el simio irascible, con armas mucho más poderosas que huesos de antílope? Dart descubrió esta prueba de la violencia humana y la compartió con Robert Ardrey, guionista de Hollywood.

Ardrey tomó los vestigios de la evolución humana para trasladarlos a una icónica escena del cine en la película A Space Odyssey (1968). En ella, el líder de una banda de hombres mono aplasta los restos de sus enemigos con un arma hecha de hueso. Pero, ¿qué nos dice esto sobre el instinto asesino?

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El instinto asesino se apodera de la cultura

Hasta este punto el instinto sigue siendo simplemente violento y no hay en él rastros del ingenio que, según Dart, siembra. Ahora bien, en otra investigación, el ornitólogo Konrad Lorenz decidió analizar la violencia entre animales y encontró un aspecto positivo.

Cuando un animal dirige una agresión contra miembros de su propia especie, esto raramente termina en muerte. La explicación es que esta violencia está lejos de ser un impulso para provocar la muerte. En realidad, la agresión (cuando se maneja adecuadamente) fortalece los lazos de afecto y amor en el grupo. Así pues, y en tanto que la violencia está arraigada en la naturaleza, es mejor canalizarla que intentar eliminarla. En este sentido, podemos afirmar que el instinto asesino existe en cada ser, pero la diferencia radica en encauzar la agresión y canalizarla antes de que sea demasiado tarde.

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En un primer momento, todo se acomoda a la perfección para suponer que los seres humanos vivimos bajo el efecto del instinto asesino. Pero estas teorías están construidas mediante especulaciones sobre la época prehistórica y debemos tener cuidado con lo que creemos sobre la naturaleza humana. La narración sobre el instinto asesino de los seres humanos se vuelve fascinante cuando la ciencia la defiende. Incluso, no cuestionamos la constante comparación entre el comportamiento y las emociones de animales y seres humanos.

Nos creemos en cierta medida iguales a ellos, pero no es así. La evolución es distinta para cada especie y, aunque la ciencia intente llenar el espacio con teorías culturales, la verdad es que lo que pensamos que somos determina nuestra forma de actuar. ¿Cuál es tu teoría?

 

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