El desarrollo de las sociedades modernas a nivel mundial ha dejado de lado el conocimiento ancestral de los pueblos indígenas. Históricamente su supervivencia ha dependido de armonizar las necesidades humanas con los ritmos locales del uso del suelo, de la conservación de especies animales y de un inquebrantable respeto a todo lo que viene y vuelve a la tierra. De hecho, se estima que los pueblos indígenas protegen el 80% de la biodiversidad del planeta; biodiversidad que nuestro modo de vida consumista no deja de poner en riesgo.
Esta es una lección de adaptación evolutiva que no hemos sabido aprovechar, ya que nuestra creciente dependencia a las soluciones tecnológicas, al menos en los entornos urbanos, ha colocado al planeta en una dura encrucijada climática.

Por fortuna, la comunidad científica está realizando esfuerzos concretos para crecer de la mano de los saberes ecológicos tradicionales. Al observar las prácticas de la agricultura tradicional en Bolivia y Perú, los científicos han encontrado relaciones de inestimable importancia en la predicción del clima a través de la observación de las Pléyades, o del vínculo entre fenómenos ambientales como El Niño y las nubes troposféricas.

Un reporte publicado en agosto de 2019 por la Organización de las Naciones Unidas, hizo énfasis en la importancia de incluir y proteger a las comunidades indígenas en tanto guardianes del territorio, así como colaborar con ellas en el desarrollo de mejores prácticas de agricultura y de protección de la Tierra.

 

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Valorar los saberes tradicionales

A pesar de que las comunidades indígenas se encuentran entre las más vulnerables en cuanto a padecer los efectos de la crisis climática actual, son ellos también quienes han sabido adaptarse mejor a los cambios en la flora y fauna de sus lugares de origen.

No se trata de exotizar o idealizar los saberes tradicionales, sino de reconocer que la información proveniente de la colaboración con las comunidades indígenas es fundamental para desarrollar estrategias de adaptación frente a los cambios climáticos por los que atraviesa actualmente nuestro mundo.

Tal vez el reconocimiento de la importancia que tienen los saberes tradicionales en el mundo actual pueda avanzar no sólo asegurando los derechos de las comunidades indígenas (a su plena gobernanza, a la autodeterminación y a los derechos humanos fundamentales de cualquier sociedad), sino reforzándolo activamente a través de las políticas públicas.

En un sentido más concreto y cotidiano, este reconocimiento puede avanzar si aprendemos de estas comunidades que los seres humanos no estamos aquí para “dominar” a la naturaleza (como nos ha inculcado el paradigma logocéntrico occidental de los últimos 1,000 años) sino que somos, todos nosotros, naturaleza.

 

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