Aurelio Andrade es un granjero de 65 años que habita en una casa sencilla rodeada de un par de hectáreas de tierra (hoy totalmente limpias gracias a la quema) a 120 kilómetros de Porto Velho, en la selva amazónica brasileña.

Ajeno a las noticias de los últimos meses sobre los casi 45 mil incendios forestales registrados en el Amazonas desde enero de este año, Aurelio explica que los campesinos deben tratar de apropiarse de la tierra que pueden a través del sistema de quemas.

El lugar donde vive está alejado de vías de comunicación. Junto a su esposa cría distintos tipos de animales de corral como vacas, caballos, cerdos y gallinas. “Es sólo cortar unos árboles, esperar tres meses y tirar semillas. Incluso si coges un área desierta tienes que desbrozar, quemar y hacerte una casa para tener donde vivir con tus hijos”, afirma.

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Aurelio Andrade (AFP Carl de Souza).

Los incendios controlados al inicio de la temporada seca son una práctica común de los agricultores en diversos sitios del mundo y, al hacerlo de manera controlada, pueden prevenir incendios espontáneos a causa del calor. En Brasil, esta temporada se conoce como temporada de queimadas, la cual ha sido prohibida mediante un decreto oficial del presidente Jair Bolsonaro.

Sin embargo, en lugares tan profundos de la selva amazónica, como donde vive Aurelio Andrade, las noticias sobre la erosión de la selva tropical corren más despacio. Los únicos que pasan por ahí son explotadores ilegales de madera o minerales, quienes se ven beneficiados por el descuido en el que el gobierno de Bolsonaro ha dejado el Amazonas debido a cambios en el presupuesto y en las leyes.

 

Acuerdos de París en riesgo

Y mientras Bolsonaro culpa de las llamas a activistas y ONGs sin ningún tipo de prueba, los incendios del último mes generaron emisiones equivalentes a 228 megatoneladas de dióxido de carbono. La reacción internacional ha sido sumamente cuidadosa, probablemente a causa de las simpatías mutuas que el gobierno de Bolsonaro comparte con otro importante negacionista del cambio climático, Donald Trump. Y si los incendios forestales son un problema, la tala ilegal es uno aún mayor. “Incluso si los incendios logran contenerse ahora, la verdadera preocupación es la tala de bosques en la región”, explica Doug Boucher, asesor científico de la Iniciativa de Bosques Tropicales y Clima de la Unión de Científicos Preocupados.

Si el área deforestada fuera un país, sería el tercero que más emisiones de CO2 produce a nivel mundial, sólo detrás de China y Estados Unidos. Además, el CO2 almacenado en los árboles se libera tan pronto como son talados, según Douglas Morton, jefe del Laboratorio de Ciencias Biosféricas en el Centro Goddard de la NASA.

La legislación internacional que se contraviene a causa de estos incendios son los Acuerdos de París, suscritos por casi 200 países en 2015, y cuyo objetivo primario es evitar que la temperatura del planeta aumente 2ºC con respecto a la era preindustrial para así prevenir un daño irreversible a los ecosistemas terrestres.

Aunque los esfuerzos de numerosos países se han centrado en la reforestación y en destinar presupuesto público y privado para capturar las emisiones de CO2, Boucher afirma que “los incendios en la Amazonía brasileña este año representan un desafío para el objetivo climático que nos hemos fijado”.

 

Emergencia climática y pobreza

Mientras tanto, ajenos a los acontecimientos y opiniones del mundo fuera de la selva, campesinos como Aurelio Andrade rompen leyes ambientales y ecológicas, en lo que grupos ambientalistas han interpretado como un abuso de la falta de control del Estado para expandir sus territorios, práctica frecuente entre hacendados y campesinos. Aurelio explica que “aquí no tenemos apoyo del gobierno federal ni de nadie, solo de Dios. Así que cortamos árboles para plantar pasto para sobrevivir, para que el ganado coma”.

A pesar de las advertencias del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático sobre la necesidad de reducir la dependencia internacional de la carne animal y los combustibles fósiles, la realidad económica de muchos campesinos y trabajadores que dependen de esas industrias entra en conflicto de intereses con la conservación del medio ambiente.

El Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales (INPE) ha registrado más de 88,000 incendios forestales en Brasil en lo que va del año, 51.8% de ellos en la región amazónica.