Si algún día te has planteado la idea de que la vida es en realidad un elemento fractal, quizá has llegado a la suposición de que la Tierra no es una roca inerte, sino que tiene vida propia compuesta por los pequeños organismos que la habitamos. Así, en su totalidad funcionaría como un sistema de vida inmenso. Esta hipótesis tiene nombre y su creador James Lovelock, se ganó tantos adeptos como enemigos por plantear la existencia de Gaia como un súper organismo.

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El surgimiento de una hipótesis integradora

James Lovelock nació en Inglaterra en 1919 y se graduó en química en la Universidad de Manchester. Más tarde trabajo para la NASA en la década de los 60, desarrollando un proyecto que tenía la finalidad de verificar la existencia de vida en Marte. Aunque desde el principio, Lovelock dejó claro su pensamiento al respecto.

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Según él, no se requería enviar naves hasta el planeta vecino para comprobar si albergaba vida o no, bastaba con estudiar las condiciones ambientales del planeta rojo y compararlas con las de la Tierra. Y justamente esta idea lo llevó a reflexionar más sobre el asombroso comportamiento de nuestro planeta. Derivad de esto, planteó una de las ideas más controversiales sobre la Tierra que más adelante se llenaría de detractores. Según él en su Hipótesis de Gaia, la Tierra se comporta como un organismo a través de un sistema autorregulado.

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La teoría se publicó a principios de la década de los 70 y gracias a ello, Lovelock encontró una importante colaboradora que también apoyaba esta idea. La microbióloga estadounidense Lynn Margulis que, en sus investigaciones como experta en materia, había comprendido muy bien la simbiosis entre especies. Según ella, las células complejas estaban a su vez conformadas por células más primitivas y estas últimas fungían como organelos o sistemas importantes para mantener con vida a las células más complejas. Por ello, no resultó tan descabellado para ella, esta misma idea pero llevada hasta un marco en una escala mucho más grande.

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Un súper organismo autorregulado 

Juntos le fueron aportando más ideas a la Hipótesis de Gaia, por ejemplo, que la temperatura del Sol en los largos millones de años de la vida en la Tierra, no ha incidido de manera constante. En los 4.5 mil millones de años de edad que suponen los científicos tiene el planeta, la temperatura promedio ha variado en diversas ocasiones. Pero, ¿por qué estos cambios en la temperatura han permitido que la vida continúe? Según la dupla Lovelock-Margulis, la vida misma ha cambiado la composición de los gases atmosférico y que al hacer esto, se ha logrado controlar, moderar o atenuar la radiación proveniente del Sol. Justo como haría un cuerpo sudoroso que intenta regular el calor. La Tierra nivela sus propios niveles de calor a través de los organismos más pequeños que habitan en ella.

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Claro que esta idea atrajo muchos detractores que piensan que se trata únicamente de pseudociencia sin fundamento alguno. Pero por el otro lado, también están aquellos fervientes creyentes de que Lovelock tiene razón y cada día se descubren más sistemas interconectados en nuestro planeta que podrían darle la razón. Quizá no técnicamente, es decir, uno no puede pensar que las plantas generan dióxido de carbono para regular el calor y no a priori de la su supervivencia del planeta. ¿O sí? Como quiera que sea, para muestra de los sistemas autorregulados tenemos las corrientes atlánticas, el funcionamiento de la atmósfera, la cadena alimenticia, el ciclo del agua y muchos sistemas más que están interconectados. La ciencia poco a poco descubre más el comportamiento planetario y qué lugar ocupamos en él.

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