¿Hay más microbios en la Tierra o estrellas en la galaxia?

¿Pensar en grande o en pequeño? ¿Qué será más infinito?

Vivimos en grupos conectados entre sí; dependemos unos de otros para la supervivencia, e incluso mantenemos la comunicación con el otro como una de las cualidades más características de nuestra especie. Estos lazos también obedecen a un orden en la naturaleza. Su ritmo y sintonía se construyen dentro de una hipérbole narrada por el cosmos, y cuando no encuentran un ritmo, las consecuencias son desdichadas.  

Este pensamiento cosmológico nos remite a la idílica correspondencia del macrocosmos y el microcosmos, algo así como el espejo del universo, que no se limita a replicar su reflejo en diferentes tamaños. Así, uno puede encontrar que hay tantas estrellas en nuestro universo como granos de arena en el océano de nuestro planeta.

Una afirmación de tan precisas magnitudes no podría ser menos que poesía, y si usted quiere, una lección de vida. 

Hasta hace no mucho, la humanidad creía haber registrado todas las especies del planeta, cuyo número total calculaba en unas 10 millones. Pero esto es falso, puesto que dicha cantidad sólo contabiliza al mayor número de especies “visibles” en nuestro mundo. Incluso, los biólogos de todo el orbe tienen la certeza de que siempre podrán descubrir una especie nueva, pues la cantidad de seres animados es infinita. 

Para asegurar con más firmeza lo anterior, hoy nos aventuramos al azaroso, oculto y sofisticadísimo microcosmos natural, el de los microorganismos. Ya de por sí, la palabra augura un gran fenómeno.

Bacterias, protozoos, hongos y algas dominan el mundo. Se trata de la forma de vida más abundante en la Tierra: algunas sugerencias científicas se arriesgan a sumar a la lista de especies algunos de estos seres, de los que se ha contabilizado al menos 1 billón de especies en total. Pero, desde hace más de 2 décadas, los microbiólogos han empezado a contabilizar a estos seres por medio de ADN extraído del océano, de las plantas o la tierra. El supuesto más acertado hoy en día para la ciencia es que existe aproximadamente 1 nonillón de microespecies distintas, una cantidad incalculable para el tiempo de vida humano, de no ser porque le hemos puesto un nombre. 

Dicho de otra forma, existen más microbios en la tierra que estrellas en la Vía Láctea.

Esto porque sólo se han calculado entre 200,000 y 400,000 millones de estrellas.

El ejemplo de algunos estudiosos para entender lo anterior es que el phylum (o categoría) bacteriano al que pertenece el ser humano, el Chordata, abarca unas 65,000 especies de animales más, que poseen una varilla esquelética, e incluye mamíferos, peces, anfibios, reptiles, pájaros y tunicados. Esto quiere decir que tan sólo una de las ocho clasificaciones taxonómicas puede abarcar un sinnúmero de especies distintas entre sí.    

No podemos dimensionar el número de especies microbianas que existen, y tampoco tenemos el tiempo suficiente para observar la cantidad de vida que puede brotar de cada una de ellas. De lo que sí estamos seguros es de que la vida de nuestro planeta aflora en tantas posibilidades como Big Bangs en el universo, y esa relación, como demuestra la correspondencia entre el macro y el microcosmos, se puede trasladar a todas las dimensiones de la vida. 

Jaen Madrid
Autor: Jaen Madrid
Editora en jefe de Ecoosfera. Ha participado de manera frecuente en medios como Más de México, Faena Aleph y Pijama Surf. Le interesa utilizar la información y la diversidad de formatos digitales para construir conciencias. Su tiempo libre lo dedica a crear música con sintetizadores.


Johnson & Johnson sabía desde hace décadas que su talco para bebé era cancerígeno

Difícil imaginar algo más siniestro que un grupo de ejecutivos persiguiendo ventas a costa de vidas humanas.

Sicarios, terroristas, genocidas, asesinos seriales y psicópatas activos. Uno pensaría que este breve listado de “roles” englobaría a lo más nocivo de la fauna humana, pero ¿dónde quedan esos ejecutivos que a costa de millones de vidas humanas, del futuro del planeta y de la salud colectiva, persiguen obscenamente mayores ganancias?

El pasado 14 de diciembre se confirmó, vía un reporte publicado por Reuters (que puedes consultar aquí), que la monumental Johnson & Johnson sabía por décadas que su masivamente popular talco para bebé contenía asbesto, una sustancia potencialmente cancerígena, y que en lugar de enmendar su fórmula –suponemos que en detrimento de sus ganancias–, hizo todo lo posible por ocultarlo.

El reporte de Reuters se basa en cientos de documentos internos de esta compañía, además de otros obtenidos a lo largo de juicios contra esta corporación y otros recopilados por periodistas y organizaciones. Todos estos documentos también fueron hechos públicos y puedes consultarlos aquí.

La pulverización de la ética y la moral

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¿Qué nos ha ocurrido como sociedad, incluso como especie, para llegar a escenarios como el que dibuja el caso Johnson & Johnson? ¿En qué momento permitimos el cultivo de grupos que privilegian el margen de rentabilidad de sus respectivas compañías por encima de la vida humana? ¿Cómo vamos a frenar a estos grupos e intereses para erradicarlos a la mayor brevedad posible? ¿Cómo pueden vivir, dormir y reproducirse personas que practican o solapan este tipo de políticas corporativas ? 

Un cambio de paradigma

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Más allá de clamar por un castigo proporcional al daño cometido –si es que existe una pena de esas dimensiones–, y de condenar categóricamente el anti-espíritu que reina detrás de acciones como las de Johnson & Johnson, valdría la pena hacer de este funesto precedente un parteaguas en el papel que juegan las marcas y las compañías en el destino de nuestra especie y en la forma de relacionarnos con el planeta. 

Si los consumidores, es decir todos nosotros, castigamos a las marcas y compañías que atentan contra nuestra salud y la de nuestro entorno, que explotan a sus empleados y recurren a procesos productivos absolutamente irresponsables, que ponen su patológica búsqueda de ganancias por encima de cualquier otro factor y repercusión, entonces estarán irremediablemente condenadas a la extinción. Además, si en cambio premiamos a aquellas marcas y productos que abiertamente están esforzándose por cambiar el paradigma de ganancia a toda costa –aún cuando tengan una historia poco loable pero, hasta cierto punto, “entendible” por la falta de conciencia de momentos anteriores en la historia–, y sobretodo a aquellas iniciativas que desde su misma esencia están orientadas a ser sustentables, entonces este proceso podría acelerarse.   

No se trata necesariamente de inaugurar una cacería de brujas, aunque si de exigir legislaciones que impidan que estas prácticas sigan ocurriendo y castiguen, con toda severidad, a los infractores. En realidad se trata de hacerles entender a las grandes trasnacionales, y a las marcas en general, que si quieren aspirar al privilegio de nuestro consumo, entonces tienen que asegurarnos que el bienestar de todos los involucrados –empleados, consumidores, medioambiente– es prioritario en su operación. 

Esperamos pues que Johnson & Johnson, y muchos otros, paguen por el daño, por cierto irreversible, que le han ocasionado a la sociedad en su persecución de más jugosas ganancias; pero sobretodo deseamos que casos como este alimenten sustancialmente los nuevos y urgentes paradigmas de consumo responsable, ética corporativa y humanización del mercado.   

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Hallazgo científico exhuma un nuevo tipo de criatura

Este micoorganismo previamente inclasificable añade una rama más al árbol de la vida.

A veces pareciera que ya no hay nada que conocer sobre la Tierra; que la mágica época de los grandes hallazgos ha quedado atrás. Pero una intuición puede cambiarlo todo.

Eso es justo lo que le sucedió a una estudiante de doctorado en Nueva Escocia. Al analizar un puñado de tierra recolectada por casualidad durante un paseo, se encontró con algo impresionante: un microorganismo tan particular que ha inaugurado una rama completamente nueva del árbol de la vida.

Estos microorganismos han representado un misterio inclasificable para la ciencia desde el siglo XIX. Hoy en día, los avances tecnológicos nos permiten resolver el acertijo: el hemimastigoto es un ser completamente aparte de los cinco reinos de organismos conocidos.

Nada de lo que conocemos se le parece.

Tras un análisis genético, se encontró que los hemimastigotos son más distintos a los humanos que los hongos, reporta la revista Nature. No conocemos ningún otro ser vivo que pueda compararse o emparentarse con ellos. 

Entonces, ¿surgieron de la nada? Por supuesto que no; más bien, son seres tan antiguos que tendríamos que volver en el tiempo 500 millones de años antes de encontrar un pariente común, aclara un científico de la Universidad de Dalhousie.

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Crédito: Universidad de Dalhousie

Este curioso microorganismo fue bautizado Hemimastix kukwesjijk en honor a un ogro de la mitología Mi’kmaq, grupo nativo de Canadá. 

Sus largos flagelos y sus extraños movimientos son lo suficientemente particulares como para que integren su propio superreino en el árbol de la vida. Los superreinos son clasificaciones tan grandes que los humanos y los hongos pertenecen al mismo. 

No hay un límite para los descubrimientos que aún quedan por hacer: hay tantos organismos desconocidos en la Tierra como estrellas en la galaxia. Cualquier día común, un pequeño hallazgo puede cambiar la manera en que concebimos la vida en este planeta.