Ser un hater es más que ser un sujeto que gusta de molestar por Internet, polarizando cada cuestión y conflicto con comentarios tóxicos, en vez de constructivos. Se trata de toda una identidad: una basada en peligrosas ilusiones y ficciones que se cultivan en los entornos digitales. Pero también, el hater es producto de una sociedad involucionada, nihilista y adicta a las pantallas, que ha llevado a mucha de su juventud a vivir y relacionarse desde lo que David Sainz llama “las cloacas de Internet”.

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Sainz es un cineasta español independiente, creador de la serie web Malviviendo –cuya popularidad estalló antes que los youtubers– y que tiene mucha experiencia navegando en los entornos digitales. Ha sabido sacar provecho de éstos para reinventar las producciones audiovisuales, y confía en el potencial positivo que tiene el Internet para las nuevas generaciones.

No obstante, Sainz también sabe que el Internet es una cloaca plagada de fenómenos tóxicos, como el de los haters.

A estos trolls les dedicó la canción “Hater ven, te quiero ayudar”:

Ocurre con frecuencia que no hay mejor manera de decir las cosas que con humor. Y más si nos dirigimos a los haters: personas especialistas en hacernos enojar con sus difamaciones y críticas destructivas, incluso con comentarios sin sentido pero con mucha ira, hechos a partir de la seguridad que otorga el anonimato y la falta de autoridad en los espacios digitales. Eso que los psicólogos llaman el “efecto de desinhibición en línea”.

Pero, frente a su retórica generalmente poco fundamentada, es mejor batear a estas celebridades de Internet con una técnica infalible: la buena onda, o como canta Sainz: con un “Ven, te quiero ayudar”.

Porque existen haters que se han reformado, como demostró la columnista Patricia Hernández en una nota digital llamada 10 Former Internet Trolls Explain Why They Quit Being Jerks. En ella, Hernández recabó historias de haters de todo tipo: el clásico que odia Star Wars, el “listillo implacable” o el amo y señor de Yahoo Respuestas. Todos habían tenido interesantes razones para volverse internautas terroristas. Algunos aseguran haber estado pasando por malas relaciones de pareja en el momento de empezar su “carrera” de haters profesionales.

Pero cuando no se puede ayudar a un hater, ¿que se debe hacer? Ignorarlo: con humor y sarcasmo, como Sainz. No entrar en su espiral de odio, ni dejarnos enfrascar en esa forma torcida de relacionarnos.

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Ante la cultura del odio que propagan los más vulnerables a convertirse en haters, hace falta cultivar una buena convivencia en Internet y los entornos digitales.

Éstos son lugares a defender, pues no son neutrales.

Los entornos digitales pueden estar plagados de fake news o de noticias verdaderas y urgentes. Pueden estar plagados de buenas opiniones o de tóxicas críticas, como las de los haters. Pueden fomentar la unidad entre los diversos intereses de la sociedad, o la disolución en un caos separatista.

Así que no está de más reflexionar sobre el fenómeno hater, pero no como lo haría un hater –pensando en destruir desde su asiento–, sino concentrándonos en la construcción. En épocas como la actual, cuando los conflictos polarizan tanto a la sociedad, es urgente no contribuir siendo un hater, ni un fanático.

Debemos defender los buenos argumentos, las críticas constructivas y las discusiones que nos retroalimentan y nos hacen evolucionar.

Y si eres un hater en potencia, o crees tener la propensión, acá te va un mensaje: 

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