El Internet se ha convertido en una especie de dimensión alternativa. Aunque se trate de un entorno virtual, lo cierto es que tiene mucho mayor impacto en la vida real de lo que podríamos creer: ha trastocado no sólo a la economía sino a la psique colectiva, que ha desarrollado una férrea adicción por el Internet, misma que los científicos ya avizoraban desde 1998 y que en la actualidad se ha vuelto un masivo desorden clínico.

Pero Internet también ha modificado profundamente la vida privada sin que ni siquiera nos demos cuenta. Ahora nunca estamos solos, porque las grandes industrias tech nos vigilan sin intermitencias y saben todo de nosotros. Lejos quedó el tiempo en el cual la información personal era privada y sólo podía usurparse mediante micrófonos o cámaras.

Nuestra intimidad se ha convertido en datos, y los datos –junto con los clicsse han convertido en un mercado explotable. Pero, ¿cómo sucedió esto?

Cada segundo se realizan 40,000 búsquedas en Google, es decir, 1.2 trillones por año.

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Estas búsquedas viajan a un centro de datos en el cual trabajan 1,000 computadoras para elaborar los datos y enviarlos de vuelta; esto ocurre en 1/5 de segundo, lo que hace de Google el mayor productor de CO2 después de Estados Unidos, China y la India.

Mientras esto sucede, Google está creando perfiles personalizados de cada usuario que utiliza su motor de búsqueda.

Gracias a esto es que los primeros resultados de la búsqueda son anuncios pagados, lo cual no sucedía en los albores de Google. Pero muy pronto se dieron cuenta de que estaban desperdiciando un mercado explotable, que estaba creciendo conforme más personas tenían acceso a un celular. Esto quiere decir que ha habido un refinamiento en los métodos a partir de los cuales las industrias tech logran extraer nuestra información. ¿Por qué? Porque cada vez que damos clic sobre un anuncio, nuestra información pasa a los comercializadores de los motores de búsqueda y se almacena en una masiva cuenta de AdWords.

Todo esto tiene un objetivo: hacernos consumir más. Y ya que los viejos trucos publicitarios estaban haciéndose obsoletos, era necesario introducir nuevas tecnologías para hacernos compradores compulsivos, ahora mediante compras en línea.

 

¿Qué sabe Google de ti?

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Google –y otros motores de búsqueda– saben, gracias a esto, tu edad, tu género, cuánto ganas, si estás casado o eres soltero, e incluso qué gadget usas. También saben tu ubicación exacta, tu grado de estudios, los idiomas que hablas, el contenido de tu bandeja de entrada y, claro: qué productos compras.

Los perfiles que Google crea de cada persona contienen su historial de voz, todas las búsquedas realizadas hasta el momento, los lugares en los que ha estado en el último año, las imágenes que ha guardado y los anuncios a los que ha dado clic.

Es así que este emporio digital y sus Google Ads se ha convertido, a decir de Hal Roberts, investigador de Harvard, en un vigilante omnipresente, pero inadvertido. Así, las industrias del Internet se han infiltrado más en nuestras vidas que cualquier ficción orwelliana. Esto, junto a los métodos de vigilancia que imponen a sus empleados los emporios como Amazon y el escándalo de los datos que Facebook vendió para fines políticos, apunta a que vivimos en una sociedad mucho más peligrosa que una en donde la vigilancia se realizara sin tapujos.

Es nuestra ignorancia al respecto lo que le da mayor poder a estos emporios para violar nuestra intimidad. Esta situación nos pone en riesgos constantes que no debemos normalizar. Sin embargo, no todo está perdido: podemos informarnos más al respecto, buscar alternativas para navegar seguros por Internet, y saber que siempre podemos dejar el Internet sin dejar rastro. Siempre podemos, además, no dejarnos seducir por el consumismo, e intentar tener una vida más orgánica y sin tanto desperdicio. En gran medida, todo depende de nosotros.

 

* Imágenes: 1) Nicholas Blechman; 2) PC; 3) CC