Fatma es una inmigrante turca que vivía en el distrito de Neukölln, un barrio obrero de Berlín, que en los últimos años se ha puesto muy de moda. Cuando su esposo Ali no pudo pagar el alquiler de la casa donde vivían, tuvieron que mudarse con sus suegros, donde Fatma tiene que ocuparse de todas las labores.

Historias como esta son las que el colectivo de arte callejero Reflektor intenta recuperar a través de la instalación Los desahuciados.

Se trata de muñecos fantasmales dejados en distintos puntos del barrio que buscan romper con la inercia de la ciudad ideal, y recordar que antes de que llegaran las galerías y los cafés de moda, Neukölln era un barrio residencial cuyos habitantes fueron expulsados paulatinamente debido al encarecimiento de la vivienda y la voracidad inmobiliaria.

La gentrificación ocurre cuando una zona se pone de moda, por lo que los precios de la vivienda y los servicios aumentan. Estudios recientes indican que estos movimientos en la organización de las ciudades podrían llevar a un aumento en casos de depresión y ansiedad clínica, entre otros padecimientos mentales.

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Los desahucios en la zona han aumentado dramáticamente durante los últimos años (Imagen: Eva Maria Stotz)

Según Matthias Holland-Moritz de Reflektor, las esculturas representan historias ficticias basadas en hechos reales. “Se trata de la estigmatización, de estar ahí afuera, socialmente muertos”.

Desde hace unos años, la zona se volvió blanco de grupos inmobiliarios internacionales que han abierto bares, restaurantes y cafés, lo que provocó el desalojo masivo de mucha gente que solía vivir ahí.

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Las esculturas de todas las edades tienen un globo de texto en el que los transeúntes pueden leer sus historias, así como visitar el sitio web del proyecto para concientizarse sobre las condiciones de los antiguos habitantes del barrio.

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Las esculturas buscan romper la inercia de los nuevos inquilinos y turistas (Imagen: Eva Maria Stotz)

Además de ser un interesante proyecto artístico, Los desahuciados busca prevenirnos mediante un ejercicio de empatía de que cualquiera de nosotros puede encontrarse en algún polo de la lógica de la gentrificación: apropiándose del espacio de alguien que solía vivir ahí, o siendo desalojado al no ser capaz de pagar lo que los administradores inmobiliarios exigen.

 

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