Uno de los factores que nos caracterizan como especie es lo que hacemos con los restos de otros miembros de la misma. Desde los albores del Homo sapiens, los rituales funerarios han dado lugar a cosmovisiones, relatos y monumentos arquitectónicos capaces de sobrevivir muchos siglos más que quienes les dieron vida.

Algunas sociedades humanas llegaron a practicar el canibalismo, la cremación, el entierro por agua y muchos otros rituales funerarios que hoy podríamos considerar bárbaros o inhumanos. Pero lo sorprendente no es que nuestras formas de lidiar con la muerte se transformen a lo largo del tiempo, sino que en la actualidad, factores como la migración o el cambio climático, modifiquen prácticas que datan de varios siglos atrás.

Según un reporte de la Asociación Nacional de Directores Funerales (ANDF), que estudia la información estadística funeraria en Estados Unidos, existe una clara preferencia por la cremación como primera opción de servicios funerarios para los próximos años. Incluso se espera que crezca un 54%. Mientras que el entierro, que fue la opción dominante para los estadunidenses hasta mediados de los años 90, se encuentra hoy rozando el 41% de popularidad.

 

Funerales verdes

La pérdida de un ser amado deja poca energía disponible como para pensar algo en apariencia tan banal como la huella de carbón que supone un servicio funerario. Sin embargo, cuando consideramos la muerte en su proporción e impacto demográfico, podemos darnos cuenta que el combustible empleado y los químicos añadidos en el proceso también pueden considerarse desechos nocivos que a la larga contribuyen al daño ecológico.

El espacio en las ciudades es costoso y limitado, y las zonas disponibles para uso funerario eventualmente alcanzarán un punto crítico. Por otro lado, el proceso de embalsamar un cuerpo para ser enterrado involucra una cantidad importante de agua y productos químicos, además de germicidas, colorantes y otros añadidos que terminan por integrarse, ellos también, a la tierra.

 

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Para Matt Baskerville, director de agencias funerarias y vocero de la ANDF, la movilidad geográfica de las nuevas generaciones hace que tener una cripta o lote en un cementerio local no tenga mucho sentido. Además los milenials y sus mayores tienen una conciencia ecológica mucho más clara que sus antepasados, por lo que tampoco le sorprende ver un repunte en la búsqueda de opciones funerarias ecológicas.

Por si esto fuera poco, los vínculos con las comunidades de origen se han perdido o deteriorado gravemente como parte de la migración y el proceso de globalización, pues a diferencia del siglo pasado, la gente no es enterrada en el mismo pueblo o ciudad donde nació. Transportar a un ser amado a su lugar de origen no siempre es una opción viable.

 

Cremación por agua

funerales verdes alcalino

La hidrólisis alcalina puede sonar como un proceso abstracto y químico, pero de hecho su popularidad va en aumento. La llamada “cremación sin flama” consiste en un flujo de agua caliente mezclada con hidróxido de sodio o potasio que luego de unas horas convierte al cuerpo en agua.

Al igual que en la cremación tradicional, algunos restos sólidos (como metales y hueso) pueden contenerse en una urna para que la familia decida qué hacer con ellos y el agua utilizada puede desecharse sin peligro en el sistema de alcantarillas, por lo que su huella ecológica es mucho menor.

 

La naturaleza sigue su curso

Katrina Spade recompose funerales verdes
Katrina Spade, cofundadora de Recompose

A partir del momento de la muerte, el cuerpo humano, como el de otros seres vivos, entra en un proceso gradual de descomposición. Una opción bastante extrema, pero también sumamente viable desde el punto de vista ecológico, es la de una compañía llamada Recompose.

En lugar de detener el proceso natural de descomposición, Recompose permite que el proceso siga su curso en condiciones controladas, para entregar, al cabo de un tiempo, aproximadamente un metro cúbico de composta. Esta tierra puede aprovecharse literalmente como composta en un jardín que elija la familia, aunque la legislación actual solo le permite operar en la ciudad de Seattle.

Una conversación pública franca y abierta sobre la muerte debería hacernos reflexionar sobre el impacto que tiene el final de la vida no solo sobre el planeta, sino sobre aquellos que nos acompañan y se hacen cargo de ese momento. La popularización de conceptos de tanatología, el cambio en la legislación sobre la eutanasia (otro tema tabú, en el mismo espectro de la muerte), así como la educación en la previsión de servicios funerarios, no solo puede hacer más transitable este periodo irremediable por el que todxs pasaremos algún día, sino que puede hacernos reflexionar sobre el impacto económico y ambiental que conlleva el privilegio (y la responsabilidad) de habitar un cuerpo.

 

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