Sólo existe una falla con la que tienes que aprender a lidiar, según el zen

Hay únicamente una falla que podría estar provocando que no logres encontrar por dónde fluir.

Hay muchas razones por las cuales nos paralizamos ante la simple idea de fracasar y no poder lidiar con nuestras fallas. La ansiedad nos domina con sólo pensarlo. ¿Y si no se vuelve a presentar la oportunidad? ¿Qué tal que hago el ridículo? ¿Y si decepciono a alguien?

Los pensamientos persisten y se vuelven obsesivos cuando no sabemos cómo lidiar con ellos ni, por lo tanto, con las fallas. No podemos evitar intentar vislumbrar el futuro ―lo cual no es malo―, pero no lo hacemos de una manera previsora, más intuitiva, sino dando por hecho que sólo nos aguardan equivocaciones. Vamos a fallar, nos aseguramos. Nada volverá a ser igual.

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Y entonces fallamos, porque la mente ―e incluso las posturas de nuestro cuerpo― pueden precondicionarnos a ello y liberar hormonas y neurotransmisores cuyo influjo en nuestro comportamiento es realmente poderoso.

 

¿Por qué no podemos fluir sin las ataduras del fracaso?

El maestro zen más importante de Occidente, Taisen Deshimaru, pensaba que el problema reside en que buscamos la libertad en el lugar equivocado. La libertad es la meta a la que todos aspiramos, pero para el maestro Deshimaru era claro que la ambición y el deseo llevan a los individuos, en la sociedad moderna, a fetichizar la libertad: a confundirla con cuestiones como el éxito personal.

Como es imposible alcanzar la libertad a la que refiere el zen mediante ambiciones materiales, es recurrente que nos encontremos frente al fracaso.

La verdadera libertad está en la mente [… ] Incluso cuando mis proyectos fallaran, incluso si toda mi misión fracasara, todavía tendría mi kolomo (ropaje) y mi cabeza rasurada, y podría dormir a un lado del camino.

Buscar la libertad más allá de la propia psique, la cual nos conecta con los otros y con el cosmos, es lo que nos conduce a un irracional miedo al fracaso. No quiere decir que debamos aislarnos para no fallar, sino que debemos construir lo que somos en el mundo material sobre un sólido trabajo subjetivo. 

Sólo así nos podemos dar cuenta de que la única falla importante que podemos cometer es creer que podemos fallar.

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Porque, en realidad, fallar es algo tan relativo como el tiempo. Lo que percibimos como una falla, tenemos que retomarlo como una oportunidad para reflexionar. Fallar debe servirnos para fortalecer la psique, y como un momento para redireccionar nuestras intenciones.

Ray Bradbury lo sintetizó lucidamente en su libro Zen in the Arts of Writing:

No deberías ver hacia atrás para concebir el trabajo que has hecho como una falla. Fallar es rendirse. Pero estás en el medio de un proceso en movimiento. Nada falla, entonces. Todo sigue. El trabajo está hecho. Si es bueno, aprenderás de él. Si es malo, aprenderás aún más. El trabajo hecho es una lección para ser estudiada. No hay falla a menos que uno se detenga.

Las fallas no existen: son sólo una ilusión que nos sirve de barómetro, que puede ayudarnos a sobrevivir. Pero que, sobre todo, tiene que impulsarnos a seguir: a fluir.

 

* Imágenes: Anna Sudit



Alexandria Ocasio-Cortez cerró su Facebook (una fresca invitación al minimalismo digital)

“Las redes sociales son un riesgo para la salud pública”, dijo la joven congresista.

Si algo resultó decisivo en el triunfo de Alexandria Ocasio-Cortez el año pasado fueron las redes sociales. No es de extrañarse que una mujer joven como ella haya sabido navegar hábilmente los entornos digitales para saltar de ahí al Congreso estadounidense, convirtiéndose en la mujer más joven en ocupar una legislatura.

Pero lo que pocos saben es que Ocasio-Cortez también salió al mundo real para hablar con la gente a la que quería representar. Durante su candidatura, la neoyorquina salía a repartir folletos puerta por puerta. Así que no existe incongruencia en la reciente decisión que tomó de cerrar su cuenta de Facebook, lo que justificó en entrevista para Yahoo News con el argumento de que:

Las redes sociales son un riesgo para la salud pública.

De paso, Ocasio-Cortez enumeró los riesgos que implican las redes sociales para la salud y el bienestar:

Tienen muchos efectos: ansiedad, depresión, adicción, aislamiento, escapismo.

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Andres Kudacki

Poco hace falta para comprobar cada punto en esta lista de –buenas– razones para dejar Facebook, pues la mayoría de nosotros somos pruebas vivientes de que las redes sociales están trastocando la psique y los cuerpos. Además, Ocasio-Cortez sabe que hacer política en estas plataformas tiene su riesgo, ya que sujetos como Donald Trump han vuelto a las redes sociales entornos repletos de ira y odio –emociones funcionales a sus intereses, tanto online como offline.

Y lo peor es que la adicción va más allá de las redes sociales

Lo cierto es que, yendo más allá de las redes sociales, podemos asegurar que el propio Internet es ya una adicción. Esto se intuía desde 1998, cuando algunos científicos vieron en Internet “la emergencia de un nuevo desorden clínico”. Y ni siquiera es sólo una adicción, como se creía, similar a la que generan las apuestas. Es, más bien, una adicción tan potente como la generada por sustancias psicoactivas.

Esta adicción, mucho antes de que las redes sociales se volvieran pilares de la vida contemporánea, ya ha creado inusitadas patologías. Por ejemplo, la adicción a la pornografía en línea. Ahora, decenas de personas padecen el llamado “miedo a quedarse afuera”, un síndrome que surge como consecuencia de estar desconectado de la red, y que produce un miedo irracional a ser excluido o “perderse de algo”. 

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Fillum Pro

Por eso, el planteamiento de Ocasio-Cortez es como un respiro: nos permite salir a la superficie del mundo digital, el cual se ha vuelto imperioso, y nos deja ver que allá afuera existen quienes quieren trascender los límites del Internet. La propia Ocasio-Cortez lo ha hecho poco a poco, apoyada en libros con hacks para dejar poco a poco la dependencia a los gadgets y lograr un minimalismo digital.

Y a todo esto, ¿qué es el minimalismo digital?

Se trata de una propuesta del profesor de ciencias computacionales Cal Newport, quien ama tanto la tecnología digital que está resuelto a ayudar a los jóvenes a librarse de la adicción al mundo virtual, para que así puedan sacar de él verdadero provecho. Según lo define el propio Newport, el minimalismo digital:

“Es una filosofía del uso de la tecnología donde concentras tu tiempo en línea en un pequeño número de actividades óptima y cuidadosamente seleccionadas, que respalden las cosas que valoras, y luego te desentiendas felizmente de todo lo demás”.

Eso es lo que hará de ahora en adelante Ocasio-Cortez, a quien podrás seguir en Twitter e Instagram, pero cuyas cuentas no estarán demasiado activas. ¿Y si lo intentas tu también? Acá tienes algunos hacks para dar los primeros pasos y recuperar la realidad.



No son problemas: son experiencias (viviendo el aquí y el ahora con filosofía zen)

Porque “si odiamos la hierba, e incluso si abandonamos ese odio por la hierba, ésta igual crecerá”.

Si pensáramos los problemas no como eso que nos viene de la “mala suerte”, sino como parte inherente de la experiencia que es vivir, ¿qué pasaría? Si quitáramos de nuestro léxico la palabra “problema” y la sustituyéramos por “experiencia”, ¿qué pasaría?

El resultado podría ser esclarecedor. Porque sucede que en la actualidad tenemos definiciones muy extrañas sobre lo que es la vida, y eso nos hace esperar de ella cosas que son imposibles. Aspiramos a una existencia estable y segura, siendo que la propia naturaleza está repleta de eventos inesperados: la historia del cosmos es la historia de sus colisiones y de cientos de diminutos eventos azarosos. Pero al mismo tiempo, existen eventos preestablecidos que se repiten una y otra vez.

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Y es quizá está doble existencia, que oscila entre la convención y lo impredecible, lo que nos tiene fatigados.

Somos presas fáciles de la ansiedad. Nos preocupamos y, ¿qué hacemos? Quizá enojarnos porque la reunión en el trabajo no salió como queríamos, o angustiarnos porque llegamos tarde a la escuela. Ante estas circunstancias, solemos actuar de ciertas formas muy concretas: huimos, ignoramos, nos quejamos o buscamos un sitio de confort que nos aleje de los problemas que ocurren espontáneamente.

 

No debemos sentirnos culpables si actuamos así…

Pero en palabras del filósofo zen Alan Watts, debemos vivir la espontaneidad y ser capaces de improvisar. Este es un arte de vida que nos puede ayudar a ver desde otra perspectiva nuestros problemas, para así empezar a atajarlos como experiencias y ya no como inconveniencias. Es la manera como podemos aprender de nuestras preocupaciones, y no dejar que nos dominen ni que se conviertan en ansiedad.

Así actúa el zen ante la vida. Porque no es ni una filosofía ni una práctica: el zen es ambas cosas a la vez. Es un encuentro con la realidad, tanto de nuestra mente como de nuestro cuerpo, con todas las circunstancias de la vida –esas a las que muchas veces llamamos “problemas”–.

El zen no busca resolver los problemas para poseer el conocimiento de su respuesta. Más bien, las respuestas que se van dando son la vida misma: la experiencia. Y en esta forma de experimentar la realidad, la vida es una continua equivocación, como dijo el maestro zen Eihei Dogen.

De eso va la experiencia: de equívocos e inequívocos que conviven ineludiblemente a lo largo de nuestra vida. Son las cosas que se desarrollan a pesar nuestro, porque la vida no gira toda a nuestro alrededor. Es la hierba que crece, a pesar de todo. Es por eso que el maestro Taisen Deshimaru dijo:

Incluso si odiamos la hierba, e incluso si abandonamos ese odio por la hierba, ésta igual crecerá.

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Esta es la vigencia del zen para navegar la época actual. Por eso tantos escritores occidentales rescataron este legado de Oriente. Y en ese sentido, nada más brutal –pero también certero– que estas palabras de Alan Watts:

Pues nunca existe otra cosa que el presente, y si uno no puede vivir en él, no puede vivir en ninguna parte.

Convertir los problemas en experiencia es eso: poder vivir en todos lados. Vivir el presente. Ser el aquí y el ahora.

 

* Imágenes: 1) Flickr Gunnar Grimes, edición Ecoosfera; 2 y 3) Unsplash