A principios de los años 2000, Donald Trump era una celebridad de los 80 caída en el olvido, una reliquia de otros tiempos. Aunque se promocionaba como autor del libro The Art of the Deal, un supuesto manual para tener éxito en los negocios, en realidad el autor era Tony Schwartz, quien llegó a decir que Trump era un tipo insufrible. Cuando el productor de televisión de realidad Mark Burnett lo llamó para la primera temporada de The Apprentice, no sabía que estaba pavimentando su camino a la presidencia de EEUU, e inaugurando una nueva era: la era de las fake news, o noticias falsas.

Trump nunca fue un magnate de los negocios. Su fama se debe a que ha sabido crear una red de relaciones públicas que lo han construido tal como él mismo se ve: una persona más inteligente, capaz y competente de lo que jamás podrá ser. Al final de la cuarta temporada de The Apprentice, Trump anunció su candidatura para la presidencia con un discurso plagado de odio hacia los mexicanos y musulmanes, lo cual resonó en las audiencias que ya lo veían como un gran líder, en parte gracias a su exposición televisiva. 

El caso de la desastrosa presidencia Trump debe servirnos para considerar cómo la información que recibimos en los medios de comunicación y en las redes sociales es capaz de afectar nuestra percepción de la realidad. En realidad ya no podemos creer en lo que ven nuestros ojos; o más específicamente, en lo que vemos en Internet.

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Trump quiso hacer pasar su despido del canal de televisión como una decisión para competir por la presidencia. (imagen: CNN)

 

La guerra fría de la (des)información

La “verdad” es un concepto filosófico de profundas ramificaciones. No es lo mismo una verdad establecida científicamente a través de la experimentación que una verdad subjetiva e individual (por ejemplo, el hecho de que te gusten más los helados de chocolate que los de vainilla no dice nada sobre los helados en sí, pero es algo importante para ti a nivel personal).

El periodismo tiene la valerosa obligación de difundir información verdadera, así como los hechos del mundo con la mayor objetividad posible, de modo que esta información pueda servir para crear una sociedad mejor informada y libre. La información objetiva, así como la libertad para decidir, son ingredientes fundamentales de las democracias.

Pero cuando la información está trucada o expresada de manera que parezca verdadera (aunque no lo sea), esta libertad se pone en riesgo.

Renee DiResta es directora de investigación en New Knowledge, que se encarga de evaluar el peligro de la desinformación y la confianza pública en los medios digitales. DiResta formó parte del comité de expertos digitales que compareció frente al tribunal encargado de imputar responsabilidades durante la campaña de fake news de las elecciones de 2016. Según su punto de vista:

el gobierno y el público en general está dándose cuenta de que aunque la desinformación, la información falsa y los fiascos de las redes sociales han evolucionado de una molestia menor a una guerra de información de gran alcance, nuestros mecanismos para lidiar con ella han permanecido iguales.

DiResta incluso compara la guerra de información actual con una carrera armamentística, similar a la que se vivió durante la Guerra Fría entre Estados Unidos y Rusia: potencias de gran poder económico y militar enfrascadas en una guerra por el control de la verdad.

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Zuckerberg afirmó que Facebook sabía de la existencia de sitios falsos, pero fue incapaz de garantizar que la plataforma los detendría (imagen: CBS News)

Una corte de los Estados Unidos estableció claramente una interferencia de agencias de inteligencia rusas en el desarrollo de la campaña presidencial de 2016. Mark Zuckerberg, director general de Facebook, ha tenido que comparecer ante la justicia por permitir la diseminación de páginas con información falsa, las cuales en gran medida promovieron discursos de odio que resonaron en los votantes.

La responsabilidad final de qué tipo de información se distribuye, qué mecanismos se utilizan para evaluarla y cómo afecta esto el desarrollo de la vida democrática “queda en manos de plataformas sociales privadas”, las cuales, sin embargo, pueden ser manipuladas por agentes externos.

 

Trolleo ruso

La agencia rusa encargada de producir fake news durante la elección de 2016, la Internet Research Agency, comenzó a operar en 2013. Crearon millones de usuarios en todas las redes sociales: Facebook, Twitter, Vine, YouTube, G+, Reddit, Tumblr, Medium, e incluso Instagram en 2017. Además crearon páginas que se hacían pasar por agencias noticiosas locales o sitios expertos en temas específicos, desde periódicos hasta activistas ecológicos. Su objetivo fue cambiar el panorama de la opinión pública para inclinarlo en favor del discurso de Trump.

Si uno le pregunta a los votantes de Trump sobre el calentamiento global, recibirá respuestas que parecen aprendidas de memoria: son noticias falsas creadas por CNN o algún otro canal de televisión para desprestigiar al presidente. Los mexicanos invaden las fronteras con drogas, amenazando el estilo de vida americano. Una de las promesas de campaña de Trump fue “volver a hacer grande la marca Estados Unidos”, y para hacerlo necesitó construir un enemigo imaginario en la mente de sus votantes: las fake news ayudaron enormemente a conseguir ese objetivo.

El problema es que los gobiernos no pueden simplemente cerrar los sitios sospechosos: eso iría en contra de la libertad de expresión. ¿Pero dónde marcar la línea entre “libertad de expresión” y discurso de odio?

En este caso, el problema es así de complejo: tus amigos son los propagandistas. El algoritmo es otro enemigo difícil de vencer, pues si muestras interés en un tema, las plataformas sociales te mostrarán más contenido similar para mantenerte enganchado. Además, cuando un contenido se vuelve viral (cuando se comparte millones de veces) gracias al algoritmo, suele replicarse en los medios tradicionales. Y cuando el grupo o sitio productor de fake news alcanza ese nivel de relevancia, será favorecido por motores de búsqueda, como Google, y el ciclo comienza de nuevo.

Según DiResta, lo único que podemos hacer es buscar que los gobiernos y particulares se comprometan en la creación de marcos de responsabilidad que no permitan abusos en la información, ni lucren con la ignorancia de la gente.

Las compañías de seguridad digital y los gobiernos tienen parte de responsabilidad, pero otro tanto recae en nuestra capacidad como consumidores de información para identificar las fuentes que consumimos como confiables o no. Propagar rumores o alentar discursos de odio no solamente es irresponsable: hoy en día, es una amenaza patente contra la democracia y el ecosistema digital que una vez imaginamos libre y abierto.

 

* Imagen principal: The Walrus