Ampliar nuestra perspectiva y alcanzar una vida plena a través del conocimiento deberían ser los objetivos de toda educación del futuro. No obstante, esta posibilidad se disuelve en los actuales sistemas educativos, que oscilan entre lo obsoleto, la información poco reflexiva y las malas estrategias de difusión de la información.

Sin embargo, habitamos una época de epistemologías digitales: la producción de conocimiento y los procesos formativos ya no pueden ser ajenos al mundo tecnológico, y de hecho, pueden enriquecerse con él.

Mark Zuckerberg lo sabe; por eso está experimentando con su tecnología en las aulas.

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Zuckerberg ha estado trabajando los últimos años en el campo educativo. La finalidad de sus proyectos en este sentido es que su tecnología sea usada en las mismas aulas donde se ha implementado recientemente el sistema de “enseñanza personalizada”.

Este sistema fue creado en Estados Unidos por la organización de gestión Summit, fundada en 2003, y recoge mucho de otros sistemas y experiencias, como el sistema Montessori. El objetivo de Summit es poner la educación en las manos de los estudiantes. Por eso, en la actualidad Summit cuenta con una amplia red de escuelas públicas que se han vuelto la tendencia en educación en Estados Unidos, gracias al éxito de su sistema pedagógico.

Desde 2014, más de 300 escuelas han adoptado el modelo Summit

La fundación filantrópica de Zuckerberg y su esposa, Priscilla Chan, ha donado millones de dólares a Summit. Pero ahora se devela el verdadero interés detrás de dichas donaciones, que al parecer eran más bien inversiones. Y es que Zuckerberg esperó a que el sistema Summit cosechara sus primeros éxitos para comenzar a interceder de lleno en el “mercado” educativo.

Desde hace 4 años, Zuckerberg, Chan y el equipo de Summit empezaron a diseñar la plataforma  Summit Learning Platform. La intención es que dicha plataforma sea usada a través de dispositivos como laptops de Google y otras herramientas para facilitar los procesos de enseñanza personalizada en escuelas públicas.

Pero cabe preguntarse: ¿es mera filantropía, o existe un interés detrás?

Este año, Donald Trump anunció los recortes de más del 10% en educación por parte de su gobierno, lo que promueve –por necesidad– la inversión privada en este rubro. O en otras palabras, la inversión de Facebook y otras empresas de Silicon Valley. 

Zuckerberg y Chan tienen como objetivo que la mayoría de las 25 mil escuelas de Estados Unidos cuenten con la tecnología de Facebook en un plazo de 10 años. Suena como un negocio redondo. Pero eso no es lo preocupante: desde que Zuckerberg y su esposa comenzaron a interceder en el modelo de Summit, los educadores del proyecto se han sentido cada vez más desencantados al respecto, y ahora también los profesores y padres de familia.

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Los puntos en contra del programa educativo de Facebook

El programa Summit Learning Platform se puso en marcha este año en algunas escuelas de Connecticut que ya estaban inscritas al modelo Summit. A través de donaciones iniciales de laptops y otros dispositivos, los estudiantes y profesores experimentaron por primera vez una experiencia educativa 100% digital.

No obstante, en algunas escuelas los profesores, padres y estudiantes se han resistido a que avance la implementación del programa: muchos niños odiaron las pruebas piloto, y sólo algunos estudiantes sobresalientes pudieron aprovecharlo, ya que la mayoría no están acostumbrados a ser más autónomos en las aulas. Para los padres y maestros esto se debe no sólo a un mal rendimiento de la plataforma, sino a que Silicon Valley no está tan preocupado por la educación como por abrir un nuevo nicho de negocios.

La plataforma, como lo constató el sitio Intelligencer, tiene grandes fallas y contenidos inapropiados o de poca confianza: sus fuentes son cualquier link, y las webs a las que los niños pueden acceder están repletas de anuncios.

¿Qué tan pertinente es que las mentes detrás de las redes sociales modelen la educación?

Se supone que la tecnología de Zuckerberg ayudará a solventar muchos de los problemas actuales al interior de las aulas. Y es que en la plataforma los estudiantes pueden definir objetivos, guardar asignaturas, ensayos, pruebas y tener un control de su avance, así como feedback de sus maestros. Esto permite agilizar lecturas y pruebas, lo que permite a los maestros dedicar mayor tiempo para cada alumno.

Pero además de las fallas técnicas de la plataforma, los padres y maestros están preocupados por otra cuestión: la deshumanización a la que nos hace proclives la tecnología.

No existe un ser en la Tierra que no haya sido testigo (o víctima) del lado “feo” de la tecnología. Todos sabemos que las redes sociales pueden aislarnos, distraernos y deprimirnos. Entonces, ¿qué tanto la tecnología, viniendo de Facebook, puede contribuir a la educación del futuro? Si todo comienza a depender más de una pantalla que del contacto humano, ¿a dónde llegará realmente la sociedad?

Antes de experimentar con los niños y pretender reinventar la educación por completo, la sociedad tendría que reflexionar en torno a la educación y las expectativas respecto a ésta. ¿Cuáles son las necesidades del aprendizaje actual? ¿Cómo se puede mejorar la educación? ¿Con qué herramientas?

Y sobre todo: ¿Cómo se puede dar una mayor cobertura a todos los sectores de la sociedad?

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Cabe mencionar que muchos estudios han comprobado que las lecturas digitales y los apuntes en laptops podrían estar siendo contraproducentes para los procesos formativos, haciendo más difícil que los estudiantes retengan la información.

Entonces, ¿será buena idea dejar la educación de las generaciones futuras en manos de pantallas y gadgets? Creemos que no. Mucho menos, si los encargados de dicha implementación son los empresarios de Silicon Valley. Porque una educación del futuro no sólo debe basarse en el uso de la tecnología, sino constar de sistemas integrales, orgánicos, donde se instruya también el espíritu.

Necesitamos escuelas donde, como ya sucede en la India, la felicidad sea parte de los planes de estudio, y donde se infunda una conciencia ecológica en los niños, entre muchos otros objetivos que la tecnología, por sí sola, no promoverá.