La vida está basada en decisiones, cada una de ellas nos ha traído hasta donde estamos aquí y ahora. Pero la realidad es tan compleja que no siempre existe una salida a las encrucijadas que nos presenta la vida, no obstante, como humanos hemos adquirido el agotador hábito de querer mantener todo bajo control. Entonces, ¿qué hacer cuando no se sabe qué hacer? Una fábula de Buda nos enseña sobre el arte de la paciencia y cómo fluir ante tales circunstancias.

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Nos hemos casado con la idea de la resolución y la productividad, esto es, si no se encuentra solución entonces la ansiedad hace su aparición y hace de las suyas en el laberinto de la mente. Pero en la vida no todo es un algoritmo perfecto con resolutiva, existen ocasiones donde lo más inteligente es simplemente asumir que no hay nada que hacer.

fábula Buda

Una fábula de Buda nos habla justamente de esto y nos enseña que cuando se sabe qué hacer, lo mejor es no hacer nada y asumir con paciencia lo que venga.

“Buda y sus discípulos emprendieron un viaje por diversos territorios y ciudades. Un día en que el sol brillaba con todo su esplendor, vieron a lo lejos un lago y se detuvieron, asediados por la sed. Al llegar, Buda se dirigió a su discípulo más joven e impaciente y le dijo:

– Tengo sed. ¿Puedes traerme un poco de agua de ese lago?

El discípulo fue hasta el lago, pero cuando llegó, un carro de bueyes comenzaba a atravesarlo y el agua, poco a poco, se volvía turbia. Ante esto, el discípulo pensó: «No puedo darle al maestro esta agua fangosa para beber», por lo que regresó y le dijo a Buda:

– El agua está muy fangosa. No creo que podamos beberla.

Pasado un tiempo, Buda volvió a pedir al discípulo que fuera hasta el lago y le trajera un poco de agua para beber. El discípulo así lo hizo. Sin embargo, el lago todavía estaba revuelto y el agua perturbada. Regresó y con un tono concluyente dijo a Buda:

– El agua de ese lago no se puede beber, será mejor que caminemos hasta el pueblo para que sus habitantes nos den de beber.

Buda no le respondió, pero tampoco realizó ningún movimiento. Permaneció allí. Al cabo de un tiempo, le pidió al mismo discípulo que regresara al lago y le trajera agua. Este, como no quería desafiar a su maestro, fue hasta el lago; iba furioso, pues no comprendía por qué tenía que volver, si el agua estaba fangosa y no podía beberse.

Al llegar, observó que el lago había cambiado su apariencia: tenía buen aspecto, lucía calmo y cristalino. Recogió un poco de agua y se la llevó a Buda, quien antes de beberla la miró y le dijo a su discípulo:

– ¿Qué has hecho para limpiar el agua?

El discípulo no entendía la pregunta. Él no había hecho nada, era evidente. Entonces, Buda lo miró y le explicó:

– Esperaste y la dejaste ser. De esta manera, el lodo se asentó por sí mismo y ahora tienes agua limpia. ¡Tu mente también es así! Cuando se perturba, sólo tienes que dejarla estar. Dale un poco de tiempo. No seas impaciente. Todo lo contrario: ¡sé paciente! Tu mente encontrará el equilibrio por sí misma. No tienes que hacer ningún esfuerzo para calmarla. Todo pasará si no te aferras”.

La paciencia es una virtud esencial para aceptar que no hay nada qué hacer, aferrárse sólo empeorará la situación. Dejarse fluir es lo más inteligente que podemos hacer, tal como nos enseña esta gran fábula de Buda.