El futuro no es un lugar a donde llegamos, sino un lugar que, en el mapa del tiempo, se desvanece y se aleja a medida que nos aproximamos y lo habitamos. Cuando oímos hablar del futuro es inevitable relacionarlo con todo tipo de avances tecnológicos; si bien la proliferación de gadgets y aparatos electrónicos que hemos vivido desde los años 80 del siglo pasado nos ha dado un mundo aparentemente hiperconectado, la tecnología de este siglo tendrá que ver con el uso que hacemos de toda esa información, más que con la invención de nuevos tipos de pantallas.

Un ejemplo de esto es el Internet de las Cosas y el Internet de Todo. La idea es que si el Internet como lo conocemos es una red para compartir información entre millones de usuarios alrededor del mundo, el Internet de las Cosas será la conexión autónoma entre dispositivos, lo que se traducirá en nuevas formas de entender y experimentar la realidad.

Pero mayor cantidad de información no significa necesariamente que como especie, ni como sociedad, sabremos darle un mejor uso. Si entendemos la tecnología como un conjunto de saberes y técnicas para mejorar la vida, el verdadero desarrollo tecnológico no puede desvincularse de la invención de nuevas y mejores formas de habitar nuestro planeta. Más información y más dispositivos no significan necesariamente una mejor vida, pero tal vez puedan acercarnos a ella.

 

Un futuro sin conductores

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Toby Harvard

Un ejemplo de esto es el uso que haremos de los vehículos autónomos, tanto aéreos como terrestres. Los drones fueron desarrollados para extender el rango de reconocimiento militar en zonas de conflicto, así como para bombardear con mayor eficacia objetivos predeterminados remotamente. Pero los drones también pueden servir para recopilar información sobre desastres naturales: en el 2017, la información recolectada por flotillas de drones fue fundamental para coordinar operaciones de rescate en zonas afectadas por incendios y huracanes.

Durante los trabajos de rescate de los sismos del 19 de septiembre del 2017, que afectaron distintas zonas del país y de la Ciudad de México, surgieron iniciativas como la de Santiago Arau y Diego Rabasa para documentar no solamente los daños materiales, sino también la solidaridad de las personas. Desde los primeros minutos posteriores al fatídico evento, Arau recorrió las calles de la capital en bicicleta, a la vez que sobrevolaba con su dron los lugares más golpeados por la emergencia.

El Departamento de Transportes de Estados Unidos anunció este año que 1 millón de drones han sido registrados en la Administración Federal de Aviación, y que para el 2020 se espera que el número aumente a 7 millones.

Los vehículos autónomos también cambiarán la forma en que nos movemos por las ciudades: las calles serán también la interfaz de millones de redes invisibles, que cartografiarán en tiempo real la posición y trayectoria de los peatones y los vehículos.

La idea de un conductor humano probablemente será obsoleta para mediados de este siglo.

Según la compañía Intel, se prevé que la economía de los vehículos autónomos alcance los 7 millones de millones de dólares para el 2050. Esto no sólo tendrá implicaciones en cuanto al empleo (¿pues qué pasará con los miles, si no es que millones de trabajos que se perderán en el sector de transportes?), sino que la forma en la que vivimos el espacio público cambiará drásticamente.

Tecnología como la de Velodyne, que utiliza el sistema LiDAR para mapear en 3D las inmediaciones de los vehículos, utiliza millones de haces de rayos láser simultáneamente y consigue hasta 9.6 millones de puntos de información por segundo.

Propuestas como el Manual de calles: diseño vial para ciudades mexicanas de la Secretaría de Desarrollo Agrario, Territorial y Urbano (SEDATU), son avances por parte del gobierno para reconocer el derecho al espacio público, a la seguridad en los trayectos, y a la mejora de la calidad de vida y experiencia urbana. Sin embargo, aunque el diseño urbano de las próximas décadas tome en cuenta la importancia de los vehículos autónomos (y la creciente necesidad de espacio de almacenamiento para éstos, que resulta en la creación de estacionamientos que restan cada vez más espacio urbano), la posibilidad de vivir la ciudad más allá de los vehículos también se modificará debido a los dispositivos portátiles o wearables para peatones y ciclistas.

 

Visibilidad portátil

Un ejemplo de esto son las gafas de realidad aumentada como Everysight Raptor, que usan un sistema de proyección de display OLED que proporciona a los ciclistas información de navegación y ritmo cardíaco y recibe comandos de voz. Como en cualquier mercado, las gafas de realidad aumentada se desarrollan a gran velocidad y actualmente hay una gran variedad de presentaciones y precios, desde los ODG, cuyo modelo R-7HL supera los $3,000 dólares, hasta Vue, de $200 dólares. La oferta de especificaciones es tan variada como su costo: giroscopios, cámaras, resistencia al agua, audífonos integrados, la posibilidad de capturar imágenes o video, o de interactuar con otros dispositivos mediante diversas redes.

A decir del portal Singularity Hub, los sensores de los teléfonos inteligentes se duplican cada 4 años, lo cual significa que para el 2027 tendremos 160 sensores en cada dispositivo móvil. Éstos producen cantidades vertiginosas de información sobre el usuario, la cual puede ser utilizada para encontrar la mejor ruta hacia unas vacaciones soñadas, o para vigilarlo en todo momento.

Si a eso le sumamos las flotillas de satélites que sobrevuelan el planeta en todo momento (hace 1 año eran casi 1,800, aunque su número aumentará cada año y su tamaño se reducirá), la privacidad será cosa del pasado, estemos o no conectados a dispositivos inteligentes.

La pregunta de base es: ¿qué vamos a hacer con este arsenal de información generada a cada momento para mejorar nuestro mundo y nuestras condiciones de vida, así como las de nuestros semejantes? ¿Seremos capaces de desarrollar este alucinante ecosistema digital de la mano de la protección del medioambiente y los recursos naturales? En el fondo, ¿seremos prótesis de las máquinas, o las máquinas servirán –como lo han hecho desde la Edad de Piedra—para facilitarnos el trabajo e incluso liberarnos de él?

 

* Imagen principal: Toby Harvard