Estimula tu creatividad aprendiendo a cocinar

Cocinar satisface el apetito y los sentidos, y también abre nuevos caminos para tu creatividad.

Una de las características más sorprendentes del cerebro humano es la plasticidad neuronal, la capacidad de crear nuevas conexiones por la vía del aprendizaje. Siempre que aprendemos algo nuevo, nuestro cerebro crea nuevas rutas para poder llevar a la práctica dicho conocimiento. De ahí la importancia de mantener nuestra mente estimulada, expuesta a otras realidades que lleven la vastedad del mundo a nuestro microcosmos personal.

Podemos leer, memorizar algunos poemas, aprender a tocar un instrumento musical o a bailar, sincronizar nuestro cuerpo con nuestro pensamiento, salir a caminar y, en general, intentar esas actividades que despiertan los sentidos y nos muestran un territorio hasta entonces ignorado, un territorio que exploramos y después volvemos parte de nuestra cartografía, de los recursos con los cuales nos acercamos al mundo; en una palabra, de la creatividad con la que vivimos.

En este sentido, un ámbito quizá inesperado que mantiene en forma dicha creatividad es la cocina, conocimiento y práctica tan cotidianos que quizá por eso mismo pueden considerarse menos valiosos de lo que son.

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El empresario Faisal Hoque publicó en el sitio de Business Insider un testimonio a propósito de la relación que experimentó entre aprender a cocinar y una súbita potencialización de su inventiva. La necesidad inicial que viene con la independencia de la familia se convirtió con el tiempo en un gusto adquirido, fomentado por la curiosidad cultural de mirar la gastronomía como un crisol donde se funden herencias, apropiaciones y modificaciones, reservando un margen para el toque personal, la experimentación, la búsqueda de un modesto sello original.

Por otro lado, la cocina también tiene a su favor su condición social. Históricamente ha sido una práctica que convoca y con la cual se comparte, el alimento en sí y todo aquello que encuentra a su alrededor: la comida reúne y fortalece.

En su artículo, Hoque refiere un antiguo texto escrito en el siglo XIII por el maestro Eihei Dogen, Tenzo Kyōkun o Instrucciones para el tenzo. En el budismo zen, el “tenzo” es el jefe de la cocina en un monasterio y, dado que el zen es la vida en sí, cocinar también es una forma de volverlo presente. “¿Cómo hubiera podido saber que estas actividades son en sí la práctica de la Vía?”, comenta Dogen cuando refiere que pasó un momento observando al cocinero realizando sus labores.

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La referencia de Hoque no es casual. Después de todo, la “atención presente” en la que se fundamenta el zen es también uno de los principios básicos de la cocina. ¿O no es frecuente que un aprendiz de cocinero se corte los dedos porque estaba distraído mientras cortaba las verduras? En este sentido, cocinar nos sitúa en nuestro presente, el presente de los requisitos, el presente de lo ya completado, el presente de lo que hacemos en este momento y también el presente que está ya a la vuelta del segundero, ese presente cuya infinitud se condensa en la olla que hierve y la boca que prueba.

Otras dos cualidades de la cocina son, como mencionamos antes, la experimentación y, eventualmente, el dominio. Como en otras disciplinas artísticas, quien cocina se enfrenta a una vasta tradición de procedimientos establecidos, normas, tiempos y más. Pero si el aprendiz es un poco atrevido, si en un instante de lucidez decide dejar el recetario e ir por cuenta propia, comienza entonces a abrir nuevas vetas en su cerebro. Tal vez se equivoqué, es cierto. Tal vez la combinación de ingredientes no resulte tan apetitosa como creía, pero el solo hecho de intentarlo ya ha sido provechoso para sí mismo. “Como en la música o la poesía, cocinar requiere de entender conexiones y armonías”, dice Hoque.

Por otro lado, en cuanto al dominio, éste se consigue con el tiempo, el esfuerzo, pero sobre todo el amor. Cuando amamos lo que hacemos, naturalmente nos volvemos mejores, una conclusión defendida también por Alan Watts. Nos volvemos mejores y, recíprocamente, también mejoramos aquello que tanta satisfacción nos provee. 

Así que, si te faltaban argumentos, ahora ya tienes algunos. Aprende a cocinar, cocina, comparte y, de paso, mira cómo tu creatividad se expande a nuevos horizontes.



Aprende a hornear con las recetas de Emily Dickinson

Este Año Nuevo, hornea deliciosos pasteles siguiendo las recetas de la gran poeta norteamericana.

Los repentinos brotes de inspiración mientras realizamos tareas cotidianas no son raros, especialmente cuando se trata de cocinar. Esto le constaba a la legendaria poeta Emily Dickinson: su hábito de escribir poemas al reverso de las recetas que ella misma confeccionaba revela el inquietante lazo entre la gastronomía y la creación.

emily dickinson receta cocinar
Esta receta de pastel de coco incluye un poema al reverso

Dickinson dedicó su vida casi por completo a la poesía. De hecho, sus últimos años los pasó enclaustrada en un trance creativo que derivó en más de 1,800 poemas. Lo que no todos saben es que su creatividad trascendió el mundo de las letras.

Además de ser una de las mejores poetas del siglo XIX, se distinguió por ser una magnífica repostera. De hecho, es probable que muchos de sus mejores versos hayan surgido en la cocina: este espacio hogareño era un sitio de paz e inspiración para ella.

Hoy conservamos manuscritos que son fruto de la herencia de la familia Dickinson. En ellos se describen instrucciones para preparar alimentos tan variados como pastel de coco, pan de elote y pastelillos de arroz. 

El acto de cocinar no es una actividad  banal. El cuidadoso proceso de la repostería estimula la creatividad y centra la atención en el presente, cuya contemplación atenta tiende a derivar en las mejores obras de arte.

Alguna vez, Dickinson dijo: “Nunca estropearía un sueño perfecto manchando su aura, mas bien ajustaría mi rutina diaria para poder volver a soñar”. Queda claro que para ella los goces de la rutina no eran un impedimento, sino un catalizador. 

¿Qué tal si cierras el año cocinando como Emily Dickinson? Quizá te surja uno que otro verso. Muchas de sus recetas no tienen más instrucciones que los ingredientes, pero esto es un gran incentivo para experimentar. Aquí traducimos un par:

Pastel de coco:

1 taza de coco
2 tazas de harina
1 taza de azúcar
1/2 taza de mantequilla
1/2 taza de leche
2 huevos
1/2 cucharadita de bicarbonato de sodio
1 cucharada de cremor tártaro

LitHub

 

Pastelillos de arroz:

1 taza de arroz molido (hoy en día es más sencillo usar harina de arroz)
1 taza de azúcar glass
2 huevos
1/2 taza de mantequilla
1 cucharada de leche mezclada con un poco de bicarbonato
Algo para dar sabor (Dickinson no entra en detalles, pero puedes añadir vainilla, canela o nuez moscada)

 

* Imagen destacada: LitHub