¿Por qué es vital ser espontáneos hoy día?

La espontaneidad puede ser un escape en una realidad controlada. Ser espontáneos es tener una hoja de ruta improvisada (y una herramienta para invocar la creatividad y el amor).

Contemplar lo espontáneo no como anárquico caos sino como un momento de elevada creación parece imposible. Son tiempos de uniformidad mecanicista y reiterada obsesión por el control.

Pero en un sentido filosófico extraído del pensamiento oriental, nada existe sin su opuesto, y siempre deben convivir las dualidades. La espontaneidad es el duplo del orden: un elemento que está presente también en la naturaleza, a cuyos ciclos de inusitada perfección se unen momentos coyunturales, no previstos, que forman parte definitiva de la vida en su más amplio sentido.

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Arte: Mario Hugo

Y sin duda es esto lo que hace exquisita a la existencia: el elemento sorpresa, aquello impredecible que asombra por no haber sido planeado ni imaginado previamente. En síntesis: la espontaneidad que deviene la libertad del ser. Porque orden sin chispazos de espontaneidad sería tiranía.

Por supuesto, la espontaneidad es más que un rasgo de la personalidad (no basta decir en nuestros perfiles digitales que somos “espontáneos”). Y no debería ser una mercancía de lujo o una app en nuestro celular. El orden, la disciplina y los planes son parte de lo que ultimadamente hace brillar a la espontaneidad, a la cual no se le puede delegar la conducción total de la vida, pero que sin duda es su fermento.

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Arte: Mario Hugo

Erich Fromm reflexionó lúcidamente sobre la espontaneidad en su clásico libro Escape from Freedom, de 1941. Para este psicólogo, la espontaneidad es parte de una libertad positiva, que se contrapone a la libertad negativa, consistente en huir de la libertad por encontrarla aterradora. Ser espontáneo es para Fromm tener una personalidad integral, que abraza a la libertad como un proceso contradictorio pero vital. En ese sentido, la espontaneidad es un rasgo de los creadores:

Sabemos de individuos que son o han sido espontáneos, cuyo pensamiento, sentimiento y actuación es la expresión de ellos mismos y no un autómata. Estos individuos son los que solemos conocer como artistas.

La espontaneidad como parte de la personalidad se desenvuelve también en los niños, de manera natural, mezclada con curiosidad e intuición. Todos estos son sentidos que nos permiten explorar el mundo de otras maneras, menos constreñidas y muchas veces más resueltas. El amor también es uno de estos sentimientos: una afirmación que nace muchas veces de la casualidad:

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Arte: Mario Hugo

El amor es el componente por excelencia de dicha espontaneidad; no el amor como la disolución del ser en otra persona, no el amor como posesión del otro, sino el amor como espontánea afirmación de los otros, de la unión de lo individual en lo otro en la base de la preservación del propio individuo.

Las dosis de espontaneidad son necesarias, como una hoja de ruta vital para el viajero intuitivo, en busca de lo desconocido, de la perplejidad y del amor imprevisto. Pero la espontaneidad no puede ser planeada ni descargada al celular en forma de app ni, mucho menos, buscada como si fuese un objeto material que podemos aprehender.

Estimular la espontaneidad debe ser un proceso, precisamente, espontáneo. Meticulosamente espontaneo, como dijera Oscar Wilde, porque es un arte.



La belleza de lo efímero: masivos grabados en la arena que sólo duran hasta la próxima ola

Estos intrincados diseños parecieran ser hechos para la eternidad, y sin embargo motivan una reflexión sobre la importancia del instante.

La arena es un tesoro natural que desde que somos pequeños nos encandila, desatando en nosotros una creatividad sin límites y unas ganas irrefrenables por descubrir el mundo a través del juego. Así, cuando un niño hace un castillo de arena, lo último que le importa es cuánto tiempo va a durar; se encuentra enganchado en el proceso, disfrutando el tiempo presente y la oportunidad de jugar.

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Quizá es por eso que a Marc Treanor la vida lo acabó por llevar a realizar una original forma de arte: masivos grabados en la arena. Porque él buscaba algo de sentido en la vida, y lo encontró realizando obras de arte que sólo duran hasta la próxima ola. En una entrevista para The Outdoor Adventure, Treanor sintetizó estas reflexiones:

El propósito de los grabados en la arena es sólo ser por el tiempo que tienen… como todo.

Existe en su obra una especie de conciencia melancólica sobre la naturaleza transitoria de todo. Pero en lugar de frustración, esa impermanencia genera una suerte de paz y de quietud –quizá un legado de su iluminación a partir de la filosofía hindú. Sus grabados son una poética y gráfica manera de expresar la importancia del aquí y el ahora.

Además, los grabados en la arena son una forma como este artista ha conseguido conectarse con la naturaleza. Para la realización de cada círculo, Treanor tiene que acoplarse a las condiciones de cada playa: a los ritmos y movimientos de ese peculiar lienzo.

Desde el comienzo de este viaje decidí inconscientemente que estas obras debían coexistir con el paisaje en lugar de dominarlo.

Su arte no se disocia de la naturaleza, pero tampoco del espectador: al contrario. Treanor ha hecho grabados en la arena en forma de laberintos, los cuales invitan a los espectadores a recorrerlos. También ha realizado grabados para recibir el equinoccio de primavera, así como pedidos especiales para honrar a personas fallecidas. Incluso deja a los transeúntes colaborar con él en el proceso de hacer los masivos círculos.

De esta forma, su trabajo invita a reflexionar sobre muchos temas. Pero sin duda todos convergen en una sola cuestión primordial: vivir el aquí y el ahora. Porque como dijo J.D. McClatchy, “el amor es la calidad de la atención que le ponemos a las cosas”.

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Alan Watts y la filosofía zen: sobre cómo vivir con naturalidad los tiempos modernos

Intenta soltar las riendas un poco: navegar la existencia siendo espontáneos e impredecibles es mucho más agradable…

Si algo distingue a la filosofía zen es que tiene como base a la naturaleza, entendida como principio y final de la vida, pero también como un medio de la existencia individual y colectiva. Captar la esencia de la naturaleza es captar sus flujos, los cuales pueden estar preestablecidos o ser casi por completo espontáneos y totalmente impredecibles.

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No obstante, en estos tiempos casi siempre nos dejamos dominar por uno de los dos polos, ya sea lo preestablecido o lo espontáneo. Jamás aprendemos, o jamás nos enseñan, a navegar la existencia con las dosis justas de espontaneidad y cordura. De hecho, en tiempos como los nuestros (donde los juicios sociales están más presentes que nunca gracias a Internet), retomar la naturaleza del ser –la sencillez, la naturalidad– es un franco acto de rebeldía. Y también, de originalidad.

Por eso, recordar lo que Alan Watts –el genial filósofo de la simplicidad– nos tiene que decir sobre la importancia de la espontaneidad es importante hoy en día. En su libro The Way of Zen, Watts escribe:

En algunas naturalezas, el conflicto entre la convención social y la espontaneidad reprimida es tan violento que se manifiesta en crimen, locura y neurosis, que son los precios que pagamos por los, de otra forma, indudables beneficios del orden.

Hay un conflicto, y quizá eso sea lo más importante a considerar para, luego, buscar ser espontáneos sin caer en el extremo de abandonar toda convención establecida. Ya que antes de liberar nuestra espontaneidad, debemos saber qué es exactamente esta gran fuerza inherente a la naturaleza:

La espontaneidad no es bajo ninguna circunstancia un ciego y desordenado deseo, ni un mero capricho de poder.

Ser espontáneo tampoco es para Watts un reflejo meramente automático, sino una suerte de equilibrio elemental y vital. La espontaneidad es una disrupción natural de los flujos, lo que en los seres humanos –o en los practicantes del zazen– será la única vía para liberar al pensamiento de ataduras y desbloquearlo. Porque nuestro pensamiento también es espontáneo e incontrolable, pero a veces no queremos dejarlo fluir.

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En una lectura titulada Why Can’t You Be Spontaneous?, Watts parte de la práctica de la esgrima para ejemplificar la espontaneidad en el pensamiento, vista como liberación.

El arte de la esgrima, nos dice, no consiste en saber lo que hará el otro, sino en estar listo para recibir lo que sea. Ningún combatiente puede concentrarse en cómo responderá al ataque enemigo, pues ello lo bloqueará terriblemente; debe más bien improvisar, ayudándose de su técnica, pero no confiándole todo a ésta.

Más aún: cualquier espadachín debe poder defenderse con lo que tenga a mano, sea una espada, un palo o una pluma. Ser espontáneo es sobrevivir, sin que la supervivencia sea el eje rector que conduce nuestras acciones.

Eso no significa renunciar a la técnica o al raciocinio, sino vivir en dos niveles: el de lo determinado, por un lado, y el de la espontaneidad inherente a la naturaleza, por el otro. Para Watts esto significa poder “controlar el accidente”:

Esa es la lección más difícil de la vida: poder efectuar lo que es llamado por mis amigos artistas japoneses un “accidente controlado”.

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Controlar un accidente es sin duda una paradoja, de lo cual está repleta la filosofía zen, como lo está la propia naturaleza, dual y llena de mediaciones. Por eso, Watts nos alienta a aprender a equilibrar la espontaneidad en nosotros y a usarla con inteligencia, tanto emocional como racionalmente:

La idea no es reducir la mente humana a una vacuidad, sino tomar en cuenta su innata y espontánea inteligencia, usándola sin forzarla.

Sin duda, ser espontáneo es sobrevivir mientras jugamos. Una simple lección que nos puede llevar toda una vida aprender.

 

* Pinturas: Martin Beaupre