¿Un futuro compartido? Diluyendo la propiedad privada en favor de la colectividad

La mayor tendencia urbana es que las viviendas serán cada vez más pequeñas; esto podría conducirnos a compartir incluso bienes de uso cotidiano.

Milenariamente, las personas han poseído bienes individuales. Los antiguos cazadores, por ejemplo, acordaban compartir la tierra, pero cada uno tenía sus propios bienes –flechas, lanzas, etc.–. Siglos después, durante la Edad Media, los bienes personales también correspondían a la propiedad individual, premisa que eventualmente también se aplicó a las extensiones terrestres.

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Aparentemente, la historia está cambiando. Según un análisis del sitio Big Think, la tendencia urbana de encogimiento de los espacios habitacionales provocará que cada vez sea más común que los individuos compartan bienes que históricamente han sido privados, tales como bicicletas, autos y mascotas. Incluso surgirán negocios ‘comunitarios’ alrededor de este fenómeno: si yo, debido a la carencia de espacio en mi casa no puedo tener una lavadora, podría rentar la del vecino.

Otro efecto derivado de la tendencia de construcción de espacios habitacionales cada vez más pequeños será el aumento en el uso de áreas comunes. La falta de espacios de recreación en casa para nuestros hijos provocará que los parques, por ejemplo, sean cada vez más concurridos –el espacio público cada vez será más compartido y valorado–.

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Actualmente, poseer una vivienda propia o un pedazo de tierra dentro de un contexto urbano es algo poco probable para la mayoría de la población. En cambio, todos tenemos pertenencias que tradicionalmente han sido de uso personal, pero que pronto podrían convertirse en bienes de capital (aquellos que pueden generar ganancias). Por otro lado, está dinámica requiere de una mayor interacción entre las personas que comparten un mismo entorno citadino, lo cual fortalecerá el sentido de comunidad y cooperación. 

 

* Fotografía: Northern Friend



Los volcanes de Bali están conectados (a pesar de las millas de distancia)

A pesar de la astronómica distancia, estos volcanes están conectados y han logrado dinamitar juntos, por ejemplo, con la erupción masiva de 1963.

El azoro que la cercanía de un volcán puede despertar es sorprendente pero, ¿y si te enteraras que, a pesar de las millas, los volcanes pueden estar conectados bajo tierra? Algo así como un acto poético de la tierra por mantener unido lo que es evidente y debe estar junto…

En Bali, el Agung y el Monte Batur se encuentran a 11 millas (18 km) de distancia, pero su separación es sólo aparente. Unas fotografías de satélite han revelado que debajo de su imponente aspecto yace una compleja estructura que los mantiene unidos. Así es: hay un vínculo entre ambos que trasciende la distancia.

¿Qué une a estos dos gigantes? Al parecer, se trata de un lazo de fuego. Expertos de la Universidad de Bristol teorizan que el magma contenido en ellos no se mueve sólo hacia arriba, sino que viaja también en sentido horizontal. Esta unión interna provoca reacciones vinculadas más allá de la localización. El Agung puede hacer que el Monte Batur “despierte” y viceversa.

Esta unión explicaría por qué el Agung lanzó súbitas humaredas en el 2017 después de años de dormitar. También es la razón detrás de uno de los eventos más trágicos del siglo pasado. En 1963, el Agung explotó en una erupción masiva que arrasó con todo a su paso. Pocos momentos después del incidente, el Monte Batur también entró en erupción. El infortunado incidente sirvió para avivar la curiosidad de los geólogos. Ahora, se piensa que la conexión de estos volcanes puede servir para predecir erupciones futuras.

El motivo detrás de este vínculo que supera la distancia sigue investigándose. Lo que es cierto es que prueba que los vínculos en la naturaleza no necesariamente se rigen por las reglas espaciales que conocemos. Además de las posibilidades de prevención que ofrece este hallazgo, la idea de pensar en un mundo interconectado más allá del espacio-tiempo es fascinante. 



En Siberia cae nieve negra (y es tan bella como perturbadora)

¿A qué se debe este oscuro fenómeno?

Ver el negro –la ausencia de todos los colores, que sin embargo es percibida– siempre nos confronta. Entre las muchas sensaciones de las que nos provee observar el negro, sin duda una de ellas entraña un goce estético, ya que la oscuridad encierra una belleza pura, y por eso se le puede ver sacralizada en el arte.

En la naturaleza también tenemos muchos ejemplos de encantadora oscuridad. Algunos son azares genéticos, que proveen de pelaje negro a animales como el leopardo. Pero, ¿puede haber azares naturales que hagan de lo más blanco, lo más negro?

Parece que sí, como pudo observarse en Siberia, donde cayó una extraña nieve negra:

Algunas fotos de este extraño fenómeno son poesía pura. Pero, ¿qué ocasiono esta nieve negra en Siberia?

Lamentablemente se trata de un evento no precisamente natural. Al parecer, la nieve originalmente blanca se contaminó debido a los residuos que arroja a la atmósfera la actividad minera en la región de Kemerovo, que es el centro minero más importante de Rusia y donde se encuentran la mayoría de las minas de carbón.

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Así que la nieve negra de Siberia –un fenómeno que también fue visto en 2018 en Kazakhstan– es más bien una muestra más de la irresponsabilidad de las industrias que tanto han contaminado –y siguen contaminando– el medio ambiente.

Afortunadamente, la nieve negra es tan bella como perturbadora, y eso obligará al gobierno ruso y a sus industrias a tomar acción contra esta contaminación, haciendo caso al llamado de diversas organizaciones ambientalistas en este país que ya se han pronunciado contra la minería y sus consecuencias para la naturaleza.