¿Y si hoy practicas la empatía?

La empatía es algo que puedes cultivar incluso con la más minúscula de las acciones. Aquí algunas ideas.

La evolución humana no puede entenderse sin el factor clave de la empatía. Preocuparnos por otros y cuidarlos es lo que nos ha hecho definitivamente humanos. Somos más que sólo inteligencia, y nuestra humanidad depende de mucho más que el mero raciocinio y el frío cálculo.

Ser capaces de ponernos en los zapatos del otro es, hoy, una práctica más necesaria que nunca.

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Evitar nuestra involución depende de ello. Sobre todo, porque nuestra sociedad se ha vuelto terriblemente indiferente y apática: en ella, el egocentrismo se ha arraigado en los sujetos, y la competencia encarnizada se ha vuelto la forma por excelencia de sobrevivir al mundo.

La empatía debe ser una herramienta emocional y primigenia para combatir actitudes que, lamentablemente, están permeando cada vez más nuestras relaciones. Distintas circunstancias políticas y sociales han destapado últimamente interacciones de odio entre los usuarios de redes sociales. Ya no son sólo los haters, esa tribu digital que se aprovecha del anonimato y la protección que brinda Internet. Se trata de un nuevo y desafortunado fenómeno cuyos porqués son difíciles de comprender, pero que tienen que ver con lo difícil que se ha vuelto existir en este planeta.

Un primer acto de empatía colectiva es reconocer, precisamente, que todos estamos pasando por una situación difícil. Sabemos que tenemos en ciernes una catástrofe global, que el fascismo está de vuelta y que la depresión se está volviendo epidémica. Con estos panoramas nacionales e internacionales, no es sorpresa que nuestras actitudes se vuelvan cada vez más cerradas e intolerantes, y que nuestras reacciones sean de discriminación o racismo.

Pero muchos aún no nos rendimos: seguimos practicando la empatía y reconectándonos con los otros, lo más que podemos bajo las circunstancias actuales. Ello no significa que nos hemos vuelto vulnerables o débiles, ni mucho menos implica una falta de amor propio. Al contrario, es una forma de amarnos a nosotros mismos.

Practicar la empatía es reconocernos en el otro, es decir: amarnos, amar y ser amados.

Es posible reconectar con la empatía. Nuestro cerebro está hecho para corregir las actitudes en exceso egoístas, haciendo fluir la empatía como un mecanismo de preservación. Por eso, y según la ciencia, es importante que no busquemos en exceso la complacencia o el confort: necesitamos vivir situaciones difíciles para estimular la empatía en el cerebro.

Por eso, te mostramos algunas ideas para practicar la empatía ya:

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Son microacciones que puedes hacer diariamente para saber cómo se siente el otro: para desbloquear tu empatía y volverla un hábito.

 

Camina en los zapatos del otro

Pregúntale a la gente que conoces qué se siente ser ellos. Así de simple. Verás que aprenderás más en unos minutos que en horas de clase.

 

Salte de tu ambiente cotidiano

Si no sales de tu burbuja no podrás conocer otras situaciones ni, por ende, generar empatía por lo que ocurre en ambientes distintos al tuyo. Prueba conocer comunidades alejadas de donde vives, que tengan completamente otra forma de vida. Hazlo con todo el respeto que una acción así merece –y así, también estarás desarrollando tu gratitud–.

 

Desenvuelve tu curiosidad

No des nada por hecho. Investiga, pregunta, corrobora, y desarrolla una genuina curiosidad por todo lo que no conozcas.

 

Conoce a tus (verdaderos) enemigos

No pienses que los demás te están atacando todo el tiempo. Parte de desarrollar empatía es comprender una mala actitud de un compañero de trabajo, de tu pareja o amigos. No se supone que permitas cualquier actitud sumisamente, sino que la empatía te permita distinguir los porqués de ciertas actitudes.

 

Aprende a debatir 

Existen 7 maneras de argumentar. Todas involucran escuchar al otro. Pero las mejores son en las que no sólo se contradice o se descalifica, sino que se contraargumenta y se refuta. Esto quiere decir que no sólo se quiere “ganarle” al otro, sino que se es capaz incluso de tomar parte de sus argumentos.

 

Ponte del otro lado

Habrá ocasiones en que incluso puedas ponerte completamente del lado del otro. ¿Por qué no? Normalmente no lo hacemos por falta de empatía, y porque vemos al otro como un potencial enemigo. Pero inténtalo: ponte del otro lado en tu mente, reflexiona, y quizá descubras que ese lado es mejor.

 

* Imágenes: Philipp Igumnov



Una “ciencia de las multitudes” podría ayudar en momentos de pánico colectivo

Y podría llevarnos a entender mejor la convivencia entre seres humanos y crear entornos más empáticos.

Seguramente has estado inmerso en uno de aquellos transes colectivos que te arrastran, inevitablemente, a estar en una sintonía compartida. Según la neurología, las multitudes pueden tener impactos sobre la psique individual: por ejemplo, la experiencia cotidiana de asistir a conciertos puede aumentar la vida de una persona, en parte porque se trata de un evento compartido. 

Pero siguiendo esta línea, ¿te imaginas qué puede ocasionar estar en una multitud con pánico? Quizá ya lo has experimentado. Definitivamente no es nada grato que el miedo fluya en una multitud, porque esto hace entrar a cada individuo en un estado de conciencia alterada, dificultando que actúe de manera más serena. Esto puede ser bastante peligroso.

Por eso la neurología, junto con otras ciencias, también ha estudiado seriamente estos comportamientos, creando una excéntrica –pero sin duda útil– ciencia de las multitudes.

 

¿Por qué y para qué una ciencia de las multitudes?

Ulrike Biets

Según escribió el físico Sidney Perkowitz para la revista Aeon:

Cuando la gente se reúne en una multitud, las conexiones físicas y emocionales definen sus movimientos, su estado psíquico y su voluntad. Entender a las multitudes puede ayudarnos a gestionar el pánico causado por un ataque terrorista.

De acuerdo con este experto, una ciencia de las multitudes es vital para manejar todo tipo de emergencias, en especial cuando la densidad de personas se vuelve un factor de riesgo. Y es que una multitud atemorizada puede ocasionar mayores tragedias durante una emergencia. Más aún: puede ser la tragedia en sí misma, como ocurre en las estampidas que se desatan cada tanto en los sistemas de transporte de la India o durante los festejos religiosos en este país.

Por eso, Perkowitz y otros científicos han estado trabajando en una multidisciplinaria ciencia de las multitudes, misma que estudiará las personalidad individuales y los comportamientos de distintos tipos de masas. Y es que también existen las multitudes que, después del pánico, se solidarizan, como ha pasado en México tras los sismos que han azotado su ciudad capital. Y eso también es un tema de interés para la ciencia.

Los estudios para la ciencia de las multitudes incluyen el uso de
análisis cuantitativos, estadísticas físicas, ciencias de la computación y teorías de sistemas complejos.

Perkowitz comenta lo siguiente:

Un concepto relevante de la teoría de la complejidad es el de “emergencia”, que ocurre cuando las interacciones entre entidades producen un comportamiento grupal que no pudo haber sido predicho. Por ejemplo, moléculas de H2O que se mueven al azar en agua líquida y que de pronto son llevadas a los cero grados para convertirlas en hielo.

Ya en un estudio de la Universidad de Portsmouth se pudieron determinar las emociones individuales en una multitud. Para ello se usó energía cinética –la que mide el movimiento en física–, para así medir cuando una multitud ha entrado en un estado de conciencia alterada. Y es que cada individuo aumenta su nivel de energía cinética durante los ajetreos colectivos.

Esto, junto con otras mediciones, estudios y observaciones, podría llevar a que la ciencia de las multitudes ayude a prever emergencias o a controlarlas mejor, haciendo que la gente reaccione con orden para así salvar más vidas.

Aunque como bien concluye Perkowitz: a toda la data dura debe sumarse la perspectiva de la psicología y las ciencias sociales, para saber qué significa realmente lo que hacemos, individual y colectivamente, y cómo esto influye en nuestra evolución social.



La vergüenza tiene una sorprendente (y humillante) función social

La vergüenza que sentimos frente a la devaluación social asegura la cohesión y unidad del grupo (pero también impide la innovación).

¿Has soñado que estás de pie frente a toda tu escuela sin ropa? ¿Has hecho algo que te ha provocado vergüenza? Según un nuevo estudio realizado en 15 sociedades distintas del planeta, esa incómoda sensación de deshonra y humillación podría ser un rasgo importante para mantener la cohesión social.

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Anna Dunn

Daniel Sznycer y un equipo de investigadores de la Universidad de Montreal, en Canadá, analizaron las concepciones de la culpa y la vergüenza de 899 participantes de 15 sociedades distintas, del Ecuador a Siberia. Aplicaron un cuestionario de 12 situaciones hipotéticas sobre cuánta vergüenza sentirían por otra persona de su mismo género si éstos fueran flojos, feos o cometieran actos ilegales, como robar.

Los participantes también debían evaluar estas situaciones hipotéticas en una escala de 4 puntos, según qué tan devaluada socialmente estaría una persona que incurriera en ellos. Como grupo de control, los investigadores le preguntaron a otro grupo de participantes de cada comunidad cómo se evaluarían a sí mismos si incurrieran en dichas situaciones hipotéticas.

Los científicos encontraron una conexión importante entre el nivel de vergüenza que despertaron los comportamientos hipotéticos y el grado de devaluación social con que se penalizaría a quienes incurrieran en ellos. Para efectos del estudio, esto tiene la implicación de una “selección natural” al interior de una sociedad.

Y no se trata solamente de una sociedad, sino de un rasgo compartido. En el artículo sobre la investigación puede leerse: 

El hecho de que el mismo patrón se encuentre en comunidades tan mutuamente remotas, sugiere que la coincidencia de la vergüenza con la devaluación pública es un rasgo inherente producido por la selección [natural], y no un producto del contacto cultural o de evolución cultural convergente.

Esto quiere decir que la vergüenza es, de alguna manera, necesaria para mantener la cohesión e identidad del grupo; una forma en la que los individuos son señalados por incurrir en prácticas que pongan en peligro la identidad del grupo, y en muchas ocasiones, también un motivo de expulsión del mismo.

Como mecanismo para la toma de decisiones, la vergüenza busca prevenir nuestra expulsión del grupo al advertirnos del sentimiento de devaluación que podemos experimentar al romper una regla, así como llevarnos a actuar de acuerdo a los intereses de largo plazo del grupo.

Habría que pensar, sin embargo, que en la era actual en la que vivimos, la culpa y la vergüenza también funcionan como mecanismos de control al interior de cada individuo. Y después de todo, ¿los grandes inventores y artistas no han tenido que remontar la vergüenza y padecer la “letra escarlata” de la humillación con el fin de innovar?

 

* Ilustración principal: ©Eleanor Davis