Cuidar del otro nos hace más humanos

Esto pudo haber desarrollado tanto nuestro cerebro como nuestro corazón, dos elementos vitales de la evolución.

Mucho nos preguntamos sobre por qué nuestro cerebro se desarrolló como lo hizo, pues la evolución de la inteligencia –humana y animal– sigue sin ser plenamente entendida. Y es que muchos factores podrían estar relacionados con esto, entre ellos, hábitos que es difícil discernir si pertenecen a la inteligencia racional o, quizá, a una especie de inteligencia emocional que seguramente comenzó a darse desde épocas tempranas.

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Pero según parece, la evolución de la inteligencia está ligada al cuidado de los miembros enfermos de la comunidad.

Muchos animales sociales se cuidan entre sí: los canes, los primates, los felinos y los caballos lamen las heridas de los miembros de su clan, algo que realmente ayuda a curarlas más rápido y evita infecciones, pues la saliva tiene enzimas que ayudan a matar bacterias y estimulan el crecimiento de las células. Así, lamer es una forma primigenia de medicina natural, como la que luego usarían nuestros ancestros utilizando plantas y flores –y que hoy sigue siendo fundamental–.

 

Entonces, ¿por qué cuidarnos entre nosotros nos hizo humanos?

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Existen rasgos humanos que se desarrollaron más a partir del cuidado de miembros enfermos de la comunidad, específicamente de aquellos que contraían una infección altamente contagiosa. Según la bióloga Sharon Kessler, esto tiene mucho que ver con la evolución de nuestra inteligencia.

Y es que fueron nuestros antepasados quienes desarrollaron más mecanismos para hacer notoria su enfermedad, a través de síntomas físicos como los cambios de coloración en el rostro o las erupciones en la piel que provoca la fiebre. Esta “somatización” habría comenzado a ocurrir a partir del desarrollo de la inteligencia, pero también la habría estimulado, pues implicaba una capacidad de reconocer esos cambios por parte de los cuidadores.

Además, aunque poco se sabe sobre qué cuidados le brindaban nuestros antepasados más lejanos a los miembros de su comunidad, de acuerdo con Kessler, algunos huesos parecen proporcionar cierta evidencia al respecto. Pero la evolución de estos cuidados nómadas muestra también cambios en el tiempo, pues empezó a haber menos muertes o transmisiones de enfermedades producto de un mejor cuidado, teniendo en cuenta que las comunidades crecían y se conectaban cada vez más entre sí. 

Esto quiere decir que la humanidad evolucionó a partir del cuidado como estrategia para controlar enfermedades.

No obstante, Kessler parte de otra cuestión para llegar a sus conclusiones: que la inteligencia se hereda vía materna; aunque esto no puede ser así, ya que los rasgos no están ligados a un solo gen –y menos la inteligencia–. El hecho de que las madres procuraran un mayor cuidado a sus hijos y los amamantasen no sería un factor involucrado en la evolución de la inteligencia, por lo menos no desde el lado biológico. En cambio, desde el lado de la adaptación a los factores externos la hipótesis sí es factible, pues ser un “enfermero” permite desarrollar inteligencia específica.

Todo esto permite pensar también que la evolución de la humanidad tiene mucho que ver con la inteligencia emocional, pues en el cuidado de otros estaría involucrada la empatía –el giro supramarginal– y el desarrollo de otras zonas del cerebro ligadas tanto a la inteligencia racional como a las emociones.

Lo que nos hizo humanos fue sobrepasar la mera supervivencia y comenzar a entender a los otros para poder curarlos.

Esto, como apunta Kessler, facilitó el desarrollo de sociedades más complejas, incluso antes de la aparición de la agricultura. Así que cuidar de los otros no sólo es una forma de reconectar con la empatía, sino también de promover la evolución tanto de la inteligencia racional como de la emocional.

Así que la próxima vez quizá no lo pienses tanto para ir a cuidar del otro.

 

* Fotografía: Laura Makabresku



No todo está perdido: sobrevivir a un trauma te vuelve más empático (nuevo reporte)

El trauma es doloroso, pero diversos estudios de psicología afirman que es una oportunidad para crecer.

El trauma psicológico puede ser devastador. Un accidente, la muerte de alguien querido o el abuso son ejemplos de experiencias que pueden paralizar la psique durante años. Por fortuna, no todo es oscuridad: la mente humana tiene una asombrosa capacidad para regenerarse y sanar. Un grupo de psicólogos de la Universidad de Cambridge lo confirmó en un estudio reciente.

Resulta que el dicho “lo que no te mata, te hace más fuerte” no es sólo una fórmula repetida hasta el cansancio, sino un hecho comprobado.

La investigación encontró que los niños sobrevivientes al trauma se convierten en adultos más empáticos con el paso de los años. Parece ser que enfrentarse al dolor a una temprana edad termina por sensibilizarlos ante el dolor del otro. En consecuencia, estas personas son más capaces de comprender las complejas emociones que permean toda relación humana. Los lazos que forman con otros en su adultez están colmados de empatía.

Esta valiosa cualidad pareciera ser difícil de medir, pero en psicología es posible hacerlo gracias a cuestionarios especializados. Los psicólogos de Cambridge aplicaron dos cuestionarios distintos a varios adultos que vivieron experiencias traumáticas para determinar sus niveles de empatía. Uno de estos cuestionarios mide la empatía afectiva, que es la habilidad para reaccionar ante las emociones de otros de forma adecuada. El segundo se encarga de la empatía cognitiva y cuantifica la habilidad para comprender los sentimientos del otro.

Los sobrevivientes al trauma demostraron gran habilidad en ambos tipos de empatía, pero fue la empatía cognitiva la que marcó la diferencia. Quienes vivieron experiencias difíciles fueron más capaces de ponerse en los zapatos de sus congéneres y de entender a profundidad sus estados mentales. En comparación, aquellos que no se enfrentaron a un trauma tuvieron una calificación promedio.

De manera sorprendente, se encontró que la empatía y el trauma eran elementos correlacionados. Así, entre más severa había sido la experiencia dolorosa, más grande era la empatía del sobreviviente. ¿Por qué sucede esto? Es posible que se relacione con la gran capacidad de resiliencia que tiene la mente humana.

El trauma severo en la infancia es algo que nadie debiera experimentar, pero cuando ocurre, hay salidas más allá de lo negativo. En otros estudios se ha comprobado que las adversidades contribuyen al desarrollo de rasgos que nos unen a los demás en vez de aislarnos. Ante el dolor, la mente se vuelve más atenta a las emociones propias y al ambiente externo. En otras palabras, la mente se conecta con algo que va más allá del dolor mismo para trascenderlo.

Mucho de lo que se ha dicho acerca del trauma se enfoca en sus consecuencias negativas, pero este hallazgo muestra que existen mejores perspectivas para tratarlo. La mente tiene la resiliencia para sobreponerse incluso a las situaciones más oscuras, y eso es algo que debe quedar siempre claro. Incluso ante un gran dolor, no todo está perdido.

 

* Imagen: Brandon Moreno 



Sé amable y verás cuán poco importa lo demás

Nada más que un simple recordatorio.

La amabilidad es una forma de afirmar nuestra humanidad. Claro que, sin amabilidad, todo sigue avanzando: el mundo sigue girando. Pero, sin amabilidad, no quedaría nada de lo más importante, de lo que nos hace lo que somos.

Basta imaginarnos perdidos en una cordillera infinita o cualquier sitio desolado. Lo único que pensaríamos en un momento así es: ¿quién podrá ayudarme? Aunque nosotros fuésemos de los que nunca tiende una mano a otro, ya sea en momentos cruciales o en los más mundanos –como ayudar en una tarea o a encontrar una dirección–, aun así estaríamos esperando desesperadamente a aquel que pueda ayudarnos.

Pero el ser humano ha sobrepasado el ámbito de la necesidad que le hace ser –o hacer– algo sólo por supervivencia. Adquirimos actitudes y realizamos acciones movidos, a veces, por la sutileza y la sencillez de lo que implica ser un humano. Incluso lo hacemos movidos por un simple deseo: ayudar a otro. Es como hacer arte: nadie sabe por qué lo hacemos, pero lo hacemos.

No obstante, es cierto… la amabilidad no siempre estuvo ahí. Nació, quizá, como un instinto de supervivencia comunitaria. Pero ahora es un lenguaje. Y como tal, es una cualidad humana que nos ha hecho evolucionar colectivamente. La compasión moldeó nuestro cerebro y nuestro corazón, haciéndonos adquirir dotes que nos hacen lo que somos.

Es por eso que no debemos dejar de ser capaces de hablar el lenguaje de la amabilidad.

Sin importar cuán difícil se ha tornado existir en este planeta, cuánto odio emanan nuestros gobernantes y cuánto odio se reproduce en los canales de comunicación digital, no podemos dejar de ser amables. Porque fomentar el apoyo mutuo y la solidaridad, practicar la empatía, es nuestro valor y nuestro futuro. Como dicen el psicoanalista Adam Phillips y la historiadora Barbara Taylor, autores del libro On Kindness:

La amabilidad siempre es peligrosa porque se basa en la susceptibilidad a los demás, la capacidad de identificarse con sus placeres y sufrimientos. Ponerse en los zapatos de otra persona, como dice el dicho, puede ser muy incómodo. Pero si los placeres de la bondad, como todos los placeres humanos más grandes, son inherentemente peligrosos, también son algunos de los más satisfactorios que poseemos.
¿Que siempre habrá quien no sea amable? Claro. Y de hecho, está bien, porque lo último que queremos es un mundo homogéneo donde se supriman las diferencias. Pero todo el que no sea amable sólo estará potenciando la amabilidad ajena: funcionará como la reacción que impulsa una acción. Así, incluso el que no es amable cumple una función social.

Sin embargo, para quien prefiera sumarse a un modo de vida que cuesta más sustentar pero que está repleto de goces y privilegios emocionales, ser amable es lo único que tiene que hacer. Cuando somos amables, vemos cuán poco importa lo demás. Nuestros problemas –o aquello que consideramos problemas, pero que en realidad son experiencias– se diluyen. Dejamos de orbitar en nosotros mismos y nos asomamos a los vacíos de otros para tenderles una mano. Y, curiosamente, así es como más aprendemos de nosotros mismos y, finalmente, aprendemos a amarnos.

 

* Ilustración: Nicole Xu para NPR