Cualquiera que se jacte de ser amante de la poesía debe alguna vez en su vida haber escuchado algún poema de Emily Dickinson, poeta emblemática que se ha ganado el reconocimiento entre los clásicos. Pero, una artista con semejantes habilidades para poner en palabras la belleza de la realidad, no pudo haber experimentado una vida cotidiana. Por el contrario, la diferencia resaltaba como una de las cualidades más destellantes en la personalidad de la poeta. Tanto que, siglos antes cuando los roles de género castigaban como verdugos a la otredad, ella rompió con esquemas y a menudo reasignó sus pronombres para referirse a sí misma como un puente columpiante entre lo femenino y lo masculino. Pero quizá el aspecto más relevante de Emily Dickinson, sea su capacidad tan apasionada de amar, misma que se deja entrever en las poéticas cartas que relatan el intenso amor entre ella y Susan Gilbert.

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Un amor geométrico 

Cuatro meses antes de su vigésimo cumpleaños, Emily Dickinson (10 de diciembre de 1830 – 15 de mayo de 1886) conoció a la mujer que sería su musa durante el resto de sus días, su “única mujer en el mundo”. Susan Gilbert se había establecido en Amherst, para estar cerca de su hermana tras graduarse de la Academia Femenina de Utica. Una de las pocas instituciones con rigor académico disponible para mujeres en aquel entonces.

Susan se coló en la vida de Emily en el verano de 1850, hecho que más tarde sería descrito por la poeta como la época en que “comenzó el amor por primera vez, en el escalón de la puerta principal y debajo de los árboles de hoja perenne”. Pero Emily no fue la única persona hechizada con el encanto de Susan, Austin Dickinson y hermano de la poeta, también quedó cautivado por su temprana erudición. Pero esto no impidió que Emily y Susan desarrollaran una apasionada amistad.

Las cartas de Emily Dickinson a ‘Susie’

Durante los próximos diecisiete meses un remolino de emociones se apoderó de Emily, que logró formar un íntimo vínculo con Susan. Las dos jóvenes pasaron largas horas juntas, dando paseos por el bosque y su amistad perduraría a lo largo de todas sus vidas. “Somos los únicos poetas”, dijo Emily a Susan, “y todos los demás son prosa”.

A principios de 1852, la poeta había caído en la espirar sin salida del enamoramiento más allá de las palabras. Y se lanzó con una línea hacia su amiga:

“Ven conmigo esta mañana a la iglesia dentro de nuestros corazones, donde las campanas siempre suenan y el predicador cuyo nombre es Amor, ¡intercederá por nosotras!”.

Pero como en todo estrecho vínculo, las desavenencias llegaron sin aviso previo cuando Susan aceptó un puesto de diez meses como profesora de matemáticas en Baltimore. Dickinson estaba devastada con semejante separación, pero esta fue la ocasión perfecta para declarar el amor a Susan a través de sus cartas, que más tarde se volverían emblemáticas por la apasionada poesía contenida en ellas.

…menos de ira y más de tristeza

En una carta de comienzos de primavera de 1852 y tras trascurrir ocho meses desde la separación, Emily escribió una carta reveladora de su conflicto interior:

¿Serás amable conmigo, Susie? Me siento traviesa y enfadada esta mañana, y aquí nadie me ama; ni siquiera tú me amarías si me vieras fruncir el ceño y oyeras lo fuerte que se golpea la puerta cada vez que paso. Y, sin embargo, no es ira, no creo que lo sea, porque cuando nadie ve, me limpio las lágrimas grandes con la esquina de mi delantal y luego sigo trabajando. Lágrimas amargas, Susie, tan calientes que me queman las mejillas, y casi me incendian los ojos, pero has llorado mucho, y sabes que son menos de ira y más de tristeza.

Tu preciosa carta, Susie, está aquí ahora, y sonríe tan amablemente hacia mí. Y me da tan dulces pensamientos sobre su querida autora. Cuando vuelvas a casa, cariño, no recibiré tus cartas, ¿de acuerdo? Pero te tendré a ti, que es más… ¡Oh, más y mejor de lo que puedo pensar! Me siento aquí con mi pequeño látigo, rompiendo el tiempo, hasta que no queda una hora, ¡entonces estás aquí! Y la alegría está aquí, ¡alegría ahora y para siempre!

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Una revolución poética contra la heteronormatividad 

Meses más tarde y al expectante regreso de Susan a casa, Emily vivió una montaña rusa de emociones. Con su amor tan intenso e intrincado, debatiéndose entre el dolor de la separación, el regocijo del reencuentro y la incertidumbre. A días del regreso de su íntima, Emily Dickinson dejó plasmado en sus cartas: 

“Susie, ¿de verdad volverás a casa el próximo sábado y volverás a ser mía y me besarás como solías hacerlo? Te espero tanto, y me siento tan ansiosa por ti, siento que no puedo esperar. La expectativa de volver a ver tu cara me hace sentir caliente y febril, y mi corazón late tan rápido. Me voy a dormir por la noche, y lo primero que sé es que estoy sentada allí, despierta y abrazada apretando las manos y pensando en el próximo sábado. Vaya, Susie, me parece que mi Amante ausente llegaría a casa tan pronto, y mi corazón debe estar muy ocupado preparándose para él”.

Dickinson reasignaría frecuentemente y deliberadamente pronombres de género, tanto para ella como para sus seres amados. A lo largo de su vida, a menudo firmaba sus cartas refiriéndose a sí misma como él: niño, príncipe, conde o duque desafiando la cruda heteronormatividad impuesta en aquel entonces.

Pero la historia de amor entre Emily y Susan se entreteje entre figuras geométricas, donde la base del triángulo la comparten Emily y Austin Dickinson. Susan terminó casándose con el hermano de la poeta y aunque en repetidas ocasiones este ocultó la correspondencia de su hermana, las cartas entre ellas continuaron. En ellas se revela la historia poco común del amor entre dos mujeres que exploraron a fondo los esplendores y las tristezas de su vínculo. Gracias a la cual, Dickinson transformó sus más grandes anhelos en una revolución creativa que transformaría la poesía para siempre.