El clásico de Disney, Dumbo (1941), está basado en un cuento infantil escrito por Helen Aberson en 1939. A raíz de la versión live action realizada por el afamado director Tim Burton, la verdadera historia del elefante de carne y hueso en que se basa nos da una visión más real y descarnada de cuánto hemos avanzado en cuanto a los derechos de los animales. 

Según el documental de la BBC Attenborough and the Giant Elephant (2017), la historia comienza en Abisinia (hoy Etiopía, en África) en 1862, cuando unos cazadores capturaron un pequeño elefante de 2 años y medio, luego de matar a su madre. Le pusieron por nombre “Jumbo”, que en suajili significa “hola”.

La travesía de Jumbo lo llevó a París, y pocos años después a Londres, donde abundaban los elefantes asiáticos pero los africanos eran toda una rareza. Sin embargo, Jumbo estaba muy enfermo y se pensó que no viviría mucho. Esto fue hasta que entró a su vida Matthew Scott, una figura difícil de juzgar.

Scott cuidó a Jumbo a lo largo de ese tiempo, e incluso durmió en su jaula durante meses, lo que produjo un vínculo importante entre el cuidador y el elefante. Debido a su naturaleza social, el elefante creó un apego con Scott, que se hizo indispensable tanto para Jumbo como para los dueños del zoológico.

Londres amaba a Jumbo, “el elefante amable”: los niños paseaban sobre su lomo y la gente le regalaba pasteles y le daban monedas a Scott para acercarse al paquidermo. Sin embargo, el comportamiento de Jumbo cambió durante su adolescencia: destrozaba la bodega donde lo mantenían cautivo, y Scott no encontró otra solución para tranquilizarlo que darle a beber whisky.

Durante la siguiente década, Scott y Jumbo se hicieron celebridades, mientras el buen cuidador exigía más y más dinero al saberse indispensable para que el espectáculo siguiera en pie. Scott mantuvo en secreto la ingesta de whisky del animal, lo que aunado a los pasteles debió de haber dañado seriamente su dentadura y su sistema digestivo, según investigaciones forenses posteriores.

 

Jumbo viaja a América

Los dueños del zoológico de Londres decidieron vender a Jumbo al empresario estadounidense P. T. Barnum, creador de los freak shows ambulantes modernos, antes de que su errático comportamiento provocara una tragedia mayor. Jumbo fue recibido con gran júbilo en Estados Unidos, y fue utilizado junto a otros 20 ejemplares para mostrar la “solidez” del recién inaugurado puente de Brooklyn, en Nueva York.

Pero el estatus de celebridad de Jumbo era aún más sólido, y las constantes giras en tren, de ciudad en ciudad, le permitieron estar en contacto con otros elefantes, lo que mejoró su comportamiento y tal vez le permitió pasar algunos años felices.

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Barnum pagó el equivalente a 200,000 euros actuales por llevar a Jumbo a Estados Unidos

La historia llega a su fin un día de 1885, cuando el circo ambulante de Barnum llegó a Saint Thomas, en Canadá. La historia que contó el empresario fue que una noche, cuando se preparaban para meter a los animales en sus jaulas, un pequeño elefante llamado Tom Thumb paseaba por las vías del tren, sin notar que una locomotora se dirigía a toda velocidad hacia él. Se dice que Jumbo protegió con su cuerpo al bebé y murió en el acto.

Sin embargo, las historias verdaderas no eran el fuerte de Barnum. Según el documental de Attenborough, el empresario inventó esa historia para seguir lucrando con Jumbo luego de su muerte. En realidad, el elefante sí fue alcanzado por una locomotora mientras los demás animales subían a otro tren, pero el tinte heroico en realidad sería la última de una serie de mentiras y engaños que ocultaban el triste trato que recibían los animales del circo de Barnum.

Probablemente, también los constantes paseos sobre su espalda dañaron sus articulaciones. De acuerdo con los investigadores, el esqueleto del elefante al morir parecía el de un ejemplar mucho más anciano, y en realidad tenía 24 años, mientras que la esperanza de vida de un elefante africano en libertad puede rozar los 70 años.

Barnum había pagado por Jumbo el equivalente a 200,000 euros actuales, así que estaba decidido a exprimir su inversión, incluso después de que el animal murió. Vendió su esqueleto e hizo que un grupo de taxidermistas preservaran su cuerpo. Éstos encontraron una última sorpresa en el estómago: 300 monedas que Jumbo había aspirado a través de la trompa.

Hoy en día, la palabra “jumbo” es sinónimo de algo gigantesco, en gran parte gracias a la gigantesca visión (y falta de ética) de los cuidadores de animales. Helen Aberson cambió el nombre del elefante a “Dumbo” para darle un efecto más atractivo para los niños (dumb quiere decir “tonto”), pero pocos saben que la historia comenzó un día triste en que un pequeño elefante fue separado de su madre y llevado a la “civilización” occidental.

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Hoy en día, las leyes son mucho más severas con los circos y zoológicos que en la época de Jumbo

Por fortuna, los derechos de los animales cobran paulatinamente mayor fuerza en todas las legislaciones del mundo. Los circos con animales, así como los zoológicos, enfrentan una crisis desde hace años debido a los esfuerzos de los ambientalistas y protectores de animales, que han creado conciencia sobre la dura vida de los animales en cautiverio. No obstante, la historia de Dumbo, el elefante volador, sigue siendo un clásico indiscutible del cine, que seguramente dará mucho más de qué hablar.