Estamos en diversas encrucijadas ambientales que amenazan la vida en la Tierra. El más grave de nuestros problemas es quizá nuestra dependencia a los combustibles fósiles, que está agudizando el cambio climático. Otra cuestión es la paradójica desigualdad alimentaria, la cual también tiene impactos ecológicos. Y es que mientras unos mueren de hambre, otros desperdician masivas cantidades de comida, lo que implica también un gran desperdicio de agua e incluso de bosques.

Afortunadamente, la ciencia no está siendo indiferente. Y menos en México.

La científica mexicana Elvia Inés García Peña y un equipo de investigadores del Instituto Politécnico Nacional lograron recientemente transformar la materia orgánica en múltiples productos. Procesando los desechos orgánicos con biorreactores, pudieron obtener subproductos adicionales al biocombustible, como pigmentos ecológicos y plásticos orgánicos.

 

¿Cómo funciona esta tecnología?

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Según García Peña, esta tecnología se basa en un proceso de “fermentación oscura” que permite transformar los residuos sólidos orgánicos en metano, hidrógeno y ácidos grasos de cadena corta. Dichos ácidos son utilizados, a su vez, para generar más productos, gracias a que algunos de los microorganismos derivados de los desechos orgánicos son fotosintéticos. Esto significa que, al ser expuestos a la luz, los desechos se transforman en productos con otra composición química.

El proceso fotosíntetico hace que este material genere coloración.

Así es como, de los desechos, pueden producirse incluso colores: una auténtica alquimia contemporánea.

A partir de este recurso también pueden crearse  bioplásticos, lo que también nos podría ayudar a salir de una tercera encrucijada: nuestra dependencia al plástico.

Pero hay más: de acuerdo con García Peña, estos productos se pueden utilizar para hacer prótesis, con la ventaja de que, al ser de origen microbiano, pueden adaptarse mejor al cuerpo humano –a la vez que el cuerpo humano se puede adaptar mejor a ellos–.

Con este tipo de avances no cabe duda de que evolucionamos hacia paradigmas mucho más sustentables y resilientes. Y que somos la mayoría –incluidos los científicos– quienes estamos buscando vivir en un mundo en mayor equilibrio.