Existe una epidemia de tristeza en el mundo. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), para el 2020 la depresión será la segunda causa de discapacidad en el mundo, y la primera en México y países similares.

No cabe duda de que tal cosa es un síntoma de nuestros tiempos. Pero, ¿qué es lo que está llevando a tal abismo a la psique individual y colectiva?

No es casual que la depresión como trastorno crezca a la par que aumentan la desigualdad y la falta de oportunidades en el mundo –por eso los jóvenes son un sector tan vulnerable a la depresión y a la ansiedad–. Si a ello sumamos la miserabilidad en la que nos sumerge la vida urbana, los gadgetscuyo influjo dañino sobre el cerebro está comprobado– y los estilos de vida nocivos que nos alejan de la actividad física y de la buena alimentación, es predecible que estemos sumidos en la tristeza.

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El problema es que para muchos la tristeza, una conducta típica en el ser humano, se está volviendo recurrente al punto de la insoportabilidad. Es eso lo que se ha dado en llamar depresión, un trastorno que ha sido vapuleado por décadas y sobre el cual pesan muchos prejuicios, pero que hoy es toda una epidemia.

Se ha comprobado que la depresión es como otras enfermedades: existe incluso una predisposición genética a la misma.

En una investigación que tomó 10 años, y que fue recientemente publicada en la revista Nature, se compararon diversas investigaciones realizadas a más de 130 mil pacientes con trastorno depresivo mayor (TDM) y más de 340 mil controles.

Se encontraron 55 genes depresivos: 30 que no se conocían antes.

Gerome Breen, investigador del Departamento de Genética Social y Pisiqiatría del Desarrollo en el King’s College, coautor del estudio, dijo a Newsweek:

Hay tantos componentes genéticos que es imposible no tener algunos de ellos. La pregunta es, entonces, cuántos tienes.

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Así que la depresión es un trastorno del cerebro, y no sólo una tristeza emocional pasajera. Pero este malestar psíquico es también influenciado por factores sociales, y al parecer son éstos los que han ocasionado que la depresión, como enfermedad, se esté volviendo una epidemia. Esto podría tener un impacto a largo plazo en los genes de las generaciones futuras.

Por ello, cabe preguntarnos: ¿será posible que, en adelante, nazcan seres humanos con una tendencia mayor a la depresión? En lo que sabemos la respuesta, debemos intentar frenar esta epidemia depresiva que en México es la primera causa de deterioro de la calidad de vida de las mujeres, y la novena para los hombres.

Además, no sólo nos hace miserables: la depresión hace perder a quien la padece un promedio de 2.7 días de trabajo, lo que la convierte en una enfermedad discapacitante.

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Ante esto, debemos ser conscientes de que curar la depresión no depende de fármacos. Depende, esencialmente, de que nos despojemos de prejuicios sobre esta condición, de que no ocultemos nuestro estado psíquico y emocional y de que pidamos ayuda a tiempo.

Una vez hecho eso, lo siguiente es elaborar tratamientos alternativos y multidimensionales, que incluyan la autoexploración de la conciencia y la indagación de nuestro pasado –y de nuestro presente– para saber qué elementos externos están afectándonos psíquica y emocionalmente, así como la realización de prácticas que nos ayudan a entrar en equilibrio, como el yoga y la meditación.

Porque está visto que liberarnos de la depresión es una responsabilidad individual, pero ahora también lo es para con la psique colectiva.

 

* Con información de Newsweek

 

* Imágenes: 1) Joseph Studios; 2) The Killers