Todos los días, una vez al día, date un regalo.

No lo planees, no lo esperes, solo deja que ocurra.

-Dale Cooper

 

Cada día durante 7 años David Lynch visitó Bob’s Big Boy, un restaurante de comida rápida donde pedía un lunch y varias tazas de café. Mientras comía, Lynch garabateaba en las servilletas del restaurante cientos de ideas para sus películas, y exactamente a las 2:30 de la tarde pedía una malteada de chocolate.

Cada elemento de esta rutina era importante para poder constituir una especie de excéntrico ritual: desde ir al lugar, hasta ordenar la comida y ponerle azúcar al café.

Pero aquello que daba sentido a todo lo demás era la malteada de las 2:30. A esa hora, como explica Lynch en una entrevista, el líquido base de la malteada dejaba de ser revuelto por las aspas del dispensador y comenzaba condensarse.

A las 2:30 la textura de la malteada aún estaba fresca, y tenías la oportunidad de que fuera genial.

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La estimulación que Lynch conseguía practicando este ritual no residía en que fuese perfecto, sino al contrario: eran las múltiples posibilidades que se desdoblaban del azar lo que motivaba al cineasta a seguir yendo a Bob’s Big Boy y ordenar esa malteada.

Según Lynch, sólo probó tres malteadas perfectas de las más de 2,500 que tomó. Pero lo que importaba no era una perfección permanente –que las malteadas siempre fueran magníficas–, sino esos instantes de excelencia que esperaba poder conseguir y que potenciaban su inspiración.

Porque quizá nada es tan estimulante para la mente como un ritual cotidiano. Sumirse en un mismo ritmo tiene un encanto particular, y por eso los ritos están relacionados a practicas antiguas con un alto valor religioso y simbólico.

Lo que se busca a partir de la práctica ritual es entrar en contacto con otras entidades, consagrar la muerte o hallar el equilibrio interno. Pero David Lynch ha reinventado los rituales y los ha hecho a su manera, buscando su propio objetivo, que ha sido quizá el de crear historias densas y llenas de elementos nunca vistos en el cine.

Y aunque no es buena idea basar un ritual en la ingesta de malteadas (el propio Lynch descubrió posteriormente que sus queridas malteadas eran muy malsanas), podemos encontrar nuestro propio ritual, tal como él lo hizo, en el lugar menos esperado.