Siempre lo hemos habitado y aun si lo ignoramos, nos define. El cuerpo es la intersección de lo individual y lo colectivo, la prueba de nuestra animalidad, nuestra humanidad. Punto de partida (y de llegada) de toda percepción y experiencia. Es donde han germinado nuestras construcciones sociales y políticas, donde yacen desigualdades, conflictos y alegrías.

Este cuerpo que somos, y que a menudo olvidamos, es el espacio del cual no podemos escapar. Encierro, confinamiento, distanciamiento, son palabras que hemos escuchado mucho los últimos meses. Esta particular crisis sanitaria y sociopolítica, que ha permeado el mundo entero, subraya lo importante e intrincado que es el cuerpo, tanto biológico como social. Algo perpleja, como probablemente muchos de nosotros, cuestiono qué representa la sanidad y la vulnerabilidad de esta estructura que nos compone.

En mis divagaciones surge la pregunta sobre la importancia del movimiento, las emergentes políticas del tacto y cómo redefinir lo que nos mantiene vivos en tiempos de lejanía. Trato sin tregua de desenredar estos cuestionamientos sin respuesta. Aun si no he llegado a un lugar concreto, quisiera compartirles algunas reflexiones que han surgido desde mi humilde trinchera: la del trabajo con el cuerpo y la danza. Busco entender de qué manera hoy se entretejen movimiento y encierro.

Alesja Popova

 

Las enseñanzas del trabajo con el cuerpo: asumir el propio encierro

Es a través de la gravedad que actúa sobre nosotros que logramos situarnos en un espacio. Son las arrugas y las rodillas que rechinan que nos hacen percibir el pasar del tiempo. Es la capacidad de sentirse dentro de un cuerpo y notarlo, que nos permite entender que estamos donde estamos. Una de las grandes riquezas de la disciplina de la danza es la posibilidad de agudizar tu sensibilidad de situarte; relacionarte con la materia y la densidad. La danza nos acostumbra al tacto, esa cosa de la cual hoy huimos, y nos fuerza a reconocer lo que siempre roza nuestra piel: el aire, otro cuerpo, un objeto o una estructura arquitectónica.

La danza nos obliga a conocernos desde dentro y asumir nuestro encierro. Es así como logramos querer las diferentes partes de aquello que somos: lonjitas, pies de tamal, una pierna mas larga que la otra, pechos redondos, clavículas marcadas. Aceptarlo todo y aprender también a disociarlo, jugar simultáneamente a hacer girar extremidades opuestas de manera coordinada. Nos permite reconocer sensaciones físicas internas, aun si estas pueden ser desagradables, nos ofrece el mapa emocional que se esconde en hombros tensos y en espaldas contracturadas.

El constante cambio del cuerpo se hace aún más evidente al trabajar con él: se siente cuando te echaste un taquito de más o cuando preferiste dormir temprano y estirarte una mañana que normalmente hubieras dedicado a una cruda. De alguna manera, te recuerda lo valiosa que es la disciplina y te ayuda a cultivarla.

Las escasas veces que pude salir repensé lo que recientemente Gia Kourlas, crítica de danza, publicó en el New York Times. Hoy en día, explica, la población necesita utilizar la riqueza que reside en la coreografía, impregnarse de ella y aprender dónde se delimita el propio cuerpo. Evitar el contacto en espacios públicos requiere de una lectura espacial, una previsión y un diseño orgánico de flujos.

Harold Edgalton

La necesidad del movimiento y de la cercanía física que genera la danza fueron capacidades que de pronto se volvieron fuente de ansiedad. De un instante al otro, estas experiencias han casi desaparecido. Recuerdo, al inicio de la cuarentena, sentir chispas por todos lados y desesperarme al ver desfilar una imagen de mí corriendo sin parar, pero claro, era sólo una ilusión. No tuve más remedio que respirar, treparme a la azotea y hacer lo que tanto disfruto: dar vueltas y mover el esqueleto, aunque fuera en sólo 1 o 2 metros cuadrados.

Mientras la ciudad se fue silenciando, y todos fuimos buscando maneras de navegar los días y la incertidumbre, debo reconocer que tuve suerte. Un número creciente de golondrinas me venían a visitar durante mi practica de las 8 de la noche. Agradezco aquello que hago, pues me permitió en momentos lograr verme en ellas, las aves, acompañarnos en el mismo vuelo y planear más de un atardecer a su lado.

Alesja Popova

 

Covid-19: tacto como nueva geografía política

La repentina necesitad de lejanía nos ha hecho repensar espacios y lo que se requiere para interactuar. En efecto, la geografía virtual no ha hecho más que multiplicarse, filtrándose hasta los recovecos más íntimos. Por un lado, esto ha desarrollado nuestra capacidad para desplazarnos a diferentes localidades, recuerdos e imaginarios de manera simultánea. Nos ha servido como antídoto contra el vacío y la alienación.

Recientemente realice una investigación sobre este fenómeno con Gabrielle Shereer en Push a(-)void (empuja/esquiva o empuja un vacío). El proyecto nos permitió, a través de movimientos (preguntas y respuestas gestuales) y localidades diversas, tratar de reducir nuestra distancia y nuestra soledad. Este ejercicio me hizo recalcar uno de los elementos no sólo más valiosos y necesarios para el florecimiento de una comunidad, sino también uno donde la danza refuerza la solidaridad, el intercambio mutuo y el saberse parte de la colectividad.

Mientras el mundo virtual ha aliviado nuestra separación en esta época, hay que reconocer que hay algo perturbador en que se estén codificando en ceros y unos todas nuestras actividades y todos nuestros tiempos. Como ahora sabemos, esta pandemia ha visibilizado la constancia del tacto. Sin embargo, el nuevo orden impuesto busca también desmantelar ese contacto, invisibilizarlo y, aunado a ello, descomponer una cierta comunión con lo real. De alguna manera esto tiene algo aterrador, pues potencia el lucro de las grandes industrias, la robotización y la activación de nuevas formas de control.

De esta manera, el estar encarnada me ayuda a entender lo que está en juego. Veo cómo esto infringe en nuestra privacidad, no sólo de datos, sino de sensaciones. Nos priva de movernos, de dialogar y de ser tocados por otro. Pone en riesgo necesidades básicas y todo aquello que es notable de la humanidad.

Gjon Mili

 

Emancipación del cuerpo y movimientos sociales contra la violencia

Esta situación de distanciamiento social muestra que el encierro, en vez de proteger, vulnera a la mayoría de la población. Las desigualdades de género, económicas y raciales se han vuelto aún mas flagrantes en los últimos meses. Lo cual sólo es un indicio más de la prisión que puede llegar a ser un cuerpo, cuando forma parte de grupos oprimidos. En efecto, al rededor del mundo se ha reportado un alza de violencia domestica notable durante el confinamiento.

En Nueva York, la mayoría de las muertes han sido de personas pertenecientes a comunidades afroamericanas y latinas. Las poblaciones del hemisferio sur se verán altamente afectadas, pues se vive en un sistema sanitario en constante colapso y la necesidad de ganarse un salario día con día deja desprovista a la gran mayoría del mundo.

Ser negro o indígena y vivir en la pobreza, bajo la supremacía occidental, ser mujer o miembro de la comunidad LGBTQ+, en una sociedad patriarcal, subraya el urgente trabajo que aún falta por hacer contra la violencia. En general, contra toda desigualdad que se engendra sobre grupos llamados minoritarios pero que en conjunto forman una parte más de la población.

Este encierro nos muestra una vez más cómo el cuerpo es el campo de batalla. Sin embargo, eso mismo que se violenta es también el lugar de transformación y emancipación. Miles de personas que marchan, lideradas por alguien que se enfrenta a un escuadrón de policía bailando Krump, demandan con su sudor que se haga justicia por la muerte de Floyd y tantas más personas, que se desarme a la policía y que las estatuas coloniales se derrumben.

Me conmueve darme cuenta de que el cuerpo en movimiento es el eje de la lucha contra el sistema patriarcal y capitalista. En 2017, cree junto con Clara Prieur SALIR, una obra que no sólo expone la violencia que se le engendra a la mujer sino que también explora cómo la danza (el cuerpo en movimiento) y la sororidad son las herramientas que poseemos para atravesar y desmantelar un sistema de relaciones de opresión. Esta obra es la hermana pequeña de lo que propusieron Las Tesis con “un violador en tu camino”. Ese acto (mejor dicho, danza) propulsó movimientos alrededor del mundo y cambió el paradigma de muchas y muchos, desde su franqueza y su fiscalidad.

La situación actual, la magnitud de las luchas sociales que se presentan y la artesanía que me ha tocado aprender, me dan confianza y esperanza de que más allá de encierro, el cuerpo es también donde reside la libertad. Claro está que se llega a ella a través de la rebeldía y de la convicción de que no son más que sinónimos de una disciplina y escucha autoimpuestas. Un movimiento propio: la única coreografía del cambio.

 

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