Del suelo partido en mil pedazos surgió el cubo de la Trinidad. En medio de la zona de exclusión de Fukushima permanece el vidrio roto irradiado que narra la historia de una tragedia. El 11 de marzo de 2011, la ciudad de Fukushima, en Japón, fue azotada por una fuerte explosión en la central nuclear Fukushima Dai-ichi.

La instalación operada por la Tokyo Electric and Power Company contaba con seis reactores de agua en ebullición. Únicamente el reactor 1, 2 y 3 estaban en funcionamiento. Después de las olas generadas por un tsunami que impactó a Japón ese mismo día, los generadores se vieron afectados.

Una seria falla impidió que los sistemas de refrigeración funcionaran y el aumento del calor dentro de cada reactor provocó un sobrecalentamiento que terminó en la liberación de radiación. Ahora, la zona de Fukushima es un trágico recordatorio del poder de la energía.

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El cubo de la Trinidad y su composición

Fundido con materiales que incorporan la más poderosa energía, el cubo de la Trinidad resguarda el nacimiento de un nuevo mineral. Conocido como trinitita, este mineral surgió de la arena del desierto de Nuevo México a partir de la explosión de la primera bomba atómica.

Fusionado con una capa del vidrio roto irradiado de Fukushima, el cubo toma la forma de un vidrio verdoso. Poderoso en su aspecto y frágil en esencia, el cubo resalta cómo el viento lleno de energía causa estragos hasta en los más fuertes materiales para crear nueva materia.

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Lo que para el ser humano podría implicar la destrucción, para la naturaleza se convierte en una nueva forma de vida y nuevos elementos. El artista Trevor Paglen rescató la belleza de la fulminante naturaleza y la convirtió en un cubo que ahora está resguardado en Fukushima.

 

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