Los jóvenes son el futuro. Y no sólo porque en ellos recae la herencia de las generaciones pasadas y los hechos del presente, sino porque, biológicamente, el mundo está a su merced, y la civilización se moldeará en sus decisiones. Todos los seres humanos tuvimos, tenemos y tendremos esta oportunidad; la juventud es el momento.

Pero en torno a la expresividad juvenil siempre ha habido reacciones de odio y estigmatización. La criminalización de la juventud, lamentablemente, no es nada nuevo: ya sea que se les intente censurar, callar o invisibilizar, los jóvenes siempre tienen que ir a contracorriente. No por capricho, sino por necesidad.

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Porque el mundo no es un lugar amable para quienes son más sensibles, más curiosos o sencillamente diferentes. Esto desata la rebeldía de los jóvenes, y los vuelve el blanco de los gobiernos más conservadores o autoritarios. El servicio de inteligencia de Alemania del Este ilustró literalmente la criminalización de los jóvenes.

La policía secreta de Alemania del Este creó
una guía para identificar subculturas juveniles.

Para este gobierno, había una “decadencia juvenil” generalizada, que era un peligro potencial –por lo menos a nivel cultural– para la estabilidad de su territorio en la dividida Alemania.

Por eso, la policía secreta tenía una guía ilustrada para “identificar tipos decadentes y negativos de subculturas juveniles”, con categorías e información desplegada en columnas que describían a cada “tribu urbana”: desde sus gustos musicales y sus inclinaciones políticas hasta sus actividades cotidianas. Esta guía incluía dibujos para reconocer elementos clave de su vestimenta.

Según esta guía, había 8 tribus urbanas,
entre rockeros, punks, “teds”, góticos y skins:

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Esta guía representa el peor tipo de estigmatización que se ha hecho contra los jóvenes. No obstante, estas prácticas no son exclusivas de regímenes adscritos a un solo espectro político.

Aunque otras policías secretas no tenían una guía como la de la policía secreta de Alemania del Este, también se dedicaron a reprimir a los jóvenes y hasta a los niños. La Comisión de la Verdad y Reconciliación de Chile, por ejemplo, contabilizó en 1991 a más de 300 personas de menos de 20 años que murieron o desaparecieron durante la dictadura militar.

Lo que queda claro es que, más allá de espectros e ideologías, el enemigo de los jóvenes siempre ha sido el autoritarismo y la imposición. Deberíamos pensar por qué siempre son ellos el blanco colectivo de los gobiernos, y por qué se han empecinado en criminalizarlos al grado de crear prejuicios a su alrededor.

Y nos lo deberíamos preguntar hoy más que nunca, cuando más necesitamos del espíritu rebelde de los jóvenes para superar las catástrofes que se avecinan.