Sólo ser feliz puede romper tu corazón: tips para lo inconcebible

El síndrome del corazón roto puede ser ocasionado por situaciones felices: ¿qué nos dice esto sobre cómo transitar la vida?

Tal vez no sepamos tanto sobre la felicidad como creemos. Hasta ahora, sabemos que es un estado del ser al que todos aspiramos. Pero en la vida contemporánea le hemos perdido un poco la pista a la felicidad, y en lugar de buscarla en nuestras acciones la buscamos en momentos de éxtasis que, quisiéramos, duraran para siempre. No obstante, la buscamos porque la necesitamos, pero ¿dónde está realmente?

Una extraña condición cardíaca podría hacernos

volver sobre la pista de la felicidad.

Takotsubo es el síndrome del corazón roto, también llamado “discinesia”. Se trata de una extraña condición cardíaca que debilita los músculos del miocardio y que es desencadenada por estados emocionales negativos que persisten a largo plazo. Pero contrario a un infarto, el Takotsubo no es desencadenado por un instante de ira o estrés: sus síntomas, aunque parecidos –dolor en el pecho, presión arterial alta, náuseas–, se presentan en etapas de duelo.

Existen muchos casos donde una persona desarrolla el síndrome del corazón roto después de que su pareja muere. Este fue el caso de Margarita, una paciente cuyo testimonio recogió el portal SinEmbargo, que perdió a su esposo en un accidente automovilístico tras 40 años de matrimonio. 1 mes después la diagnosticaron con Takotsubo, lo que nos hace preguntarnos si es posible morir de amor… o de alguna otra emoción, como la felicidad.

Porque en un estudio reciente, en el cual participaron 1750 pacientes con el síndrome del corazón roto, se concluyó que esta condición puede ser motivada también por situaciones de felicidad, como una boda. Sólo un 4% de los pacientes desarrolló el síndrome tras un evento que involucraba felicidad, pero aun así es un resultado extravagante que sorprendió a los científicos y que viene a demostrar que el efecto de las emociones sobre el cuerpo es algo que aún desconocemos.

El síndrome del corazón roto nos hace preguntarnos:
¿se traduce la felicidad en bienestar? ¿deberíamos sólo aspirar a la dicha, al goce y al placer?

Todo esto depende de cómo concebimos las emociones y a los distintos estados del ser. O, más holísticamente: cómo todo esto confluye en nuestra experiencia vital. Lo cierto es que, como nos han enseñado antiguas disciplinas orientales como el vipassana, vivir es un arte. Y el arte siempre está mediado por distintas emociones y contradicciones, como la existencia misma. Ese es su equilibrio fundamental.

El verdadero bienestar se encuentra en saber equilibrar lo externo y lo interno: cultivar el amor propio sin aislarnos, aprender a estar en silencio sin que ello implique volverse intolerante a cualquier pequeño ruido. Esto significa que debemos ser capaces de lidiar con emociones tan antagónicas como el amor y el odio, así como fluir entre estados de tristeza y felicidad. Porque nada está dicho: la felicidad puede desencadenar el síndrome del corazón roto, así como el estrés puede ser benigno.

Quizá, no entender esto es lo que ha ocasionado que la felicidad esté a la baja en el mundo –o por lo menos que esa sea la percepción colectiva–, pues nuestras concepciones de felicidad y bienestar podrían estar siendo incapaces de empatar con un mundo contradictorio en el que no sabemos fluir. En ese sentido deberíamos ver la vida, sus placeres y desgracias, como ese momento en el que podemos satisfacer el hambre: sin duda, el acto de comer es delicioso y provoca bienestar, pero no lo sería si, en principio, no tuviésemos hambre.

El ligero equilibrio de la vida consiste en saber lidiar con el hambre al tiempo que gozamos el momento de saciarla.

 

* Ilustración principal: A. C. Arbeláez 



¿Dónde sientes cuando sientes? Un estudio clasificó las emociones y en qué parte del cuerpo se alojan

Este es un auténtico mapa que ubica las emociones en el cuerpo y nos permite navegar la condición humana.

No hay nada más esquivo que las emociones… y menos propenso a ser cartografiado, porque en el mapa de nuestro cuerpo, las emociones no son una “X” definida que marca el hipotético sitio del tesoro. Más bien, están en perpetuo movimiento, como la palabra emoción indica. Siempre estamos experimentando una e-moción que nos lleva, incesantemente, de un estado anímico a otro.

Sin embargo, algo es indudable: los sentimientos se sienten en diversas partes del cuerpo.

¿Quién no ha experimentado cosquilleos ante el asombro, o un seco espasmo de miedo?

Aun así, el lugar específico que cada emoción ocupa en el cuerpo permanece en el misterio. Más allá de lo psicosomático, o de lo atinada que pueda ser la medicina oriental ancestral –que vincula las enfermedades en los órganos con los estados anímicos–, esa conexión entre los estados del alma y el cuerpo sigue sin poder ser explicada.

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¿Está el amor realmente en el corazón? ¿No estará, acaso, en el hígado?, ¿no se llevará en la piel?

Un grupo de investigadores finlandeses se dio a la tarea de resolver –o intentar resolver– esta intrincada cuestión.

Empezaron con la titánica labor de clasificar y categorizar los sentimientos humanos y todas sus tonalidades –pues sin duda existen cientos, hasta identificar 100 sentimientos “centrales”. Para poder hacer esto y ligar los sentimientos a las diversas partes del cuerpo, los investigadores reunieron las respuestas de 1,000 participantes, quienes contestaron cuestionarios en línea.

Después, con ayuda de una base de datos neuronal, se cotejaron las similitudes entre lo expresado por los participantes y lo recopilado en más de 9 mil estudios previos que involucraban psique y emociones.

Así se creó el primer organigrama de emociones, dividido en cinco grupos de sentimientos:

  • Emociones positivas // felicidad, amor, orgullo, relajación y simpatía
  • Emociones negativas // enojo, miedo, disgusto, vergüenza y soledad
  • Procesos cognitivos // pensar, soñar despierto, razonar, estimar y recordar
  • Estados somáticos y enfermedades, que incluyen tos, picazón, escalofríos, dolor físico
  • Estados homoestáticos // incluyendo hambre y sed por un lado, y comer y beber por el otro

Con la información y el organigrama, los investigadores crearon el primer mapa emocional del cuerpo con base en el calor, dando a cada grupo de emociones un color. Curiosamente, algunos de los resultados empatan con las creencias más arraigadas en la cultura:

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* Ver mapa zoom

El amor se siente poderosamente en el corazón, aunque se extiende por toda la caja torácica y llega hasta la cabeza.

Pero quizá lo más bello es que la memoria, contrario a los demás procesos cognitivos, no sólo enciende la cabeza, sino también una parte del corazón. Pero, ¿por qué?

Probablemente este estudio deje, otra vez, más preguntas que respuestas… Ya sabemos dónde se alojan las emociones, pero, ¿por qué ocurre así? Para averiguarlo, habrá que seguir navegando los misterios de la psique y el cuerpo con ayuda de la ciencia.



Sentir placer y ser feliz depende del contacto humano (nuestro cerebro así lo determina)

Los placeres derivan en aislamientos y adicciones cuando no se comparten y no se varían. Por eso, el contacto y el cambio son claves para la felicidad.

La felicidad no depende de obtener placer de manera exacerbaba y frecuente. Si así fuera, ser felices requeriría sólo de provocarnos orgasmos cada 5 minutos, comer comida deliciosa o fumar compulsivamente, todas las cuales son acciones que liberan químicos ligados al placer y la felicidad.

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Caitlin Worthington

Pero no es tan sencillo. El placer es una dinámica que, como toda forma de experimentar la vida, se corrompe si se vuelve permanente o se intenta acumular. Ningún ser vivo puede estar en un mismo estado indefinidamente: necesitamos de la variabilidad para que las cosas tengan sentido, y más aún, para preservar la vida.

Esto se puede explicar desde un enfoque evolucionista o, si se quiere, desde el más sutil acto de supervivencia: alimentarse. Comer es una acción de la cual dependemos y en la cual la mayoría no piensa todo el tiempo, sino sólo en aquel momento en el que el cerebro activa paulatinamente la sensación de hambre.

Cuando llega el momento de satisfacer el hambre, sin duda es algo delicioso; pero, precisamente, no sería tan delicioso si no sintiésemos hambre.

La comida deja de ser un placer para quienes son adictos a ella, pues lo que activa la compulsión por la comida no es un mecanismo normal del cerebro, sino uno derivado de trastornos afectivos. Por eso, los trastornos alimenticios y otras adicciones devienen en depresión y aislamiento, lo que a su vez detona una búsqueda desesperada por conseguir placer.

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Courtney Brooke

Por eso, Morten Kringelbach, neurocientífico y profesor del departamento de psiquiatría en la Universidad de Oxford, explicó en una entrevista para Aeon la correlación –a nivel cerebral– de las dos definiciones que Aristóteles dio al placer, pues éstas siguen siendo vigentes.

El placer, según la definición aristotélica, puede ser simplemente “placer” (hedonia) o ser “florecimiento humano” (eudaimonía).

A nivel neuronal, el placer por el placer sería la hedonia: imperfecciones en los mecanismos del cerebro, que lo hacen susceptible a las adicciones y fijaciones. La eudaimonía correspondería más bien a un cerebro que funciona correctamente.

¿Pero qué lleva a funcionar bien al cerebro y a no caer en el círculo vicioso de las adicciones?

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La conclusión de Kringelbach es que las llaves de un cerebro libre de adicciones y depresión están en el contacto humano, es decir, en compartir con los demás placeres como el sexo, la comida u otras recreaciones vitales –lo que a nivel evolutivo es esencial para la permanencia de la especie–. E igual de importante –y de natural– es variar esos placeres, pues de otra forma surge una fijación inusual por una sola forma de placer, y ahí es cuando el cerebro comienza a fallar.

Entender esto puede ser vital para que comencemos a curar nuestras afectadas psiques, no sólo con medicamentos o terapias, sino con una cabal comprensión de qué las provoca. Por eso no hay mejor simbiosis que la de la filosofía y la neurociencia, si queremos re-evolucionar nuestra conciencia.