Mucha felicidad también puede romperte el corazón (¿síntoma de una sociedad que no sabe amar?)

Vivimos épocas de libertad afectiva y emocional, pero no dejamos de hacernos daño. La pregunta es: ¿por qué?

Parece que la fórmula actual del amor involucra todo… menos al amor mismo. Las relaciones actuales son proclives a volverse tóxicas, a estar llenas de tristezas, amarguras, decepciones y arrepentimientos. Los corazones, frágiles como cristal, se rompen por montones.

Es tan común que nos rompan el corazón –o que nosotros hagamos añicos otro corazón– que ya existe una enfermedad cardíaca llamada “síndrome del corazón roto”, que curiosamente se desarrolla a partir de procesos de duelo, muchas veces detonados por la pérdida de la pareja amorosa.

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Pero, ¿desde cuándo el amor, esa atracción natural hacia otro miembro de la especie, se ha vuelto un amor de corazones rotos? Quizá no se trate de otra cosa más que de la única conclusión posible que podía tener el amor romántico, esa narrativa moderna que aún impregna nuestras relaciones sexoafectivas en la actualidad.

El amor romántico es un producto de la pasión: el cenit de relaciones humanas más libres, y una idea que proviene del pensamiento de la Ilustración y de las posibilidades emancipatorias que trajo consigo el siglo XIX. Esto quiere decir que el ideal de ser “felices por siempre”, que parece haber estado siempre ahí, no tiene en realidad más de 2 siglos de existencia.

El amor romántico es un sinónimo de libertad emocional

No obstante, el ideal del amor romántico no es sino eso: un ideal que se diluye en el drama cotidiano, y que últimamente ha devenido en un montón de relaciones tóxicas dentro de una sociedad que, al parecer, no sabe cómo amar.

 

¿Por qué dañamos y no amamos?

Pareciera que disfrutamos la agonía: de que nos hagan sufrir y hacer sufrir al otro. Pero no es así.

El problema es –admitámoslo– que hemos dotado al amor de características que en la realidad no se pueden cumplir. Podemos amar y ser amados, pero no podemos aspirar a ser “felices por siempre. Debemos saber acoplarnos, junto con nuestra pareja, a la adversidad. No podemos tampoco aspirar sólo a amar sin interrupciones, porque nuestro cerebro también está programado para odiar. Ni siquiera podemos asegurar que el amor sea sólo de una manera: monógamo, polígamo o como se quiera.

Debemos admitir que vivimos tiempos convulsos.

En ese sentido, nuestras relaciones y el amor en ellas deben poder sobrevivir a sus distintas etapas. La fantasía –como pensar que estamos destinados a estar con esa persona– es una especie de leña que debe servir para avivar el fuego. Pero ninguna llama sobrevive a un amor que se base sólo en ideales, porque idealizar sólo nos puede llevar a ser decepcionados: a que nos rompan el corazón. Porque un amor feliz es en realidad un amor que trasciende el romance idealizado y prioriza la amistad real. Y la amistad es difícil, porque significa compromiso, lealtad, y otros valores que la fantasía del amor romántico suele rechazar sistemáticamente.

Asumir el amor es asumir el riesgo de que nos rompan el corazón. Es asumir que las grietas, como dijera Leonard Cohen, están en todos lados: así es como entra la luz.

 

* Fotografía principal: Laura Makabresku



“Hater ven, te quiero ayudar”: una romántica canción dedicada a todos los haters de Internet

Un tema para reflexionar sobre lo estériles e inútiles que son las críticas destructivas.

Ser un hater es más que ser un sujeto que gusta de molestar por Internet, polarizando cada cuestión y conflicto con comentarios tóxicos, en vez de constructivos. Se trata de toda una identidad: una basada en peligrosas ilusiones y ficciones que se cultivan en los entornos digitales. Pero también, el hater es producto de una sociedad involucionada, nihilista y adicta a las pantallas, que ha llevado a mucha de su juventud a vivir y relacionarse desde lo que David Sainz llama “las cloacas de Internet”.

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Sainz es un cineasta español independiente, creador de la serie web Malviviendo –cuya popularidad estalló antes que los youtubers– y que tiene mucha experiencia navegando en los entornos digitales. Ha sabido sacar provecho de éstos para reinventar las producciones audiovisuales, y confía en el potencial positivo que tiene el Internet para las nuevas generaciones.

No obstante, Sainz también sabe que el Internet es una cloaca plagada de fenómenos tóxicos, como el de los haters.

A estos trolls les dedicó la canción “Hater ven, te quiero ayudar”:

Ocurre con frecuencia que no hay mejor manera de decir las cosas que con humor. Y más si nos dirigimos a los haters: personas especialistas en hacernos enojar con sus difamaciones y críticas destructivas, incluso con comentarios sin sentido pero con mucha ira, hechos a partir de la seguridad que otorga el anonimato y la falta de autoridad en los espacios digitales. Eso que los psicólogos llaman el “efecto de desinhibición en línea”.

Pero, frente a su retórica generalmente poco fundamentada, es mejor batear a estas celebridades de Internet con una técnica infalible: la buena onda, o como canta Sainz: con un “Ven, te quiero ayudar”.

Porque existen haters que se han reformado, como demostró la columnista Patricia Hernández en una nota digital llamada 10 Former Internet Trolls Explain Why They Quit Being Jerks. En ella, Hernández recabó historias de haters de todo tipo: el clásico que odia Star Wars, el “listillo implacable” o el amo y señor de Yahoo Respuestas. Todos habían tenido interesantes razones para volverse internautas terroristas. Algunos aseguran haber estado pasando por malas relaciones de pareja en el momento de empezar su “carrera” de haters profesionales.

Pero cuando no se puede ayudar a un hater, ¿que se debe hacer? Ignorarlo: con humor y sarcasmo, como Sainz. No entrar en su espiral de odio, ni dejarnos enfrascar en esa forma torcida de relacionarnos.

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Ante la cultura del odio que propagan los más vulnerables a convertirse en haters, hace falta cultivar una buena convivencia en Internet y los entornos digitales.

Éstos son lugares a defender, pues no son neutrales.

Los entornos digitales pueden estar plagados de fake news o de noticias verdaderas y urgentes. Pueden estar plagados de buenas opiniones o de tóxicas críticas, como las de los haters. Pueden fomentar la unidad entre los diversos intereses de la sociedad, o la disolución en un caos separatista.

Así que no está de más reflexionar sobre el fenómeno hater, pero no como lo haría un hater –pensando en destruir desde su asiento–, sino concentrándonos en la construcción. En épocas como la actual, cuando los conflictos polarizan tanto a la sociedad, es urgente no contribuir siendo un hater, ni un fanático.

Debemos defender los buenos argumentos, las críticas constructivas y las discusiones que nos retroalimentan y nos hacen evolucionar.

Y si eres un hater en potencia, o crees tener la propensión, acá te va un mensaje: 

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¿Sigues soltero? La ciencia podría darte pistas del por qué

Es útil saber qué podría estar provocando tu soltería… sobre todo, si ya no la disfrutas.

Nada es más útil para dar con las razones de algo que nos inquieta que el simple acto de preguntar. Por eso, el psicólogo Menelaos Apostolou buscó indagar en el por qué de la soltería de los hombres a través de una simple pregunta:

Muchachos, ¿por qué están solteros?

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Apostolou encontró un post en Reddit donde un usuario anónimo hacía esa simple pregunta. A partir de las más de 6 mil respuestas en el post, que fueron clasificadas por el psicólogo en distintas categorías, surgieron interesantes indicadores sobre por qué la soltería se está volviendo una pandemia entre el sexo masculino.

La soltería masculina parece girar en torno a 43 temas, que incluyen:

  • Ansiedad
  • Disfrute
  • Falta de tiempo
  • Miedo a las relaciones
  • Falta de ánimo para volver a intentar tener una relación

 

* También en Ecoosfera: Por qué la soledad es buena para ti (y cómo diferenciarla del aislamiento)

 

Según explicó Apostolou posteriormente, esta situación podría deberse a una suerte de cuestión evolutiva. Al parecer, los hombres no han podido sintonizarse con una realidad social que ahora requiere de ellos mayores habilidades para relacionarse y flirtear:

En un contexto ancestral preindustrial, la selección forzada regulaba el esfuerzo para encontrar pareja y lo hacía escaso. Esas habilidades antes suprimidas son necesarias actualmente, porque en las sociedades posindustriales la elección de pareja no es regulada ni forzada, sino que la gente tiene que encontrar pareja por su cuenta.

Parece certero apuntar a que mejoremos colectivamente nuestras habilidades e incluso nuestros instintos, muchos de los cuales podrían haber quedado relegados en la vorágine de los cambios experimentados por la sociedad.

Pero Apostolou peca de evolutivo, y deja de lado las cuestiones culturales que están afectando nuestra sociabilidad, entre ellas la tecnología, misma que nos ha llevado a nuevas formas de relacionarnos y que está trastocando todos los paradigmas de la afectividad.

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De incontables formas se ha demostrado cuán nociva ha sido la tecnología para las relaciones, y cuantas inseguridades genera –al grado de que las personas se someten a operaciones estéticas para lucir como en sus selfies–. Así que, ¿no será este el motivo de la soltería de muchos hombres –y también mujeres–?

Si es así, y no se trata sólo de una cuestión natural –como asegura Apostolou, de quien apreciamos la simplicidad de su método de investigación, pero que nos deja con muchas dudas–, entonces es evidente que debemos transformar nuestra sociedad y la manera como nos relacionamos.

Eso incluye generar una cultura de apertura, donde los sentimientos ya no se oculten y donde hombres y mujeres nos podamos relacionar unos con otros sin avatares, sin fotos de perfil retocadas, sin apps ni ninguna otra máscara digital.

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Si tú también estás soltero y sientes ansiedad, miedo o falta de ánimo para iniciar una relación, piensa que no estás solo: millones de personas pasan por lo mismo. Y no es un imperativo dejar de estar soltero: es más importante que cuides de ti, que sepas estar solo y que puedas emprender lo que quieras cuando lo desees, como por ejemplo, una relación afectiva con otro.