¿Qué es la conciencia? Quizá ninguna pregunta se ha formulado tantas veces como esta, pues no cabe duda de que aquello que llamamos conciencia es la conditio sine qua non del ser humano, aquello que nos hace lo que somos. Y sin embargo, desconocemos todo sobre ella, excepto que la experimentamos.

Por eso, hasta hoy, la pregunta sigue abierta: ¿qué es la conciencia? En la época contemporánea la respuesta al enigma se ha buscado incluso en la ciencia, a partir del principio materialista de que la conciencia está en el cerebro (concretamente, en la corteza prefrontal, que se activa cuando tomamos decisiones y que nos permite tener nociones sobre el espacio-tiempo).

Si sacásemos al cerebro de la ecuación, tendríamos que regresar a las discusiones sobre el alma y la dualidad cuerpo-mente que permearon en la filosofía de la antigüedad occidental y en las filosofías orientales; para estas últimas, el problema de la conciencia no es tanto responder qué es sino buscar iluminarla, como pudo estudiarlo el mismísimo Carl Jung.

Partiendo de la ciencia moderna y de su principio objetivo –la conciencia está en el cerebro–, habría que añadir que lo importante de la discusión en torno a la conciencia no es cómo el cerebro nos permite sentir y reaccionar a los estímulos, sino cómo explicamos las experiencias subjetivas que van más allá de las habilidades del cerebro y que parecerían estar en un plano más bien espiritual –o psíquico, en toda la extensión de la palabra–. Por ello, al parecer, volver a la filosofía antigua y agregarle un poco de física podría acercarnos a la respuesta que hemos buscado por más de 20 siglos.

 

Si algo existe, es la conciencia cósmica

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Algunos han retomado el panpsiquismo, una vieja tradición filosófica que entiende la conciencia como algo universal y para la cual todo tiene conciencia –de ahí el nombre: pan es “todo” y psyche es “alma” o “mente” en griego–. En el panpsiquismo, la conciencia está en todos lados y no es sólo un rasgo exclusivo del ser humano, como plantean algunos destacados científicos y gurús digitales de la ciencia; por ejemplo, Michio Kaku, para quien la conciencia es producto de la evolución y está influenciada por las leyes del espacio-tiempo.

La propuesta del panpsiquismo engarza con la idea budista del Brahman, donde la conciencia es lo único que existe. También retoma tradiciones filosóficas modernas e incluso leyes de la mecánica cuántica, que postula que las partículas no tienen lugar o espacio específico hasta que son observadas o medidas. Así, en el panpsiquismo la conciencia individual no es consciente –o ni siquiera existe–, sino que está en contacto con otras conciencias, mismas que, juntas, crean el cosmos.

A partir de ello, algunos físicos han propuesto una especie de panpsiquismo contemporáneo y han planteado, por ejemplo, que cualquier sistema que pueda crear un cierto nivel de energía puede generar conciencia. Un ejemplo de esta sustancia cósmica se encontraría en las estrellas y sus movimientos. Estrellas como el sol se mueven más rápido que otras más calientes, algo que se atribuye a interacciones con nubes de gas; pero algunos científicos han postulado que existe más bien una comunicación consciente entre los astros, que se manipulan a ellos mismos para que la galaxia en cuestión esté en equilibrio; es decir, tienen conciencia.

 

No somos sino un alterego del universo

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Por su parte, en un ensayo recientemente publicado, Bernardo Kastrup, experto en computadoras e inteligencia artificial, ha añadido a la discusión la idea de que la conciencia cósmica del panpsiquismo se manifiesta más bien como un trastorno de personalidad múltiple pero a “escala cósmica”. Según la propuesta de Kastrup, no somos sino una de las tantas personalidades-conciencias de la sustancia universal. Nuestra conciencia es algo así como un alterego del universo.

Sea como sea, pensar que nuestra conciencia como tal no es sino el resultado de una convergencia cósmica de conciencias, tanto singulares como particulares y universales, podría ser el principio para resolver finalmente el misterio sobre la conciencia. Pero más aún: esto sacaría a relucir que no somos más especiales que otros seres, sino al contrario, porque necesitamos de los demás para que nuestra propia conciencia tenga sentido, y para darle sentido a la conciencia de los demás y a la del cosmos.

¿No es acaso una idea preciosa y, en realidad, totalmente vigente?

 

* Imagenes: 1) Sammy Slabbinck; 2) Tatiana Tarot; 3) Atomic Art Haus