No son problemas: son experiencias (viviendo el aquí y el ahora con filosofía zen)

Porque “si odiamos la hierba, e incluso si abandonamos ese odio por la hierba, ésta igual crecerá”.

Si pensáramos los problemas no como eso que nos viene de la “mala suerte”, sino como parte inherente de la experiencia que es vivir, ¿qué pasaría? Si quitáramos de nuestro léxico la palabra “problema” y la sustituyéramos por “experiencia”, ¿qué pasaría?

El resultado podría ser esclarecedor. Porque sucede que en la actualidad tenemos definiciones muy extrañas sobre lo que es la vida, y eso nos hace esperar de ella cosas que son imposibles. Aspiramos a una existencia estable y segura, siendo que la propia naturaleza está repleta de eventos inesperados: la historia del cosmos es la historia de sus colisiones y de cientos de diminutos eventos azarosos. Pero al mismo tiempo, existen eventos preestablecidos que se repiten una y otra vez.

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Y es quizá está doble existencia, que oscila entre la convención y lo impredecible, lo que nos tiene fatigados.

Somos presas fáciles de la ansiedad. Nos preocupamos y, ¿qué hacemos? Quizá enojarnos porque la reunión en el trabajo no salió como queríamos, o angustiarnos porque llegamos tarde a la escuela. Ante estas circunstancias, solemos actuar de ciertas formas muy concretas: huimos, ignoramos, nos quejamos o buscamos un sitio de confort que nos aleje de los problemas que ocurren espontáneamente.

 

No debemos sentirnos culpables si actuamos así…

Pero en palabras del filósofo zen Alan Watts, debemos vivir la espontaneidad y ser capaces de improvisar. Este es un arte de vida que nos puede ayudar a ver desde otra perspectiva nuestros problemas, para así empezar a atajarlos como experiencias y ya no como inconveniencias. Es la manera como podemos aprender de nuestras preocupaciones, y no dejar que nos dominen ni que se conviertan en ansiedad.

Así actúa el zen ante la vida. Porque no es ni una filosofía ni una práctica: el zen es ambas cosas a la vez. Es un encuentro con la realidad, tanto de nuestra mente como de nuestro cuerpo, con todas las circunstancias de la vida –esas a las que muchas veces llamamos “problemas”–.

El zen no busca resolver los problemas para poseer el conocimiento de su respuesta. Más bien, las respuestas que se van dando son la vida misma: la experiencia. Y en esta forma de experimentar la realidad, la vida es una continua equivocación, como dijo el maestro zen Eihei Dogen.

De eso va la experiencia: de equívocos e inequívocos que conviven ineludiblemente a lo largo de nuestra vida. Son las cosas que se desarrollan a pesar nuestro, porque la vida no gira toda a nuestro alrededor. Es la hierba que crece, a pesar de todo. Es por eso que el maestro Taisen Deshimaru dijo:

Incluso si odiamos la hierba, e incluso si abandonamos ese odio por la hierba, ésta igual crecerá.

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Esta es la vigencia del zen para navegar la época actual. Por eso tantos escritores occidentales rescataron este legado de Oriente. Y en ese sentido, nada más brutal –pero también certero– que estas palabras de Alan Watts:

Pues nunca existe otra cosa que el presente, y si uno no puede vivir en él, no puede vivir en ninguna parte.

Convertir los problemas en experiencia es eso: poder vivir en todos lados. Vivir el presente. Ser el aquí y el ahora.

 

* Imágenes: 1) Flickr Gunnar Grimes, edición Ecoosfera; 2 y 3) Unsplash



Entender la idea de ansiedad para dejar de vivir preocupado (lecciones del zen y el tao)

La ansiedad es una idea: un concepto que podemos transformar.

Los conceptos son ese puente que tendemos entre la realidad y nuestra mente. Nuestra percepción aprehende el mundo y nosotros interpretamos aquellas aprehensiones mediante intuiciones, mismas que luego pasan a ser ideas y conceptos para nuestra racionalidad.

La ansiedad, por ejemplo, es una emoción que surge a partir de nuestro contacto con el mundo. Pero también es un concepto que define un estado psíquico y puede ser comprendido o utilizado tanto por una ciencia –como la psicología– como por nosotros, en nuestra vida cotidiana. La ansiedad también es una idea. Una que, hoy en día, nos ha hecho vivir inmersos en una modernidad líquida, donde vivir el aquí y el ahora se confunde con la sed de inmediatez, y sólo vivimos pensando en “lo que podría pasar”.

 

La filosofía oriental ante la idea de ansiedad

Las filosofías orientales, como el zen y el tao, saben lidiar con la ansiedad porque quienes se instruyen en sus enseñanzas y prácticas entienden la ansiedad desde su concepción misma. Porque como cualquier filosofía, tanto el pensamiento del tao como el del zen tienen una racionalidad intrínseca. Y es que también se ocupan del gran “problema” sobre el que han girado todas las escuelas de pensamiento: la relación sujeto-objeto. O dicho de otro modo: la relación entre los sujetos cognoscentes –nosotros– y la realidad.

Aunque por supuesto, la forma de razonar es distinta a la de la filosofía occidental…

Alan Watts, uno de los grandes “traductores” de estas filosofías para Occidente, cree que la gran virtud del tao y del zen reside en la manera como estas prácticas lidian con esta relación sujeto-objeto, y más concretamente, con la relación mente-cuerpo. El problema, según Watts, es que la vida contemporánea nos hace escindir mente y cuerpo, y tenemos la tendencia de retirarnos a nuestras mentes como si se tratara de escondites. Y ahí es donde acecha la ansiedad como idea negativa, y desde donde percibimos la realidad con miedo por “lo que pueda pasar”.

Así como no hay que escindir mente y cuerpo, también es importante que no sólo conozcamos la realidad, sino también las ideas sobre ella. No podemos escindir a nuestra mente de lo que la realidad le produce. Sin embargo, debemos evitar que dichas ideas nos predispongan y nos hagan perder el piso. Ahí reside la importancia, tanto para el tao como para el zen, de vivir en el aquí y el ahora.

Para Watts:

Este es el verdadero secreto de la vida: estar completamente comprometido con lo que estas haciendo en el aquí y el ahora.

Es así que el tao nos enseña a andar el camino –tao significa “camino”–. Nos muestra que lo importante es comprender conceptos como el de la ansiedad para poder resignificarlos, transformarlos y, en ocasiones, borrarlos conscientemente de la mente a través de la meditación.

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No obstante, la ansiedad seguirá ahí, como una taladrante idea y, en muchas ocasiones, como una emoción. Por eso es importante que, como nos enseña la filosofía zen, aprendamos a lidiar con los pensamientos obsesivos. La idea de ansiedad estará ahí, pero podemos atajarla mediante la autoexploración, intentando comprender qué hace ahí y no dando por sentado cómo es que la entendemos.

De lo que se trata, tanto en el zen como en el tao, es de vivir con espontaneidad, pero sin escindir cuerpo y mente. Porque como enseñara el maestro Taisen Deshimaru:

Lo espiritual es material y lo material se vuelve espiritual. El espíritu existe en cada una de nuestras células y, finalmente, el espíritu es el cuerpo, el cuerpo es el espíritu. Está también la actividad, la energía, que no son dualistas.

Ni la realidad, ni nosotros, ni las ideas, son construcciones fijas y monolíticas. Siempre tenemos la oportunidad de transformarlas mediante nuestra mente y nuestro cuerpo.



Sólo existe una falla con la que tienes que aprender a lidiar, según el zen

Hay únicamente una falla que podría estar provocando que no logres encontrar por dónde fluir.

Hay muchas razones por las cuales nos paralizamos ante la simple idea de fracasar y no poder lidiar con nuestras fallas. La ansiedad nos domina con sólo pensarlo. ¿Y si no se vuelve a presentar la oportunidad? ¿Qué tal que hago el ridículo? ¿Y si decepciono a alguien?

Los pensamientos persisten y se vuelven obsesivos cuando no sabemos cómo lidiar con ellos ni, por lo tanto, con las fallas. No podemos evitar intentar vislumbrar el futuro ―lo cual no es malo―, pero no lo hacemos de una manera previsora, más intuitiva, sino dando por hecho que sólo nos aguardan equivocaciones. Vamos a fallar, nos aseguramos. Nada volverá a ser igual.

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Y entonces fallamos, porque la mente ―e incluso las posturas de nuestro cuerpo― pueden precondicionarnos a ello y liberar hormonas y neurotransmisores cuyo influjo en nuestro comportamiento es realmente poderoso.

 

¿Por qué no podemos fluir sin las ataduras del fracaso?

El maestro zen más importante de Occidente, Taisen Deshimaru, pensaba que el problema reside en que buscamos la libertad en el lugar equivocado. La libertad es la meta a la que todos aspiramos, pero para el maestro Deshimaru era claro que la ambición y el deseo llevan a los individuos, en la sociedad moderna, a fetichizar la libertad: a confundirla con cuestiones como el éxito personal.

Como es imposible alcanzar la libertad a la que refiere el zen mediante ambiciones materiales, es recurrente que nos encontremos frente al fracaso.

La verdadera libertad está en la mente [… ] Incluso cuando mis proyectos fallaran, incluso si toda mi misión fracasara, todavía tendría mi kolomo (ropaje) y mi cabeza rasurada, y podría dormir a un lado del camino.

Buscar la libertad más allá de la propia psique, la cual nos conecta con los otros y con el cosmos, es lo que nos conduce a un irracional miedo al fracaso. No quiere decir que debamos aislarnos para no fallar, sino que debemos construir lo que somos en el mundo material sobre un sólido trabajo subjetivo. 

Sólo así nos podemos dar cuenta de que la única falla importante que podemos cometer es creer que podemos fallar.

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Porque, en realidad, fallar es algo tan relativo como el tiempo. Lo que percibimos como una falla, tenemos que retomarlo como una oportunidad para reflexionar. Fallar debe servirnos para fortalecer la psique, y como un momento para redireccionar nuestras intenciones.

Ray Bradbury lo sintetizó lucidamente en su libro Zen in the Arts of Writing:

No deberías ver hacia atrás para concebir el trabajo que has hecho como una falla. Fallar es rendirse. Pero estás en el medio de un proceso en movimiento. Nada falla, entonces. Todo sigue. El trabajo está hecho. Si es bueno, aprenderás de él. Si es malo, aprenderás aún más. El trabajo hecho es una lección para ser estudiada. No hay falla a menos que uno se detenga.

Las fallas no existen: son sólo una ilusión que nos sirve de barómetro, que puede ayudarnos a sobrevivir. Pero que, sobre todo, tiene que impulsarnos a seguir: a fluir.

 

* Imágenes: Anna Sudit