El funcionamiento del cerebro no es como el de una computadora (y eso es maravilloso)

Durante medio siglo, se ha dicho que el funcionamiento del cerebro es comparable con el de las computadoras. Una reciente investigación lo desacredita, formulando una nueva postura.

Somos organismos, no computadoras. La metáfora de que el funcionamiento del cerebro es como el de una computadora ha tenido una duración de medio siglo, y no ha aportado mucho conocimiento en la esfera científica.

Para algunos científicos valientes, ha llegado el momento de eliminar esta idea y continuar con el gran reto de entendernos a nosotros mismos, sin enredarnos en un laberinto intelectual innecesario.

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La cantidad de científicos que han concluido y comparado el funcionamiento del cerebro con el de una computadora es inmensa. Y no se trata de señalar culpables, sino de observar que esta máxima inició por un planteamiento lógico mal hecho.

Para el científico Robert Epstein, psicólogo e investigador del American Institute for Behavioral Research and Technology, la creencia que detonó todo fue:

  • Argumento razonable n.°1: todas las computadoras son capaces de comportarse de forma inteligente.
  • Argumento razonable n.°2: todas las computadoras son procesadores de información.
  • Conclusión errónea: todas las entidades que son capaces de comportarse de manera inteligente son procesadores de información.

Los argumentos fueron razonables, pero erróneos. En la era donde la desinformación desborda las redes, la neurociencia empieza a poner un alto a esta metáfora reduccionista para iniciar el cambio de paradigma.

 

Relación máquina-cerebro

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Ilustración: Santiago Ramón y Cajal

Lo que argumenta Epstein en un ensayo es que las maquinas diseñadas (hasta hoy, por seres humanos) se basan en la composición de elementos simples con funciones claramente definidas e independientes del contexto.

Existe capacidad para resolver, procesar y recuperar información de manera exacta y precisa. Pero así no es el funcionamiento del cerebro, un órgano vivo que además de resolver, procesar y recuperar información (no exacta siempre), se caracteriza principalmente por un comportamiento adaptativo. He ahí la contradicción.

Las computadoras, literalmente, procesan información: números, letras, palabras, fórmulas, imágenes. La información primero tiene que estar codificada en un formato que las computadoras pueden usar, lo que significa patrones de unos y ceros (‘bits’) organizados en pequeños trozos (‘bytes’).

En contraste, el funcionamiento del cerebro no es a partir de algoritmos o un sistema binario. Al contrario, es un organismo que se moldea según las experiencias que vive. Y ahí está lo maravilloso, porque eso quiere decir que en verdad cada persona es única e irrepetible, no sólo porque tiene un cerebro diferente sino porque a lo largo de su vida su cerebro se modificará a partir de los patrones, estímulos hábitos, conductas y respuestas que ocurran.

 

¿Cómo funciona el cerebro?

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Ilustración: Santiago Ramón y Cajal

El ejemplo que pone Epstein es el de un bebé. Un recién nacido no nace con información, ni en su crecimiento aprende a almacenar palabras o reglas que le digan cómo manipularlas.

No crea representaciones de estímulos visuales, las almacena en un búfer de memoria a corto plazo y luego la transfiere -exactamente igual- a la representación a un dispositivo de memoria a largo plazo.

No recuperamos información, imágenes o palabras de registros de memoria. Las computadoras hacen todas estas cosas, pero los organismos no.

 

Epstein no está solo, la biología molecular y la meditación lo apoyan

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Durante 4 mil millones de años, lo que vivió y murió en la Tierra dependía de dos principios: la selección natural y la mutación aleatoria. Luego vinieron los humanos y cambiaron todo: hibridaron plantas, criaron animales, alteraron el medio ambiente e incluso evolucionaron a propósito.

Ese es el planteamiento que hace Juan Enríquez, académico y escritor experto en temas de genómica, para evidenciar que es posible programar y transformar lo que él llama un ‘código de vida’:

Resulta ser un poder increíble para cambiar virus, plantas, animales, quizá incluso para evolucionar nosotros mismos (…) ¿Recuerdan el mito griego en el que se mezclan animales? Bueno, algunos de estos tratamientos terminan cambiando el grupo sanguíneo. (…) Así que recibir médula ósea de otra persona puede cambiar algunos aspectos fundamentales de uno mismo, pero también le salva la vida. Y mientras lo piensan, esto es algo que pasó hace 20 años.

 

¿Cambiar una médula ósea sin que afecte al cerebro?

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Otro ejemplo es el que pone Lera Boroditsky sobre cómo el lenguaje cambia la manera en que pensamos. Si el cerebro funcionara con algoritmos para reaccionar de cierta forma a partir de, por ejemplo, hablar español, entonces colapsaría si aprendiéramos italiano o alemán.

Las personas que hablan diferentes idiomas le prestan atención a diferentes cosas, dependiendo de las necesidades del lenguaje. Si les mostramos un mismo accidente a hablantes de inglés y de español, los hablantes de inglés van a recordar quién lo hizo, porque el inglés te exige decir: “Él lo hizo, él rompió el jarrón”. En cambio, los hablantes de español no van a recordar quién lo hizo si se trató de un accidente, pero les será más fácil recordar que se trató de un accidente. Son más propensos a recordar la intención.

Y desde la neurociencia, Sara Lazar, neurocientífica escéptica (en un inicio) respecto de las bondades de la meditación, comprobó a través de un estudio a un grupo de voluntarios meditadores que en 8 semanas el cerebro podía manifestar cuatro cambios significativos.

Los cambios ocurrieron en la corteza cingulada posterior, asociada con la divagación y la importancia de sí; en el lado derecho del hipocampo, asociado con el aprendizaje; en la juntura temporoparietal, donde se procesan la toma de perspectiva, la empatía y la compasión; y en el puente troncoencefálico, donde se produce una buena cantidad de los neurotransmisores.

 

Entonces, ¿cómo entendemos el funcionamiento del cerebro?

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Sin duda, la metáfora de las maquinas nos permite soluciones sencillas pero también simplistas, que invisibilizan las propiedades más fundamentales de los organismos vivos.

¿Cómo dar cuenta científicamente de los organismos y de sus comportamientos con rigurosidad científica, pero sin reducirlos a meros mapeos de entradas y salidas?

Esta pregunta la hace Jorge Ibañez en un artículo para OpenMind que habla sobre la psicología ecológica. Según Ibañez, el enfoque que define a un organismo desde esta perspectiva (una vertiente minoritaria de la psicología) es la manera particular en que se entrelazan estructura y función para acoplarse adaptativamente al entorno.

El reto de esta corriente que pretende acabar con la analogía de la mente-ordenador, que ha bloqueado el avance científico para lograr una teoría cognitiva unificadora, es entender cómo la constitución material del organismo posibilita de maneras específicas el comportamiento intencional adaptativo.

Es momento de despertar hacia una nueva visión: el cerebro no está vacío, por supuesto, pero no contiene la mayoría de las cosas que la gente piensa que tiene. Eso deja mucho espacio para recibir nueva información.



¿Por qué tendemos a confabular (mentir) sin pensarlo?

Tus respuestas irracionales (o confabulaciones) dicen mucho de tu persona; la neurociencia nos dice por qué es importante confabular.

La posibilidad de la mente de cambiar hechos reales por fantasías (sin hacerlo de manera obligadamente consciente) se llama confabulación. En la vida cotidiana, solemos hacerlo todo el tiempo, sin que esto sea propiamente un trastorno o un déficit de la memoria. Según un estudio de los neurocientíficos Asaf Gilboa y Morris Moscovitch, la confabulación puede definirse como una mentira honesta. Las personas confabuladoras comparten información que es evidentemente falsa y, a veces, contradictoria en sí misma, pero sin intención de mentir. En ocasiones, estos individuos pueden aferrarse a dichas creencias falsas o erróneas de la realidad, a tal grado que pueden pasar por verdaderas. Existen varios tipos de confabulaciones según la ciencia, pero la que aquí interesa es la relativa a las falsas percepciones que solemos llegar a tener prácticamente todos sobre el mundo exterior o, dicho de otra forma, las respuestas irracionales que solemos llegar a creer que son verdaderas. 

Sin embargo, este tipo de irracionalidad no es del todo negativo, y de hecho, puede llegar a proveernos de mucha información sobre la persona que confabula.

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La filósofa Lisa Bortolotti, de la Universidad de Birmingham, plantea y enseña a ser más críticos acerca de los estándares de la racionalidad, porque a veces la racionalidad entorpece la espontaneidad. Bortolotti, filósofa de las ciencias cognitivas, es experta en las “creencias irracionales”. Sí, hablar de creencias irracionales suena paradójico. Pero, si podemos creer en algo, ¿no debería ser porque razonamos?

Vayamos por partes, ya que la psique es compleja.

Para la psiquiatría y la psicología, responder de forma irracional, es decir, confabular o ficcionalizar nuestras respuestas se define como:

los falsos recuerdos de sucesos verosímiles que el sujeto considera que realizó o presenció (a veces a partir de la insinuación premeditada del examinador), memoria evocativa en la que las fantasías suplen los recuerdos.

Así, cuando confabulamos, no es que estemos mintiendo (o mintiéndonos), sino que optamos por una ficción. La mente no tiene la intención de engañar, pero queriendo decir la verdad damos una explicación que no es certera ni basada en hechos comprobables. Esto ya se ha comprobado en algunos experimentos.

En la confabulación hay una falta de correspondencia entre lo que pretendemos hacer (contar una historia real) y lo que terminamos haciendo (contar una historia ficticia). Por ejemplo, tendemos a confabularnos cuando nos piden que expliquemos nuestras elecciones, porque no siempre conocemos los agentes que nos llevan a tomar una u otra decisión o a decir una u otra cosa. Sin embargo, cuando nos preguntan por qué tomamos una decisión, decimos la explicación que “creemos” que responde a la pregunta. No obstante, la explicación puede sonar plausible, pero también puede no basarse en la evidencia relevante, porque no toma en cuenta algunos de los factores que determinan nuestras elecciones.

Lo que interesa a los psicólogos, psiquiatras y filósofos es que al confabular se revela información acerca de la persona, información muchas veces subconsciente, sobre preferencias y aspiraciones. Es decir, inventamos argumentos para reafirmarnos o para mantener firme alguna motivación.

Al sobreestimarnos con estas confabulaciones es posible aumentar la productividad, lo mismo que la resiliencia, la capacidad de planeación y la resolución de problemas. Así que, aunque se esperen respuestas lógicas para entornos de funcionalidad, la confabulación nos refuerza internamente, de una manera en la que lo racional no necesariamente puede hacerlo.

Así, la confabulación puede ser una cualidad muy positiva, un “desajuste que ajusta”. Sí, una paradoja más que ayuda al pensamiento y a las operaciones cognitivas a transigir con la realidad y con nosotros mismos.

 

*Ilustraciones: Cinyee Chiu



¿Qué es lo que ocurre en tu cerebro cuando experimentas una emoción?

Tenemos una galaxia en la cabeza: ¿de verdad podemos solucionar todo con unos cuantos medicamentos, o es necesario comenzar a conocer cómo funciona nuestra mente?

El cuerpo humano es un organismo repleto de misterio y funciona de maneras aún no del todo claras para la ciencia. La depresión y sus complementos, como la ansiedad o el estrés, siguen suponiendo trastornos en el cerebro aun enigmáticos, pues éstos no pueden ser explicados con simples axiomas.

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La neurología ha ayudado recientemente a descifrar algunos de estos enigmas. Gracias a la tecnología de escaneo de resonancia magnética (MRI por sus siglas en inglés), los investigadores han podido comprender cómo funciona la red de nuestro cerebro, cuyas sustancias afectan a nuestras emociones y a nuestro cuerpo en su totalidad.

Tenemos una galaxia en la cabeza: unas 86 billones de neuronas se comunican vía los neurotransmisores.

El entorno también nos afecta, pues el cerebro reacciona a éste generando neurotransmisores que estimulan diversas áreas del cerebro al ser transportadas en receptores. A esto se llama sinapsis, se trata de señales que una neurona manda a la otra en un complejo proceso de síntesis, almacenamiento, liberación y degradación de estos neurotransmisores por todo el cerebro.

Por eso la depresión y cualquier comportamiento emocional es tan difícil de tratar, pues es una serie de factores, internos y externos los que nos afectan al mismo tiempo, y que tienen que ver con neurotransmisores, hormonas y enzimas. Pero si las emociones son tan complejas, ¿de verdad podemos solucionar todo con unos cuantos medicamentos?

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Quizás una mejor solución esté en conocer más a nuestro organismo y con ello encontrar cómo podemos influir en su funcionamiento.

Aquí 3 maneras para empezar:

 

El cerebro como fábrica de serotonina

Muchas emociones se generan en una misma área del cerebro. Algunas acciones o estimulantes nos pueden ayudar a equilibrar las sustancias que en dichas áreas confluyen –como en la amígdala–, e impactan en nuestro estado anímico. 

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Según el nerocientífico Alex Korb, autor de The Upward Spiral: Using Neuroscience to Reverse the Course of Depression, One Small Change at a Timeen la amígdala se generan tanto la culpa como la vergüenza, pero también se encuentra ahí el punto que es estimulado cuando logramos algo.

Esto explica por qué para algunas personas sentirse culpables o avergonzados es un estado de ánimo casi perpetuo y que parecen buscar tener compulsivamente. ¿Alguna vez has escuchado a alguien que siempre pide perdón? Podría ser que su cerebro esté intentando activar la recompensa en la amígdala. Por eso las personas solemos encontrar un cierto gusto en estar siempre preocupados. La solución de Korb ante esto es estimular, con conocimiento de causa, esas mismas áreas y circuitos del cerebro de una forma alternativa.

Pensar en lo que uno agradece en la vida, por ejemplo, puede desatar serotonina, la cual se transmite por la amígdala, produciendo con ello tranquilidad, felicidad e incluso mayor eficiencia neuronal, la cual se traduce en mayor inteligencia emocional.

Nombrar para curarnos de las emociones nocivas 

Pero no todo depende de la serotonina. Incluso la acción de nombrar algo produce neurotransmisores que pueden inhibir algunas emociones nocivas.

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La misma acción de hablar, por ejemplo, activa la corteza prefrontal (la de la función ejecutiva del cerebro), lo cual ayuda a inhibir la actividad de la amígdala que, como ya señalamos, puede conducir a emociones nocivas. Se trata de un sistema equilibrado donde, si se activa más un área, las demás pueden decrecer o presentar cambios en sus niveles de sustancias. La cuestión está en saber cómo armar el rompecabezas.

Korb notó esto en estudios de resonancia magnética, donde los participantes veían expresiones faciales, generando las mismas emociones que las personas fotografiadas. Pero cuando se les preguntaba el nombre de la emoción y la decían, se activaba la corteza prefrontal y se reducía la actividad de la amígdala, lo cual ayudaba a sobrepasar el estado emocional en que las fotografías habían dejado a los participantes.

No es difícil pensar que estimular a esta área ejecutiva del cerebro pueda ser bueno, sobre todo si se hace positivamente, pensando en metas que se quieren lograr y haciendo planes que dependan de que demos lo mejor de nosotros mismos. Esto hace que la corteza prefrontal inhiba respuestas inadecuadas y se sobreponga sobre otras áreas del cerebro que podrían generar ansiedad o preocupación, como la amígdala o el nucleo estríado, otra área que si se sobreestimula nos genera actitudes compulsivas o rutinarias.

El proceso hormonal está presente en un abrazo

Mucho se dice sobre el hecho de que abrazar a alguien puede estimularnos positivamente. Ello se debe a que las hormonas también están presentes en todo el complejo proceso neuronal. Es el caso de la oxitocina, la hormona del amor que funciona como neuromodulador del sistema nervioso central, es decir: es quien modula y libera algunos de los neurotransmisores.

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Diversos estudios han mostrado que esta hormona está relacionada a estimulantes neuronales que a su vez generan afecto, amor, confianza y generosidad. Ésta se segrega en las terminales nerviosas pituitarias y se filtra a la sangre, por ejemplo, en una madre cuando alimenta a su bebe con leche materna.

Del mismo modo se libera cuando abrazamos o besamos a alguien por largo tiempo, o cuando mantenemos relaciones sexuales, prácticas que nos ayudan a mantener una salud mental óptima. Visto así, incluso ir de la mano con tu pareja puede resultar una idónea medicina contra el dolor, pues una de las partes del cerebro que es receptora de la oxitocina es la sustancia gris central, la cual tiene la función esencial de reducir el dolor.

¿Quieres saber más? Mira cómo incluso el sistema inmunológico podría afectar nuestra conducta.

 

*Referencias: Corteza prefrontal y funciones ejecutivas