Alimentarse es un rito. Pero en la actualidad, la mayoría de nosotros comemos de manera mecánica y fugitiva. No comemos con calma, y nuestra dieta suele estar muy desequilibrada, no obstante que la conciencia alimenticia se ha irradiado cada vez más, haciendo más sencillo obtener alimentos saludables.

Pero quizá nos ha hecho falta ser más incisivos, a la vez que más realistas. Porque crear una conciencia alimenticia contemporánea requiere de conocimientos, no sólo nutricionales, sino de insospechados métodos antropológicos, biológicos y hasta neurocientíficos.

Utilizando más herramientas podremos comprender mejor algunos de nuestros comportamientos en torno a la alimentación, que son una combinación de determinismos neurobiológicos, matizados por usos y costumbres de nuestra cultura.

 

El papel de los genes, los sentidos y los instintos en nuestra alimentación

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Las principales zonas del cerebro que actúan en la selección e ingesta del alimento son:

  • La amígdala y el lóbulo de la ínsula – escogen los alimentos según la experiencia.
  • La corteza prefrontal – participa en la selección de un alimento en lugar de otro.
  • El tálamo – se activa para inhibir respuestas negativas ante alimentos que no son los más favorables o apetitosos.

Según una investigación realizada por el Grupo de Neurociencias de la Facultad de Medicina de la UNAM y titulada Inteligencia para la alimentación, alimentación para la inteligencia, es necesaria una psicoeducación sobre el funcionamiento de estas zonas para aprender a comer.

Además se requiere una educación transversal, antropológica y biológica, pues la ingesta de alimentos compulsiva o defectuosa se debe tanto a factores cerebrales como sociales. Esto incluye determinismos culturales y económicos que pueden ser locales o globales –porque la globalización también ha modificado nuestra forma de comer–.

Hemos permitido que los medios y los intereses mercantilistas gobiernen nuestra dieta, en lugar de permitir que nuestro cerebro y sus sistemas lo hagan.

Se debe partir de que nuestro organismo ha pasado por etapas evolutivas, y que las zonas del cerebro, genes y sentidos que participan en nuestra forma de alimentarnos todavía tienen un papel preponderante en nuestros hábitos.

No obstante, muchos de los genes que tuvieron nuestros antepasados eran “previsores”: estaban programados para poder almacenar nutrientes como los lípidos en tiempos de escasez. Con nuestra evolución estos genes casi no cambiaron, lo que nos hace proclives a la obesidad, pues dichos genes siguen cumpliendo una función que para millones de personas en el mundo ya no es necesaria.

Por eso es importante saber que comer compulsivamente no es sólo por falta de voluntad.

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En realidad son nuestros genes, sentidos e instintos más primigenios activándose y viéndose afectados por un cambio en la forma de alimentarnos que sobrepasó por mucho nuestra capacidad de adaptación.

El exceso de ciertos alimentos, como las grasas saturadas, es un ejemplo de ello: éstas se han vuelto uno de los alimentos más adictivos porque se inmiscuyen con el funcionamiento de la corteza prefrontal. Esto afecta no sólo la memoria y el aprendizaje, sino la cognición, mermando nuestra capacidad de escoger mejores alimentos. Así que comer grasas saturadas se vuelve un circulo vicioso de mala alimentación.

Toda esta es información es clave para ir creando una conciencia contemporánea sobre la alimentación y crear mejores dietas en el futuro, en las cuales hasta la forma de comer sea tomada en cuenta.

Modificar nuestros hábitos alimenticios es algo, como dice el Grupo de Neurociencia de la UNAM, tan difícil como aprender un nuevo lenguaje, pero es posible.

Por eso, estos científicos recomiendan comer muchísimo pescado, nueces y frutas como las bayas, todos ellos superalimentos que son alimento para el cerebro y que facilitan los procesos cognitivos. Si quieres saber más, te dejamos la tabla elaborada por los investigadores. También puedes hacer dietas especiales para alimentar al cerebro, pero siempre bajo supervisión.

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