¿Procrastinando? Toma estas clases de felicidad online gratuitas, cortesía de Yale

Reconcilia todo el rigor académico con la conectividad social y la satisfacción personal.

¿Qué podría ser más importante que educar la felicidad? Si aspiramos a ser felices, buscamos a la vez un conocimiento holístico del mundo y de nosotros mismos como parte de él: una sabiduría quizá resiliente que nos abra algunas puertas rumbo al goce, en un mundo por demás complejo y donde eso parece imposible.

Por ello es una bocanada de aire fresco que la felicidad se esté convirtiendo en una materia de estudio, como de hecho ya sucede en la India gracias a una propuesta del Dalái Lama. Porque, en la actualidad, aprender a ser feliz debería ser una prioridad.

Quizá es por eso que el curso de felicidad de la Universidad de Yale ha tenido tanto éxito, y en este semestre cuenta con más de mil estudiantes.

La psicóloga Laurie Santos es la encargada de esta clase de 10 semanas, que ahora forma parte de los cursos en línea de la plataforma Coursera y de su seminario dedicado a la “ciencia del bienestar”.

En las sesiones de Santos hay una infinidad de buenos hacks para llevar adelante una praxis de la felicidad en estos tiempos donde abundan elementos que atentan contra ello y una especie de depresión masiva se apodera de todos nosotros.

Así que puedes reconciliar todo el rigor académico con la conectividad social y la satisfacción personal. Gradúate en ciencias del bienestar con Laurie Santos.

Empieza el curso aquí.



Libérate del estrés con estas prácticas de la simplicidad voluntaria

El downshifting plantea la posibilidad de saber vivir, al darle valor a cada aspecto de nuestra vida

Simplicidad en el vivir, en el consumo, en nuestras relaciones, y en todas las esferas de nuestra vida diaria; el movimiento de la simplicidad voluntaria aboga por eliminar todo lo superfluo e innecesario en nuestras vidas, para liberar tiempo y recursos, para vivir un vida más consciente, libre y plena.

Duane Elgin

El downshifting, movimiento surgido a finales de la década de los ochenta, consiste en reducir tiempo de las labores a fin de disfrutar más de nuestro alrededor. El objetivo es aprender a ser dueños de nuestro propio tiempo, de modo que gocemos de una salud y vínculos afectivos que enriquezcan nuestras experiencias.

En su libro Voluntary Simplicity, Duane Elgin explica que este movimiento tiene un origen estoico, como Epicteto. El downshifting plantea la posibilidad de saber vivir, al darle valor a cada aspecto de nuestra vida:

El valor que damos al dinero, al estatus y a la competencia envenena nuestras relaciones personales. La vida feliz será imposible mientras no simplifiquemos nuestros hábitos y no moderemos nuestros deseos.

De modo que, al saber lo que es suficiente, uno disfruta de la simplicidad de la vida diaria. Inclusive, según la filosofía budista, basta el sendero del medio (sin pobreza ni riqueza). Así que el enfoque del downshifting es aprender a tener todo, incluyendo de nuestra bonanza interna. Esta conexión con la Totalidad del mundo abre la puerta a la felicidad del aquí y del ahora.

En caso de querer implementar poco a poco este movimiento a tu vida, estas son algunas de las actividades para iniciar:

Cancelar todas las tarjetas de crédito menos una, reservándola para las emergencias.

Tener una sola cuenta bancaria y pagar siempre en efectivo.

Llevar al día una libreta de gastos.

Hacer por uno mismo las reparaciones del hogar.

Renunciar al coche o comprar uno de segunda mano.

Usar el transporte público o compartir el vehículo con los compañeros de trabajo.

Vivir lo más cerca del trabajo, de forma que se pueda comer en casa e ir y venir andando.

Organizar el trabajo para hacer 30 horas o 4 días por semana.

Dejar de fumar.

Perder peso.

Reducir el estrés todo lo que se pueda.

No llevar reloj si uno no lo necesita.

Hacerse socio de la biblioteca para no tener que comprar, en lo posible, libros ni revistas.

Salir de compras sólo cuando sea necesario, y comparar los precios con otras tiendas.

Comprar ropa y muebles de segunda mano.

En general, renunciar a gastos superfluos.

Veranear en un camping mientras se alquila la casa propia.



¿Es factible un modelo económico basado en la felicidad?

¿Qué porción de tu propia felicidad puede atribuirse a cosas como vivir en un lugar que te gusta, a pesar del ruido o la contaminación?

La economía no es otra cosa que maximizar y procurar algo que la sociedad considera “valioso”. En este sentido, la felicidad ha estado en el centro de la sociedad como meta o ideal a alcanzar desde el principio de los tiempos, pero mientras los economistas tradicionales han ayudado históricamente a otorgar valor monetario a las preferencias de la gente, investigadores como Arik Levison creen que la felicidad puede ser un buen parámetro para crear condiciones de vida en el futuro.

El modelo económico tradicional se basa en atribuir valor monetario a una preferencia de la gente: ¿cuánto dinero de impuestos estamos dispuestos a pagar a cambio de que el aire sea limpio o de que el crimen disminuya? Pero los “economistas de la felicidad” trabajan en forma diferente: preguntan a la gente (a mucha gente, digamos, a un número estadísticamente relevante) qué porción de su propia felicidad puede atribuirse a cosas como vivir en un lugar que te gusta a pesar del ruido o la contaminación.

Uno de los primeros estudios de este tipo se llevó a cabo en Amsterdam, donde se encontró que la gente que vive cerca del aeropuerto consideraba que si el ruido aumentaba en 50%, su bienestar se reducía tanto como el equivalente a perder 2.2% de su ingreso.

Pero este tipo de acercamientos a la economía tiene algunos inconvenientes: lo que los hace atractivos es lo que puede hacerlos ineficaces. Por ejemplo: la gente, para bien o para mal, siempre se adapta a sus circunstancias. Una nueva circunstancia (i.e. ganar la lotería) puede hacerte feliz por un tiempo, pero la gente que se gana la lotería suele no sentirse mucho más feliz luego de un año. Lo mismo ocurre con los eventos negativos: la gente que se lesiona o pierde un miembro inicialmente es “menos feliz”, pero luego de un tiempo las condiciones de su nueva realidad permiten encontrar formas de felicidad.

Otro argumento tanto a favor como en contra de una economía basada en la felicidad es que las proyecciones de la gente y su percepción de la felicidad no son racionales, y cuando se trata de dinero suelen anteponer un beneficio inmediato a la seguridad a largo plazo. Si le preguntas a alguien si es feliz en un día soleado puede que diga que sí, aunque la misma persona diría que no en un día lluvioso, por poner un ejemplo muy simple.

Y es que nuestra felicidad en realidad no está dada de una vez y para siempre, sino que se va construyendo de pequeñas decisiones y situaciones emergentes. Es por eso que una ciencia de la felicidad y la economía –una que tome en cuenta las condiciones cambiantes del mundo y de nuestra propia psique– aún tardará un tiempo en desarrollarse.

 

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