Nuestra civilización no se resume en héroes de granito: nuestra civilización es civismo y ayuda mutua

La realidad actual exige valorar la civilización desde otras raíces, sin duda, más reales y humanas.

Civilización es un concepto que nos hace sentir pequeños ante la inmensidad de los logros humanos. Nos remite siempre a las grandes hazañas: a los avances, a las potencias, a los héroes. Y a veces, también a los cimientos sobre los cuales construimos nuestra civilización tecnológica y tecnocrática.

Pero la civilización no sólo es estructura y memoria. 

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La civilización es una idea asociada a grandes imperios y a monumentos históricos; sin embargo, también proviene de las cualidades humanas, donde ser civilizado adquiere un papel social protagónico: ya no es el ser independiente, sino un nuevo ser conectado a otros seres en unidad, a través de la cultura, el lenguaje y el modo de pensamiento.

La interacción con los otros es indispensable para la especie humana, y en este sentido nos hemos inclinado, de manera orgánica, a dialogar para habitar espacios compartidos. Estos espacios no sólo han sido creados en conjunto, sino que son el vivo ejemplo de una sentencia que hoy en día se ha olvidado: la ayuda mutua y la cooperación social en favor de todos, es decir, la empatía.

De manera que la civilización es, más allá de estructura, memoria y sedentarismo, una suerte de ánima o conciencia que funciona con todos para dar pauta al progreso

Jamás podríamos hacer entender a un hombre de la antigua Grecia el tipo de civilización actual. Aristóteles sabía que la civilización de la que era parte se cimentaba en la esclavitud, y que sólo así la polis griega podía existir. Para nuestra moral esto es inaceptable, pero de la esclavitud dependía en Grecia la libertad de los llamados ciudadanos: los privilegiados, militares y terratenientes, quienes al no tener que trabajar tenían tiempo para organizar la sociedad, deliberando y aplicando leyes. Es decir, los ciudadanos podían hacer política, y era sólo mediante ésta que podían mantener su estatus de ciudadanos.

Ahora, la civilización se sustenta sobre otros principios, como el de la igualdad entre seres humanos.

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Ser civilizados, por lo menos públicamente, es ser habitantes de ciudades donde “todos somos iguales”. Aquí la gente contrae matrimonio, tiene hijos, casa y automóvil. No obstante, aún existe la esclavitud, que es la que sustenta esos estilos de vida. Pero a diferencia de los griegos, no todos podemos hacer política: vivimos en tiempos de una exacerbada democracia representativa, que suele mutar en regímenes autoritarios y mandatos presidenciales extravagantes, como el de Donald Trump

Pero todos aceptamos, de una u otra forma, esta dinámica, y orgullosos nos proclamamos “civilizados”. No obstante, detrás de la aseveración “somos civilizados” existe, tácitamente, un contrario lógico: no somos bárbaros. Y no queremos ser los bárbaros, nunca.

 

Pero, ¿y si ya somos los “bárbaros”?

Quizá necesitamos una redefinición de civilización –y de paso, de “barbarie”, para lo que podemos ir pensando en lo que significa que Donald Trump sea presidente del país con más recursos militares del mundo–. Porque cada cierto tiempo deben actualizarse nuestros conceptos, esos elementos del lenguaje que nos permiten inteligir el mundo.

Si no estamos de acuerdo con Aristóteles y los griegos, y no queremos naturalizar la esclavitud, ¿qué tipo de civilización tendríamos que construir? Si los postulados modernos sobre la igualdad no se ven reflejados en la realidad, ¿qué tenemos que replantear?

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Podemos seguir pensando a la civilización con las grandes magnitudes que la caracterizan (seguimos pensando en Grecia y Roma, ¡que tienen más de 2,000 años!). Pero vale la pena pensar también en los microcosmos que existen en cada espacio civilizado y que, de hecho, lo conforman y lo hacen posible. Porque la civilización son también los grupos excluidos y erróneamente catalogados como minorías: las mujeres, los negros, las lesbianas, los gays, los indígenas, los jóvenes, los niños, y todos los hombres que transitan por cada civilización. Somos todos, en realidad, los de las grandes hazañas. 

Así que la nueva civilización tendría que empezar por comprender esto, y comenzar a redefinir lo que verdaderamente podrá dar sustento a la existencia humana del futuro. Más empatía, más compasión, más civismo, más activismo digital, más causas, más ayuda mutua; más luchas, más defensas del territorio y la cultura, más diversidad y menos inequidad, más espacios públicos, menos sector privado y cada vez más conciencia colectiva. 

 

* Imágenes: 1) y 4) Douglas Hale, 2) Raw Story



Gobierno de Bolsonaro llama “mala brasileña” a modelo por defender la Amazonía

…y con esta sofisticación respondió la defensora ecologista.

Sabemos que Jair Bolsonaro es un peligro para la Amazonia. Pero también lo es para la libertad de expresión.

La supermodelo y activista medioambiental, Gisele Bündchen, es una de las primeras víctimas mediáticas del gobierno de Bolsonaro. Se le intentó callar aunque –por ahora– sólo con sutiles amenazas. La ministra de Agricultura del nuevo gobierno, Tereza Cristina Dias, realizó un acto de censura camuflada al declarar en una entrevista que la modelo no debería “andar por ahí criticando a Brasil sin conocer los hechos”, pues la supermodelo se ha pronunciado en contra de los planes del nuevo gobierno en temas de agricultura y conservación.

Cristina Dias llamó a Bündchen una “mala brasileña” 
y afirmó que Brasil es una “vanguardia de la conservación”.

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Lo cierto es que ninguna vanguardia ecologista que verdaderamente lo sea podría tener un presidente que piense que el cambio climático es producto de un “mala planificación familiar y no de, por ejemplo, la deforestación en la Amazonía ocasionada por la tala legal e ilegal. Ni mucho menos aún un “país vanguardia” podría salirse de los Acuerdos de París.

Pero Gisele Bündchen respondió en su cuenta de Twitter con una gran sofisticación. Nos recordó que, ante los arranques de gobernantes como Trump y Bolsonaro –y de sus colaboradores–, nosotros tenemos la cortesía:

Me causó sorpresa ver mi nombre mencionado de forma negativa por defender y manifestarme a favor del medio ambiente. Desde el 2006 vengo apoyando proyectos y me he volcado a causas socioambientales, lo que siempre he hecho con mucha responsabilidad.

Siempre estoy buscando el conocimiento a través de lecturas y el contacto con científicos, pescadores, agricultores, organizaciones corporativas y ambientales, de forma que en mi camino he podido aprender mucho y sigo aprendiendo todos los días. Estoy de acuerdo en que la producción agropecuaria y la conservación ambiental deben juntarse, estar lado a lado. Nuestro desarrollo, prosperidad y bienestar dependen de ese equilibrio y la agricultura, tan importante para nuestro país, también depende de las condiciones climáticas adecuadas para su crecimiento.

Brasil tiene todo para liderar el movimiento en pro de un desarrollo más sustentable, capaz de suplir las necesidades de la generación actual sin comprometer a las futuras generaciones. Hago un llamado a divulgar acciones positivas en este sentido.

Necesitamos entender que los recursos naturales son finitos, que los bosques tienen un papel fundamental en el equilibrio del clima y la tierra. Y, consecuentemente, también en nuestras vidas.

Preservar la naturaleza, por tanto, significa preservar la vida.

Por cierto, Giselle recibirá un premio por su activismo ecologista en febrero, por parte del UCLA Institute of the Environment & Sustainability. Así que mejor que Bolsonaro y su gobierno se preparen. Porque esta agente de cambio cuenta con mucho respaldo y censurarla no será cosa fácil.



Preciosas fotografías cuentan la historia de una cultura nómada que sobrevive gracias a los renos

El fotógrafo Hamid Sardar-Afkhami cuenta en imágenes la historia de culturas nómadas en peligro que mantienen un diálogo espiritual con el mundo natural.

Si realmente existen en la actualidad descendientes de antiguas leyendas, éstos son los nómadas de Mongolia. Los nómadas de Mongolia son personas aparentemente inmunes a la degeneración, que aún viven cerca de animales salvajes con sabiduría espiritual, sentido de curación y un bienestar perdido a causa de nuestras nociones del tiempo y leyes de la civilización.

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Así son los nómadas de Mongolia, cuya conexión espiritual con los animales se extiende más allá de la compañía de los renos y sus paisajes oníricos, pues conviven también con lobos, águilas y osos. Los dukhas, criadores de renos en la taiga, son un pueblo indígena en desaparición.

La gente de la taiga mongola comparte, sin dominarlos, sus paisajes habitados por renos, osos, caballos, águilas y lobos. Crían un reno dócil y no lo matan para comerse su carne, a menos de que se vuelva inútil para otros fines. Conducen a los renos a los bosques profundos y cubiertos de nieve para buscar comida y recolectar cuernos, que venden en las aldeas cercanas para obtener suministros básicos.

 

Tsataan, dukhas o nómadas de las montañas

Originarios de Rusia y también llamados tsataan, los dukhas están más emparentados con los lapones, los criadores de renos del círculo polar, que con los mongoles de la estepa que viven en yurtas. Son nómadas de las montañas y desplazan sus tipis en función de las migraciones en estos relieves salvajes, el único entorno favorable para sus renos, que no resisten el calor de los valles. mongolia-nomadas-hamid-sardar-afkhami 2

En las imágenes se hace énfasis en la caza del águila, que en Mongolia es una antigua tradición. El ritual ha pasado de generación en generación, pero quedan muy pocas personas en la Tierra que aún merecen el título. Los cazadores de estas aves domestican a las águilas y las usan para cazar animales más pequeños, como zorros y marmotas. No es simplemente un título para ellos, sino una forma de vida.

Afortunadamente para nosotros, el fotógrafo Hamid Sardar-Afkhami comenzó a realizar expediciones anuales al interior de Mongolia para documentar un país donde la mayoría de la población sigue siendo nómada.

Sardar-Afkhami es un erudito en lenguas mongol y tibetano, con un doctorado de Harvard. Después de vivir en el Tíbet y explorar las regiones del Himalaya durante más de 1 década, Hamid comparte esta serie de imágenes que reflejan la conexión ancestral entre animales humanos y animales no humanos.

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