Parece sencillo establecer una conexión entre lo que ocurre en la confesión religiosa –o en la oración– y en el diván del psicoanalista. Se trata de situaciones en las que un sujeto pone en palabras sus más íntimas y personales angustias, y en las que un otro (el sacerdote o el analista) le muestra caminos posibles. Carl Jung también habló sobre esta relación y su importancia en la psique, independientemente de las creencias que se profesen. 

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Carl Jung

El psicoanalista francés Jacques Lacan no estaba tan seguro de esta asociación: el papel del psicoanalista no es el de absolver al sujeto, y no le promete ni le ofrece ninguna salvación. Sin embargo, Carl Jung llegó a referirse en una carta al papel benéfico que puede tener para el sujeto la oración y la plegaria

Jung se definía a sí mismo como un científico y practicante de una psicología empírica, y a través de su estudio de las religiones llegó a popularizar conceptos como la psicología de los arquetipos y el inconsciente colectivo.

En una carta de 1943, Jung se refirió a la importancia de la oración y el rezo. ¿Pero qué entendemos por rezar? En términos generales, se trata de un habla dirigida no hacia los oídos humanos sino a seres o instancias fuera del universo físico, lo cual en apariencia sería contrario a la pretensión científica de Jung. Pero antes de saltar rápidamente a conclusiones, veamos por qué Jung consideró importante rezar:

He pensado mucho acerca de la plegaria. Ésta -la plegaria- es sumamente necesaria, pues hace que el Más Allá, sobre el que pensamos y hacemos conjeturas, sea una realidad inmediata, y nos hace transponer la dualidad del ego y el oscuro Otro. Uno se escucha hablar a sí mismo y no es capaz de negar que se está dirigiendo a ‘Eso otro’. Entonces surge la pregunta: ¿Qué será de Aquél y de Mí? ¿Del trascendental Tú y del inmanente Yo? El camino de lo inesperado, lo-que-no-se-puede-esperar, se abre, amenazante e inevitable, con la esperanza de un giro propicio o el desafiante ‘yo no voy a perecer bajo la voluntad de Dios a menos de que esa también sea mi voluntad’.

En ese sentido, los designios de las divinidades y dioses sólo pueden ser definitivos en la medida en que los creyentes se han entregado a ellos. En palabras de Jung:

Sólo entonces, me parece, la voluntad de Dios se perfecciona. Sin mí, se trata solamente de Su toda poderosa voluntad, una aterradora fatalidad incluso en su gracia, vacío de mirada y escucha, y precisamente por esa razón vacío de conocimiento. Yo voy junto a ella, como un miligramo inmensamente pesado sin el cual Dios habría hecho Su mundo en vano.

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Dioses sin creyentes

En la novela American Gods, el escritor Neil Gaiman nos presenta a Shadow (“sombra”), a quien un antiguo dios casi olvidado busca para que lo ayude en la inminente guerra contra las antiguas divinidades. La fama y la publicidad se adueñaron del interés de los creyentes, quienes recuerdan a los dioses (aun sin saberlo) en festividades de origen pagano como la Pascua, Halloween o la Navidad.

El papel de Shadow, un exconvicto sin grandes pretensiones teológicas, será determinante para decidir el destino mismo de los dioses.

En la psicología junguiana, la sombra es precisamente esa parte del sí mismo que queda fuera de la línea de visión del sujeto. Es el punto ciego: aquello que, de tan íntimo, parece invisible.

La sombra es precisamente ese “miligramo inmensamente pesado” capaz de cambiar el equilibrio del universo. En la oración o la plegaria, el sujeto reconoce su capacidad de hacerse escuchar –incluso si no existe un otro al cual dirigirse-. Al igual que en la situación analítica, el sujeto se escucha hablar, y acaso por un instante, esa habla se convierte en el centro del universo.

En otra carta Jung escribió: “El yo debe hacerse tan pequeño, incluso más pequeño, que el ego, a pesar de que es el océano de la divinidad”.