Muchas ciudades del mundo, por su tamaño y densidad poblacional, son ya prácticamente inhabitables. Quienes viven en las grandes megalópolis tienen que acostumbrarse a su ritmo siempre veloz y tumultuoso, el cual a la larga se vuelve insalubre.

En estas ciudades no hay tiempo para caminar. En ellas la vida entera depende de vehículos motorizados para transportarse lo más rápido posible. Pero el problema es que estos vehículos nos están llevando al borde de la catástrofe medioambiental, mientras que la contaminación atmosférica a la que contribuyen está provocando la muerte de 6.5 millones de personas al año.

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Hacer ciudades más caminables es por eso un imperativo si queremos salvar el mundo.

Aquellas ciudades donde caminar se ha vuelto parte de la cultura –es decir, donde existe una cultura peatonal– son definitivamente más habitables. Porque sus habitantes no sufren la ciudad, sino que la disfrutan. Gozan de hasta un 40% más de áreas verdes, un aire mucho más limpio y promueven la convivencia.

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Además se ha comprobado que caminar nos hace más inteligentes y creativos, y que es un momento de vital introspección que puede desvanecer todo trastorno emocional –como la depresión o la ansiedad.

Si a esto sumamos que caminar y usar la bicicleta son los dos medios de transporte menos contaminantes –y más reconfortantes–, y que además promueven el fortalecimiento de las economías locales, no cabe duda: el futuro depende de que caminemos.

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En síntesis: caminar puede salvarte a ti y al mundo (de paso).

Si en tu ciudad no existe una cultura peatonal, se propositivo e incentívala tú mismo. Haz todo trayecto posible a pie, y promueve entre tus compañeros, familia y amigos los beneficios microcósmicos y cósmicos que tiene dar algunos pasos en lugar de encender un motor.