El silencio, en nuestras sociedades de sonidos amplificados, está cobrando una vital importancia. Tanto es así que la ausencia de sonido se está volviendo un bien mercantilizable, por cuyas dosis podríamos estar dispuestos a pagar en un futuro cercano.

Y es que el silencio es una experiencia. Si existe o no, no importa –pues no podemos dejar de escuchar, aunque sea los sonidos de nuestra mente o nuestra respiración–. Lo que importa es cómo lo que podríamos percibir como el silencio tiene la capacidad de curar el cuerpo y regenerar la mente. Alejarnos del ruido es algo que nos libera cognitivamente, que puede ayudarnos a lidiar con la tensión y la ansiedad y que promueve la creatividad.

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Es por eso que en el medio del arte se ha comenzado a indagar en las potencialidades del silencio y el vacío. Es, quizá, el único recurso con el que no se ha experimentado demasiado. Y es que sólo existen algunas cámaras anecoicas en universidades como Harvard y Salford. Se trata de recintos aislados de cualquier ruido externo y capaces de absorber las reflexiones producidas por las ondas acústicas al interior.

En estas cámaras, de paredes futuristas repletas de pequeñas cuñas, es donde algunos músicos y artistas han realizado sus experimentos acústicos. Algunos de ellos, como Mark Fell, buscan crear experiencias inmersivas que rayen lo trascendental.

 

Y es que estar en silencio es entrar a la mente

Las cámaras anecoicas se han convertido en inusuales espacios de meditación. Muchos han experimentado con la radical experiencia de no ver ni escuchar nada, y quedar sólo a la deriva de sí mismos en estas cámaras. Son capaces de escuchar el sonido de sus músculos relajándose, e incluso el de la sangre moviéndose alrededor de las orejas. Algunos aseguran haber sentido la expansión del cerebro. Pero quizá todos tengan en común una conclusión: es una experiencia intensa.

Bien podría ser que en un futuro estas cámaras sean de uso común, para que en el trajín diario de la vida cotidiana podamos entrar a la mente aunque sea por 2 minutos –que es el tiempo en el cual el silencio se vuelve benéfico a nivel neuronal–. Eso sí: habría que cuidar no obsesionarnos con el silencio, pues se trata de un ambiente hasta cierto punto artificial que, en dosis demasiado altas, podría ocasionar nuestro aislamiento o una intolerancia al ruido que tampoco es saludable.

Hay que recordar que los monjes budistas, quienes viven en silencio gran parte de sus vidas, saben que el silencio no es necesariamente la ausencia de ruido exterior. Así que podríamos complementar cualquier experiencia psicodélica con las cámaras anecoicas; pero lo importante es saber estar en silencio nosotros.

 

* Imagen principal: Doug Wheeler