Las composiciones de Brian Eno podrían ayudar a entender la estructura del cosmos

El compositor británico de música experimental podría ayudar a concebir otra teoría sobre la composición del universo.

Hablar del trabajo de Brian Eno es hablar de microcosmos originados en ondas musicales. Pero escucharlo es una experiencia hipersensorial. De hecho, el compositor británico de música experimental podría ser una pieza clave para entender la estructura del universo según la física cuántica.
 
De acuerdo con Stephon Alexander, físico teórico y músico de jazz, la vibración de las ondas que produce Eno (maestro y pionero en la creación de sintetizadores) podrían ser una huella del funcionamiento y origen del universo.
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Foto: NASA
 
¿Cómo se da el vínculo? Stephon escribió para Nautilus que la vibración inicial de los campos de energía sonó en el cosmos a través del fondo del espacio-tiempo, como el cuerpo vibratorio de un instrumento, generando la primera estructura en el universo, luego las primeras estrellas y finalmente, los humanos. Sí: de la misma manera en que funciona la música.
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Foto: Xavi Bou
 
Esta posibilidad la encontró Stephon mientras convivía directamente con Brian Eno en su estudio de grabación en Londres. Ahí tuvo la oportunidad de descubrir lo que hacía el compositor, que no era únicamente investigar la estructura del universo inspirado por la música, sino a través de la música. Eno le dijo:
Verás, Stephon, estoy tratando de diseñar un sistema simple que genere una composición completa cuando se active.
A partir de la generación de música ambiental, caracterizada por un tono y atmósfera que no exigen una atención activa, Brian Eno ha comenzado a dominar el mundo invisible de las ondas y vibraciones.
 
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Crear una pieza que se escuche fácil no necesariamente es algo sencillo y, al contrario, requiere de un meticuloso análisis de sonido. “La música ambiental debe ser capaz de adaptarse a muchos niveles de atención auditiva sin aplicar una en particular; debe ser tan ignorable como interesante”, explica Eno.

 

 

¿Y el universo qué tiene que ver con todo esto?

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Según Stephon, la estructura del cosmos es como la música ambient. Para los físicos cuánticos, las partículas se describen mediante la física de la vibración.
 
Y para los cosmólogos cuánticos, las vibraciones de entidades fundamentales como las cuerdas podrían ser la clave de la física de todo el universo.
 
Las escalas cuánticas que tocan esas cuerdas son intangibles, tanto mental como físicamente, pero el sonido de Eno y su metodología podrían ser una manifestación tangible de vibración:
Si arrojas una piedra en un estanque, una onda circular de frecuencia definida se irradia desde el punto de contacto. Si arrojas otra piedra cerca, una segunda onda circular se irradia hacia afuera, y las ondas de las dos piedras comienzan a interferir entre sí, creando un patrón de onda más complicado, detalla Stephon.
 Y así, Stephon encontró en la música de Brian Eno el complemento para traducir el comportamiento de ondas del universo:
Existía el lenguaje conocido de cómo las ondas crean sonido y música, con lo que Eno era claramente habilidoso, y luego estaba el confuso mensaje vibratorio del comportamiento cuántico en el universo primitivo y cómo ha creado estructuras a gran escala. Las ondas y la vibración conforman el hilo común, pero el desafío era vincularlos para obtener una imagen más clara de cómo se forma la estructura y, en última instancia, los seres humanos.


El universo es una gran orquesta (y según pensaba Johannes Kepler, cada planeta tiene una voz)

Quizá esta hipótesis es imposible de sostener ahora, pero su belleza metafórica es invaluable.

La música siempre ha tenido un affaire con la matemática, la geometría y la aritmética. Aunque también podría decirse lo contrario. Por eso, el gran científico Johannes Kepler hablaba de la música con tanta pasión como hablaba de la astronomía, y escribía con tanta soltura sobre armonía como cuando realizaba fórmulas matemáticas.

Pero él no fue el único. Ya desde la antigüedad, el fecundo pensamiento griego consideraba que la música representaba la unión entre el mundo inmaterial y el mundo material. La música era aprehendida cognitivamente y despertaba todo tipo de emociones, pese a ser el resultado de la matemática pura, esto es, de la proporción conservada entre números naturales. Así, la perfección en música fue considerada la perfección de los números y viceversa, lo que fue ampliamente difundido por la escuela pitagórica, que planteó por primera vez la existencia de una hipotética “música de las esferas” producida en el cosmos.

No sorprende por ello que, en la búsqueda de la armonía del cosmos, astrónomos como Kepler teorizaran sobre cómo sonaría el Sistema Solar. Por supuesto, tanto en la antigüedad clásica como durante la revolución científica se seguía pensando que el universo tenía que ser necesariamente armonioso. No se sabía, y ni siquiera se sospechaba, que ni la mejor orquesta sonaría bien en el espacio. Y es que su sonido no podría trasladarse por el vacío del cosmos. Tampoco se habían sentado las bases físicas para pensar al universo más como un caos que como un espacio de gloriosa armonía.

 

La voz de los planetas

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Aun así, es exquisito saber que en algún momento el pensamiento humano prescindía de todas las dicotomías que hoy lo caracterizan, y que la música podía ser el complemento de la astronomía. Fue así que Kepler escribió su tratado Harmonices mundi, en el cual describía las leyes astronómicas que lo hicieron famoso, como el porqué de las órbitas elípticas. Pero en dicho tratado también asignó notas musicales a cada planeta en función a su velocidad angular. Así, para Kepler, cada planeta tenía un tipo de voz en la gran orquesta que, se imaginaba, sonaba en el universo.

Según Kepler, los planetas con una órbita más excéntrica abarcan un mayor rango sonoro, mientras que aquellos cuya órbita traza un semicírculo, como Venus, sólo llegan a una misma nota. En el esquema del astrónomo, Mercurio era soprano, por ser el planeta más cercano al sol, mientras que Marte era un tenor y los bajos eran cantados por Júpiter y Saturno. Por supuesto, la Tierra era parte de esta cósmica orquesta: su voz, según Kepler, correspondía al contralto, que llegaba a las notas Mi y Fa.

 

La belleza en la disonancia

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Sin embargo, Kepler se dio cuenta de que, según las leyes que rigen a la armonía musical, los planetas producirían un sonido disonante. Pero el astrónomo pensaba que, quizá según determinadas alineaciones o fenómenos orbitales, los planetas producirían sonidos armónicos en algún momento. Y como según él –y en eso tenía razón– el universo es infinito, también pensó que el secreto de la armonía debía de estar en algún lado. No podía ser de otra forma, pues la belleza del cosmos sólo podía entenderse como una excelsa armonía: como una sinfonía que, aunque jugara con la disonancia, siempre se resolviera en consonancias.

No obstante, la belleza no necesariamente depende de la perfección o la armonía. La música contemporánea –e incluso mucha de la música de un Beethoven o un Bach– tiene sus juegos con la disonancia. El compositor Arnold Schönberg llevó esto a convertirse en una total rebelión estética cuando reconoció a su trabajo como una “emancipación de la disonancia”. Su visión de la música rompió así con las viejas ideas de que toda pieza musical debía gravitar en torno a la tonalidad. Es decir, ya no se buscaría la perfección en la armonía. 

Quizá esto no habría agradado mucho a Kepler. O quizá habría encontrado que tanto la música como el cosmos se pueden apreciar en toda su belleza, más allá de las certezas de la matemática.

 

* Imágenes: 1) Emblyne; 2) Open Culture; 3) Shutterstock



Escucha los tonos de celular que Brian Eno compuso (una excusa para reflexionar sobre los propósitos de la música)

Estas miniaturas sonoras podrían parecer una frivolidad, pero esconden una genialidad.

Podría parecer un sinsentido reflexionar sobre la música a partir de la limitada gama de tonos que ofrecían los celulares hace 10 años. Y Brian Eno estaría de acuerdo, pues en una entrevista del año 2000 aseguró que componer tonos de celular –si a eso se le puede llamar componer– sería algo “demasiado triste” que jamás haría.

Excepto porque, 7 años después, el propio Eno compondría los tonos del celular Nokia 8800:

La escritora Gemma Winter lo interpelaría al respecto, recordándole lo que había dicho anteriormente sobre la tristeza que sería componer tonos para celular, y la contradicción que implicaba que lo hubiese hecho algunos años después.

La respuesta de Eno al respecto abre una dimensión que rodea su trabajo como compositor –y como la mente detrás de toda una revolución musical–. Esto es: el propósito de la música en el mundo contemporáneo.

Las cosas cambiaron, [los celulares] ya tenían tonos polifónicos; así que de hecho podías acceder a sonidos más complejos. [Aun así] no es un gran medio para componer música.

Componer tonos de celular cuando éstos ya ofrecían posibilidades polifónicas era mucho más estimulante. Pero seguía siendo un reto. Implicaba una especie de microcomposición, repleta de restricciones sonoras. Y eso fue lo que encandiló a Eno, motivándole a escribir los tonos para el Nokia 8800.

Pero no sólo eso: años antes había compuesto el característico campaneo de inicio para Windows 95. Éste, según le había pedido la empresa, debía ser “activo, juvenil, inspirador, sabio, estimulante, activo”, y muchísimos otros adjetivos que el tono tenía que reflejar en un minúsculo espacio de tiempo:

¡Al final decía que la pieza no debía durar más de 3 segundos y 1/4 de duración!

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Estas pequeñas incursiones en los nichos mercadotécnicos de la tecnología no tuvieron la intención de lucrar, pues sabido es cuánto detesta Brian Eno nuestra cultura del trabajo, que mata la creatividad. Más bien, fue una manera de ponerse un reto estimulante: de aquellos que evolucionan la vida, lo cual es el propósito de la música y el arte.

Porque tal como precisó Nietzsche: la vida sin música sería un error. Y eso se afirma en la creencia darwiniana de Brian Eno sobre el arte, según la cual éste se concibe como una actividad orgánica, necesaria para disfrutar la vida y no sólo sobrevivirla.

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En ese sentido, componer música jugando y experimentado es una forma de arte muy elevada, incluso si es para los tonos de un celular. Porque para Eno, se trata también de crear sobre lo cotidiano. De hecho, transformar la cotidianidad es el propósito del arte, porque de acuerdo con la definición que dio en una conferencia en 2007:

Arte es todo lo que no tenemos que hacer.

Y sin embargo, lo hacemos. He ahí la belleza del arte, y también su omnipresencia e importancia. No existe un ser que no esté involucrado en el arte, de una u otra manera, de forma directa o indirecta, planeada o espontánea.

Por eso, es innegable que las miniaturas sonoras compuestas por Eno para Nokia y Windows forman parte del vasto universo que él ha creado, y en ese sentido son continuidad de su obra; una obra que siempre tiene mensajes interesantes sobre los cuales reflexionar.