Hace unos años, la comunidad internacional acordó una estrategia para reducir la destrucción de los bosques a nivel global. El plan conocido como REDD+ contemplaba la reducción de emisiones de la deforestación y degradación forestal a través de un mercado global que pagaría por mantener los bosques sanos.

No obstante, este plan impulsado por la ONU no ha funcionado completamente. Las negociaciones para que todos los integrantes de la estrategia estén de acuerdo han sido complejas y a 13 años de que se diseñara, aún no se ha puesto 100% en práctica.

Esto no significa que el plan REDD+ esté del todo perdido, según explica Frances Seymour, integrante del Instituto Mundial de Recursos (WRI), y agrega: “La razón por la que no ha cumplido sus objetivos el plan es porque no lo hemos intentado realmente”. Desde hace 10 años se auguraba un momento crítico para los bosques, y hoy está ocurriendo. Pero, incluso a simple vista, la red de trabajo se dispersa y los defensores de las zonas forestales ofrecen una perspectiva esperanzadora.

El objetivo principal del REDD+ era recaudar fondos suficientes para mantener las selvas tropicales y bosques en conservación debido a que en el sistema económico que tenemos, y que seguiremos teniendo en un futuro cercano, si no se le pone precio a algo, es gratis”, apunta Arild Angelsen, profesor de economía de la Universidad de Noruega. En este sentido, se debe considerar la deforestación no como una necesidad sino como un mercado rentable. Hay mucho dinero detrás de la tala de árboles y, lamentablemente, debe haber mucho dinero para protegerlos.

La idea es que el plan REDD+ deberá cambiar la ecuación de trabajo. Hoy en día, si los bosques y selvas no son protegidos, es porque están produciendo un beneficio al morir. Para contrarrestar esto, la ONU necesita lograr que un árbol vivo sea mucho más valioso que un árbol muerto.

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¿Cuánto dinero valen los bosques vivos?

El sistema capitalista le otorgó a cada recurso natural un precio. El fin es aplicar la misma estrategia, pero a la inversa. Entonces, ¿cuánto valdrían los bosques vivos? De acuerdo con una valoración, se requiere un mínimo de 150,000 millones al año para cubrir el financiamiento necesario para la conservación de la naturaleza, además de una inversión de 100,000 millones anuales para impulsar soluciones basadas en el bienestar de la naturaleza. Al menos esto es lo que se debe destinar si queremos una transición hacia un consumo más sostenible de alimentos y territorio para el año 2030.

A los gobiernos les cuesta aceptar el monto económico que cuesta revertir el daño. Pero, pensémoslo bien, si hoy no actuamos en este sentido, después será mucho más costoso. Tan sólo el año pasado se perdieron 3.8 millones de hectáreas de bosque primario, lo cual es casi el tamaño de Suiza.

Esto implica que 2019 fue el tercer peor año en términos de destrucción forestal desde 2002. Los datos estadísticos del territorio que se pierde parecen no hacer eco en la humanidad pero, por nuestro bien, esperamos que los datos económicos sí tengan algún impacto.

Tenemos de 10 a 15 años para evitar la pérdida de ecosistemas; mientras más lo retrasemos, el colapso del planeta se hará más evidente. Los bosques del mundo se quedan sin tiempo y el REDD+ está lejos de ser una fórmula que ayudará a salvarlos.

“Es agotador ver que las cosas aún se están discutiendo cuando lo que necesitamos es más acción”, señala Juan Chang, director adjunto del Fondo Verde para el Clima de la ONU.

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El principal problema que se observa es que de la sala de juntas al bosque se pierde mucho y al final no cambia nada. Hemos perdido la conexión con la naturaleza. Estamos demasiado ocupados en nuestros empleos, en la tecnología y en descubrir el universo, en lugar de mirar lo que nos rodea. El REDD+ no es una mala propuesta, pero hasta el momento se ha logrado muy poco.

El ser humano se está quedando muy corto cuando se trata de replantearse qué hacer frente a una crisis que le pide urgentemente evolucionar o no sobrevivir. Por suerte, no todos van en la misma dirección. Todo parece indicar que el REDD+ funcionó mucho mejor cuando se centró en el trabajo local. Las discusiones con políticos se terminaron y las comunidades en los bosques se encargaron de desarrollar proyectos que les permitieran garantizar la conservación de la naturaleza y al mismo tiempo beneficiarse de ella.

Es posible que jamás tengamos el sistema político perfecto, pero no podemos darnos por vencidos sin siquiera intentarlo. Dejemos debatir; comencemos a hacerlo. Las comunidades han puesto el ejemplo, ¿qué esperamos para seguirlo?

 

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