La capacidad para dotar a los seres inanimados de voz y voluntad es una de las primeras expresiones de la imaginación humana: desde las fábulas protagonizadas por animales hasta los dibujos animados, estas historias nos permiten acercarnos a perspectivas y temas inusitados.

Muchxs recordarán la escena de American Beauty (Sam Mendes, 1999) en la que un aspirante a cineasta narra embelesado la danza de una bolsa de plástico en el viento. Diez años después, en 2009, el director estadounidense Ramin Bahrani, desarrolló un delicioso monólogo contemplativo que nos trae, en 18 minutos, las aventuras de una bolsa de plástico que va del supermercado al más allá.

“Desearía que me hubieses creado –entonces sería capaz de morir”.

La intrigante voz del legendario Werner Herzog le aporta gravedad y elocuencia a la bolsa, pasando por asuntos existenciales (encontrarse con su creador, recuperar a la mujer con la que fue feliz, etc.) hasta su destino final como parte de la masa contaminante de plástico que crece en el mar como una isla de sueños desechados.

Pasar de la familiaridad de los suburbios urbanos a las profundidades marinas (notar especialmente la analogía que se hace en el minuto 13 entre la bolsa y el delicado movimiento de las medusas) nos hace pensar en este objeto parcial, en este órgano sin cuerpo, como un modesto embajador de la conciencia humana enfrentando una finitud que no se consuma: acaso una reflexión de la inmortalidad, según la entiende una pequeña bolsa de plástico perdida en el mundo buscando infructuosamente a su creador.